Ida

Si hay algo que haga imprescindible a Ida (Pawel Pawlikowski, 2013) es su capacidad por recordarnos una máxima que no conviene olvidar: sólo conociendo mejor nuestro pasado seremos capaces de conocer mejor también nuestro presente. Empeñados en fumigar ciertos capítulos de la Historia cuyos -infames- coletazos siguen vigentes en nuestros días, algunos sectores sociales -políticos y religiosos, principalmente- viven obstinados en minimizar sus consecuencias, negando incluso a negar las más flagrantes evidencias; las mismas que demuestran, por ejemplo, que el fascismo existió -y sigue existiendo-, y que la Iglesia católica fue mano derecha de tan despreciable ideología. Con una depuración narrativa digna de elogio, el tercer largometraje del insigne realizador Pawlikowski viene dispuesto a sacar los colores a quienes se empeñan en ocultar la verdad, aunque sólo sea por hacer justicia a quienes en la actualidad siguen sufriendo los efectos secundarios -o no tan secundarios- de este pasado que intentan ahora taponar. El director nos sumerge en las entrañas de la Polonia de los años 60; un país devastado por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, viva sombra de lo que fue; un territorio decrépito en el que ni los fugaces destellos musicales tienen el vigor, el fulgor suficiente para dejar asomar la esperanza. 

 

. Empeñados en fumigar ciertos capítulos de la Historia cuyos -infames- coletazos siguen vigentes en nuestros días, algunos sectores sociales -políticos y religiosos, principalmente- viven obstinados en minimizar sus consecuencias, negando incluso a negar las más flagrantes evidencias; las mismas que demuestran, por ejemplo, que el fascismo existió -y sigue existiendo-, y que la Iglesia católica fue mano derecha de tan despreciable ideología. Con una depuración narrativa digna de elogio, el tercer largometraje del insigne realizador Pawlikowski viene dispuesto a sacar los colores a quienes se empeñan en ocultar la verdad, aunque sólo sea por hacer justicia a quienes en la actualidad siguen sufriendo los efectos secundarios -o no tan secundarios- de este pasado que intentan ahora taponar. El director nos sumerge en las entrañas de la Polonia de los años 60; un país devastado por el nazismo y la Segunda Guerra Mundial, viva sombra de lo que fue; un territorio decrépito en el que ni los fugaces destellos musicales tienen el vigor, el fulgor suficiente para dejar asomar la esperanza. 
Ida desgrana la historia de Anna (Agata Trzebuchowska), una joven religiosa que vive internada en un convento desde niña que se encuentra a punto de hacerse monja. Tras descubrir que su verdadero nombre es Ida, que es judía y que tiene una tía viva llamada Wanda (Agata Kulesza), ambas se embarcarán en busca de la verdad, esa que le permita descubrir a Ida el paradero de sus padres desaparecidos en la época de ocupación nazi o a Wanda el cuerpo de su hijo, todos asesinados durante la guerra. De personalidades dispares -mientras una es reservada, abstemia y se encarga de juzgar la condición humana desde la fe divina, la otra es liberal, bebedora y su función es juzgar al hombre desde la legalidad-, ambas unirán fuerzas en esta road-movie emocional de consecuencias (in)esperadas. La apología que hace la película de la Memoria Histórica es, por tanto, evidente: Ida no sólo reivindica este concepto ideológico e historiográfico por la importancia que tiene que cada Nación valore y reivindique su pasado -sea admirable o despreciable-, sino por la infinidad de casos individuales, de vidas amputadas, que se esconden detrás de una ley que es lo más parecido que existe al sentido común. Es lógico, pues, que la Iglesia católica -una religión con gran peso en Polonia- intente desmarcarse en la medida de lo posible de unos hechos en los que participó de forma activa. En este sentido, cada una de las paredes de ese convento de rituales grotescos y ridículas estampas no sólo se encargan de separar el mundo espiritual frente al terrenal, también dividen su propia hipocresía con la del mundo real. 

En lo referido al plano artístico esta coproducción entre Polonia, Italia y Dinamarca ganadora del Premio a la Mejor Película en Festivales como Gijón, Londrés o Varsovia es irreprochable. Desde su sublime labor de fotografía -ese perfecto blanco y negro ideal para describir la grisácea, oscura realidad-, hasta el gran trabajo de la debutante Trzebuchowska pasando por la excelente composición del encuadre, quizá lo más destacable del filme. El director polaco se revela, en efecto, un maestro a la hora de situar a sus personajes ante la cámara, como si éstos quedasen sepultados por el excesivo aire de la parte superior o como si, en su afán por empequeñecerlos en la inmensidad de la postal, sus casos no fueran más que dos más entre tantos. A destacar también la práctica ausencia de movimientos de cámara -exceptuando los oníricos travellings finales-, que dan fe de cómo las imágenes tienen más peso narrativo que el plano verbal, francamente austero. En efecto, instantes como Ida ante el espejo desmelenada o cada una de sus reveladoras miradas a ese músico de orquesta que ejemplifica todo lo que, sin saberlo, siempre ha deseado, dicen más que mil palabras. Por no hablar del momento del entierro, en el queda ejemplificado de forma brillante eso que los que todavía hoy luchan por la memoria histórica definen como "la necesidad vital y espiritual de saber dónde están enterrados tus seres queridos". 

Alejada del típico cine de consumo, Ida se adscribe a ese tipo de películas cuya inabarcable densidad obliga a un segundo visionado; quizá así podamos fijarnos en hasta qué punto llega la frustración cuando ni los poderes públicos son capaces de hacer justicia -la última escena de Wanda- o cómo a veces no se tiene el valor de encarar la realidad -ese paseo final con destino equivocado-. Una, en definitiva, de las más destacadas sorpresas cinematográficas del 2014 

UNETE



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