2 francos, 40 pesetas

En 2006, el director y guionista Carlos Iglesias se aventuraba a retratar el drama de la inmigración española en la década de los 60. La propuesta no pudo salirle mejor: notable éxito de público, proyección en varios festivales y lo más importante de todo: nos permitió descubrir el inmenso talento del madrileño, conocido hasta entonces por su histriónica faceta televisiva. Ocho años después de aquel -vamos a llamarlo- retrato sociológico altamente autobiográfico, Iglesias retoma a los personajes y escenarios de la primera parte en 2 francos, 40 pesetas (2014). En esta secuela, el cineasta deja por el camino el tono trágico de su predecesora y se lanza de lleno a la comedia. Pura y dura. Sin la carga emocional ni el trasfondo sociológico de su predecesora, ahora lo que toca es hacer reír. Quizá porque el director sabe que la trama principal de la obra -ese joven de 18 años que sale a buscarse la vida al extranjero- es terriblemente actual en nuestros días y que lo último que necesita el público es que le recuerden esta realidad en una pantalla de cine a través de una óptica trágica. Aún así, encontramos algunas ráfagas dramáticas que, junto con su manifiesta apuesta por la comedia costumbrista, hubieran engatusado a Berlanga y Azona, por mucho que este filme no sea -ni pretenda ser- tan mordaz como resultaban ambos. 

 

. La propuesta no pudo salirle mejor: notable éxito de público, proyección en varios festivales y lo más importante de todo: nos permitió descubrir el inmenso talento del madrileño, conocido hasta entonces por su histriónica faceta televisiva. Ocho años después de aquel -vamos a llamarlo- retrato sociológico altamente autobiográfico, Iglesias retoma a los personajes y escenarios de la primera parte en 2 francos, 40 pesetas (2014). En esta secuela, el cineasta deja por el camino el tono trágico de su predecesora y se lanza de lleno a la comedia. Pura y dura. Sin la carga emocional ni el trasfondo sociológico de su predecesora, ahora lo que toca es hacer reír. Quizá porque el director sabe que la trama principal de la obra -ese joven de 18 años que sale a buscarse la vida al extranjero- es terriblemente actual en nuestros días y que lo último que necesita el público es que le recuerden esta realidad en una pantalla de cine a través de una óptica trágica. Aún así, encontramos algunas ráfagas dramáticas que, junto con su manifiesta apuesta por la comedia costumbrista, hubieran engatusado a Berlanga y Azona, por mucho que este filme no sea -ni pretenda ser- tan mordaz como resultaban ambos. 
La acción transcurre en 1974, seis años después de que Martín (Carlos Iglesias) y su familia regresaran de Suiza, donde éste marchó a ganarse el jornal. Ahora es Pablo (Adrián Expósito), el hijo de Martín, el que regrese al mismo país en compañía de un amigo. Sin embargo, no estará mucho tiempo separado de su familia cuando Marcos (Javier Gutiérrez), el viejo amigo de su padre, invite a éste al bautizo de su segundo hijo en el país helvético, donde lleva años viviendo. Aunque no es imprescindible, es evidente que 2 francos, 40 pesetas la disfrutarán más quienes hayan visto la ópera prima del director, pues además de rescatar a los mismos personajes, hay varios guiños a ésta -como la escena del autobús y la anciana o las referencias a la zona nudista-. La película se ve muy beneficiada por el hecho de que Iglesias conozca tan a fondo la geografía suiza, ya que sabe capturar sus rincones más recónditos, sus paisajes más bellos, sin caer nunca en la mera postal turística, dejando que esa luminosidad y energía que irradian los exteriores definan, de alguna forma, a sus personajes y también al propio alma de este ejercicio retrospectivo de tono dulce y amable. La fotografía, por tanto, vuelve a ser uno de sus puntos fuertes: cada una de sus panorámicas, de nítidos planos generales, funcionan como un balón de oxígeno que representa la apertura, la modernidad de la democrática Uzwil respecto al ocaso dictatorial español. 

La que es la tercera película de Iglesias como director -tras la poco exitosa Ispansi (2010)- también se enriquece por su alto nivel interpretativo, tanto por los que repiten de la primera entrega, como de sus caras nuevas entre las que destaca Tina Sainz, Marta Puig o Lolita Flores, esta última en un divertido cameo. Menos atinados y creíbles están el actor Luisber Santiago y Eloísa Vargas. También podemos achacar a esta secuela el que el guión esté siempre por encima del trabajo de dirección, por mucho que éste primero se empeñe en contarnos multitud de historias de golpe o que no se otorgue la entidad suficiente a algunos personajes, algunos sin función clara en la historia. La falta de inspiración de Iglesias tras la cámara es especialmente patente en la errática puesta en escena y la irregular dirección de actores, como se demuestra de forma clara en la celebración final del bautizo; un fragmento en el que, a pesar de pedir a gritos la locura por concentrarse en ella todo el elenco, el madrileño no sabe sacarle partido. Por suerte, nos quedan personajes que nos arrancan unas carcajadas como el del cura -genial Jorge Roelas- o el del actor Roberto Álvarez y todo su trama del maletín.  que terminan de confirmar que la vis cómica termina imponiéndose por goleada.

UNETE



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