Stockholm

Tras una fructífera etapa como director de series de televisión -Frágiles, La pecera de Eva, etc-,  el madrileño Rodrigo Sorogoyen sorprendió a todos con Stockholm (2013), su debut en solitario en el largometraje tras dirigir 8 citas (2008) junto a Peris Romano. Nítido ejemplo de cine low cost español, sus escasos 60.000 euros de presupuesto -aportados mediante crowfunding- no fueron inconveniente para convertirse en un -pequeño- fenómeno indie, como así testifican sus 4 Biznagas en el Festival de Málaga -incluida la de Mejor director- o sus 3 nominaciones al Goya, que se materializaron en un galardón: el de Mejor Actor Revelación, a pesar de su dilatada carrera profesional, para Javier Pereira. Y es que si algo demuestra Stockholm es que en España se pueden hacer pequeñas joyas con una escasez presupuestaria prácticamente inimaginable en otros países. Uno de los aspectos que explicarían el triunfo de la película a pesar de su escasa distribución comercial es que no busca parecerse a ninguna otra. Sorogoyen, que escribe el guión a cuatro manos con Isabel Peña, alumbra una ¿historia de amor? atípica, nada convencional, que tiene la habilidad de cambiar de tono, brusca e inesperadamente, a partir de una segunda mitad que es donde la película coge definitivamente cuerpo. 

 

.wordpress.com/wp-admin/serueda.wordpress.com/2012/07/10/8-citas/" data-mce-href="serueda.wordpress.com/2012/07/10/8-citas/" style="color: rgb(27, 139, 224); text-decoration: none;">8 citas (2008) junto a Peris Romano. Nítido ejemplo de cine low cost español, sus escasos 60.000 euros de presupuesto -aportados mediante crowfunding- no fueron inconveniente para convertirse en un -pequeño- fenómeno indie, como así testifican sus 4 Biznagas en el Festival de Málaga -incluida la de Mejor director- o sus 3 nominaciones al Goya, que se materializaron en un galardón: el de Mejor Actor Revelación, a pesar de su dilatada carrera profesional, para Javier Pereira. Y es que si algo demuestra Stockholm es que en España se pueden hacer pequeñas joyas con una escasez presupuestaria prácticamente inimaginable en otros países. Uno de los aspectos que explicarían el triunfo de la película a pesar de su escasa distribución comercial es que no busca parecerse a ninguna otra. Sorogoyen, que escribe el guión a cuatro manos con Isabel Peña, alumbra una ¿historia de amor? atípica, nada convencional, que tiene la habilidad de cambiar de tono, brusca e inesperadamente, a partir de una segunda mitad que es donde la película coge definitivamente cuerpo. 
La película expone la historia de un joven (Javier Pereira) que conoce a la que parece la chica de sus sueños en una discoteca (Aura Garrido). Ella, mucho más esquiva, no demuestra el mismo interés que él. Acabada la fiesta y camino a sus casas, ambos entablan una conversación mientras pasean por las calles nocturnas de Madrid. ¿Será cierto ese amor desenfrenado que siente el protagonista hacia la joven? ¿Sucumbirá ésta a la insistencia del chico? ¿Esconden algo? Lo malo de la película, si se puede catalogar así, es que no demuestra todo su potencial a partir de la segunda mitad, en la que somos testigos del brutal giro de los acontecimientos, de ese radical cambio de actitud de los personajes capaz de dejar perplejo al espectador más experimentado. La lograda escena del ascensor, realzada por unos operísticos fogonazos musicales, sirve de bisagra entre estos dos fragmentos, correspondientes a la noche y a la mañana siguiente. Aunque en sus primeros 45 minutos ya se nota el sello personal del autor, lo que termina lastrando esta primera mitad -pese a ciertas escenas entrañables, como la del desnudo en plena calle- es la excesiva guionización del, por otro lado, potente duelo dialéctico entre sus protagonistas. Un combate verbal poco creíble, en gran parte, por una forzada Aura Garrido en un papel que le viene grande, todo lo contrario a su compañero de réplicas, un Javier Pereira totalmente natural, fresco y espontáneo.

Pero como digo, el grueso de la trama se concentra en los 45 minutos restantes, aquellos en los que exploramos a fondo la compleja psicología de sus personajes, aunque el director no nos ponga las cosas fáciles: en lugar de dárnoslo todo masticado, Sorogoyen opta por dejar varios interrogantes en el aire -¿por qué ese cabezazo en el cristal del baño?, ¿qué sentido tiene la llamada telefónica?- y no explicar de forma demasiado explícita el estado mental de unos roles que se dirigen, con Síndrome de Estocolmo incluido, a un trágico desenlace. A pesar de que se hace casi imprescindible verla dos veces para extraer todo su jugo -la crítica a la frivolidad de parte de la juventud, el machismo-, el regusto que queda tras su primer visionado es positivo: la técnica minimalista que emplea el director nos seduce por su originalidad y, además, es sumamente fácil engancharse a una historia que todos reconocemos como cotidiana. En el plano técnico, además del riesgo que suponen los planos secuencia para una cinta de este presupuesto, merece la pena destacar también algunos encuadres logrados, como en los que ambos están de espaldas comprobando la inmensidad de la capital española -bien desde  la gran vía madrileña, bien desde la terraza del edificio-

Rodada en 13 días, Stockholm inclina la balanza a su favor por la capacidad de su máximo responsable por confeccionar un universo en el que parece no existir más que sus dos personajes, los cuales se esquivan, se ilusionan, se besan, se desnudan, se engañan, se mienten y se agraden, en todos los sentidos; un universo que no dista mucho de la vida misma y en el que cualquiera podemos vernos reflejado. Y, sobre todo, un universo en el que la irresponsabilidad y el engaño te pueden hacer establecer vínculos con el prójimo hasta el último de tus días. Hasta más allá de la muerte. 

UNETE



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