. Como prueba máxima de la justificación, hemos
inventado la expresión “que yo no he
matado a nadie”. Así, si aparcamos en doble fila y el policía intenta
ponernos una multa, le decimos a voz en grito: “oiga; que yo no he matado a
nadie”, y con eso damos por hecho que somos buenos y no merecemos ningún tipo
de sanción. Lo mismo decimos si incumplimos una norma de tráfico, si no pagamos
a hacienda, si mentimos a otros o si cometemos algún delito menor. Lo que
sucede es que, en muchas ocasiones, matar o no matar a alguien no depende única
y exclusivamente de nuestra voluntad, sino de nuestro grado de
irresponsabilidad.
Hace
ya varios meses, en el programa Sálvame Deluxe, Sofía Cristo hacía unas declaraciones en las que confesaba que
tomaba drogas desde los 15 años. Ante las preguntas de los contertulios, esta
mujer afirmó que ser drogadicto era una enfermedad, como quien tenía un cáncer.
Aquella comparación entre el consumo de drogas y una enfermedad tan cruel como
el cáncer pasó prácticamente desapercibida, y nadie pareció escandalizarse por
ello, tal vez porque algunos de los contertulios –en otras épocas- también
disfrutaron de esa costumbre. Tampoco aquella declaración causó escándalo en
los medios de comunicación, tal vez porque todos damos por sentado que tomar
drogas es una enfermedad. Hasta donde yo sé, ninguna persona elige coger una
jeringuilla e inyectarse, por ejemplo, un cáncer o una artrosis. Sin embargo,
para esnifar cocaína, hay que ir a comprar la droga, ponerla en un lugar seco y
llano, coger un tubito, introducirlo en nuestra nariz y aspirar el polvillo
profundamente. No voy a negar que ser drogadicto o tener un familiar yonqui no
sea una desgracia, duro, doloroso, pero no es algo sobrevenido, sino algo en lo
que interviene de algún modo la voluntad.
En
este punto, se preguntarán, ¿a qué viene todo esto? Pues bien, según ha indicado el Instituto Nacional de
Toxicología, un 43% de los conductores fallecidos el año pasado en accidente de
tráfico había consumido drogas, alcohol o psicofármacos. De igual modo, el
informe destaca que el 23% de los fallecidos por atropello también presentaban
concentración de estas sustancias en sangre. Hace unas semanas, el famoso
torero José Ortega Cano entraba en
prisión condenado a dos años y medio de cárcel por un accidente de tráfico en
el que murió una persona cuando –según la sentencia- conducía con una alcoholemia el triple de lo
autorizado. Hace tan solo unos días, en Monterrubio de la Serena
(Badajoz), cinco menores fallecían al chocar el microbús en el que viajaban con
una máquina agrícola. El conductor de la retroexcavadora fue detenido por dar positivo
por drogas.
Es evidente que cualquiera puede cometer un error en la
carretera, pero si consumimos algún tipo de sustancias el riesgo de padecer o –lo
que es peor- provocar un accidente mortal aumenta considerablemente. Sin
embargo, en este país extraño, aplaudimos alegremente a personajes famosos que
han declarado consumir drogas, los invitamos a charlas para que cuenten sus
experiencias, los ensalzamos, escriben libros, mientras los enfermos de cáncer padecen
a diario el dolor de la enfermedad, tienen que pagar por ver la televisión en
los hospitales, soportan largas listas de espera y sufren el olvido y el
silencio de una sociedad que, cuando menos, parece profundamente corrompida.http://tonigarias.wix.com/toni@tonigariashttp://blogdetonigarcia.blogspot.com.es/