Es un lugar común que la violencia suele surgir de la furia: y en efecto, esa furia pude ser irracional y patológica, como cualquier otro afecto humano. Sin dudan es posible crear condiciones bajo las cuales los hombres se deshumanizan -los campos de concentración, por ejemplo, la tortura o el hambre-. En una situación semejante, no es la furia ni la violencia, sino su ausencia la que da la más clara señal de la deshumanización. La furia no constituye la reacción automática a la miseria o al sufrimiento como tales, nadie se enfurece ante una enfermedad incurable o un terremoto ni a las condiciones sociales que parecen eternas. La furia brota sólo cuando se sabe que las condiciones pueden cambiar, pero permanecen iguales. Sólo reaccionamos con furia cuando se ofende nuestro sentido de la justicia, y esta reacción no refleja necesariamente un daño personal: basta con ver la historia de la revolución, que señala que fueron invariablemente los miembros de las clases dirigentes quienes provocaron, y lego dirigieron, las revoluciones de los oprimidos y de los explotados. Existe siempre una enorme tentación de recurrir a la violencia al enfrentarse con acontecimientos y condiciones afrentosas: es ésta una reacción rápida e inmediata. Y aunque la rapidez deliberada no la vuelve racional, es, sin embargo, inconsistente con la furia y la violencia.Por el contrario, en la vida privada y pública, hay situaciones en que la rapidez con que se lleva a cabo el acto de la violencia es el único remedio apropiado. Lo importante no es que nos permita cierto desahogo: eso se puede hacer del mismo modo pegando en la mesa o estrellando la puerta. Pero es que bajo ciertas condiciones la violencia -actuando sin discutir y sin palabras y sin contar el costo- resulta ser la única manera de enderezar la balanza de la justicia.



