. No
parece una fiesta y mucho menos una fiesta en Brasil. Pero pasa. Está pasando. Desde que empezó el
año, diversos grupos y espontáneos en Brasil han evidenciado su inconformidad
con la realización de la Copa Mundial de Fútbol en su país. No es que no quieran el evento en sí (si
fuera otra celebración igual de magnífica seguro también la rechazarían), lo
que no quieren es que el gobierno de su país le siga diciendo al mundo que todo
está perfecto allá, tan perfecto como para gastarse lo que se han gastado en la
organización del Mundial, tan perfecto que les sobran esos 11 mil millones de
dólares, que ninguna escuela, ni hospital, ni favela necesita inversiones por
semejante nimiedad de plata.
El gobierno de Rousseff ha sido sistemático en el
enmascaramiento del lado doloroso que ha implicado para un país como Brasil
organizar la fiesta del fútbol. Ese país tiene 200 millones de habitantes y
cerca de 50 viven en condiciones de auténtica pobreza. No son la mayoría, pero son bastantes. 50 millones de personas es poco más que la
población total de un país como Colombia (48 millones), por ejemplo, o
Venezuela (30 millones de habitantes). El
gobierno de Rousseff ha sido siniestro en su perseverancia de brindar la sede
del Mundial 2014. Ha subestimado las
pésimas condiciones de trabajo de los obreros que construyeron o refaccionaron
los estadios; ha combatido las protestas indígenas ante la invasión e
intervención de sus territorios sagrados para consolidar infraestructura destinada
al turismo; ha ignorado las voces de las ONG que exaltaban las precariedades de
una sociedad, amante de sus fiestas y de su fútbol, pero consciente de sus
prioridades; ha aplastado a los pobladores de zonas pobres, cuyas viviendas y
terrenos fueron expropiados, y ellos desplazados, para construir y cumplir con
los requisitos de la FIFA; ha hecho caso
omiso del incumplimiento de condiciones de seguridad indispensables en los
estadios, cuyos arreglos y remodelaciones no habían sido terminados horas antes
del acto inaugural.
Los mundiales de fútbol han sido, históricamente, una
oportunidad para mostrar las fortalezas y debilidades de nuestros aciertos y
brutalidades como raza humana. En 1934, el Mundial se jugó en Italia debido a
las macabras presiones de su dictador Benito Mussolini. Pero entre 1942 y 1946
no hubo fiesta del fútbol, porque el planeta no estaba para divertimentos ni
los países tenían jugadores disponibles debido a la II Guerra Mundial. En Inglaterra 1966, por ejemplo, no se le
permitió la participación a Sudáfrica en protesta por el sistema de discriminación
racial o apartheid. Pero en 1978, Argentina se vistió de luces como sede de la
Copa, bajo un espantoso régimen dictatorial, responsable de torturas y desapariciones
forzadas. Así pues, no extraña que las protestas en Brasil hayan
arreciado este año. La Copa Mundial es
una vitrina impecable para mostrar los puntos débiles de una sociedad que requiere,
que grita, ser apoyada en múltiples sectores más allá de las fiestas, que
requiere ser escuchada por sus propios líderes, ya demasiado imbuidos en las
ternuras de las estrategias económicas.
Después de todo, en Brasil no se oponen en realidad a la realización en
casa de la Copa FIFA, se oponen, más que nada, a la voluntad política que se ha
desplegado para realizarlo. Una voluntad
que, sin duda, quisieran que fuese igual de firme para atender los dolores, del
mismo modo que las alegrías.@yeniterpoleoVer:http://www.youtube.com/watch?feature=youtu.be&v=MMyGR4otWJc&app=desktophttp://es.globalvoicesonline.org/2014/06/12/para-casi-1-millon-de-brasilenos-no-habra-el-mundial-de-futbol/Follow this hahstag: #NaoVaiTerCopa