Merecido desplome de UGT y CC.OO.

 

. Hasta hace unos años, ese primero de mayo era un día de reivindicación para muchos trabajadores, pero con la que está cayendo y con la implicación de los sindicatos de clase en episodios de corrupción y connivencia, resulta que la ciudadanía de bien ha dejado de creer en ellos y en lo que parecían representar.

Siempre ha sido difícil confiar en los sindicatos de clase, pero no es novedad decir que esa confianza sí la han tenido durante años para un sector importante de la clase trabajadora. Pero ha llegado el tiempo de crisis y, sin escuchar a la ciudadanía, han pactado barbaridades con el poder socialista, han convocado huelgas y algaradas ‘de cumplido’ y sin convencimiento y, lo que es más grave, no han solucionado nada a los trabajadores ni a los empresarios ni a los parados.

De lo que no hay duda es que siempre han intentado llenarse los bolsillos propios, mirando por su organización, aunque dejaran tirados a los trabajadores más necesitados. Ahora pisan los lodos que ellos mismos han creado con sus propios polvos, fruto del atropello, el provecho propio, la desidia laboral, la falta de ética, la indiferencia y el desprecio a quienes decían representar.

Durante las dos legislaturas de Rodríguez Zapatero, esos sindicatos obreros se han pasado el tiempo ‘mirando al tendido’ como si nada sucediera; incluso, han negado la crisis con la misma intensidad con la que lo hizo en su momento el ministro Solbes. Los liberados sindicales han permanecido ‘tirados a la bartola’, excepto cuando había que convocar algaradas, para  después acabar presuntamente de copas, fiestas y en locales de moral distraída. ¿Y los líderes? De todos es sabido que han gozado, disfrutado y despreciado a la ciudadanía como nuevos ricos; ahí están los numerosos viajes de placer, carísimos cruceros, despendoladas fiestas, negociaciones laborales con langostas, carabineros y otros ‘compañeros marítimos’ de las grandes mariscadas.

El 1º de mayo resultó patético asomarse al balcón y comprobar que en la manifestación solo iban liberados, aspirantes a ello, familiares de sindicalistas, perdidos socialistas y despistados naturales que no sumaban más allá de tres y el del bombo. Eso sí, ruido mucho; tal vez para tapar deficiencias. Prueba de esa incapacidad de convocatoria es que lo que siempre entendían como gran manifestación se ha trasladado a las calles de Bilbao; esa misma ‘manifa’ en una gran ciudad –como Madrid, Barcelona o Valencia-- hubiera puesto de manifiesto carencias, muchas carencias y excesivo desprecio hacia esas formaciones por parte de la ciudadanía.

No es ningún secreto que esos sindicatos, hoy tan despreciados, se han aprovechado de EREs, despidos pactados (a veces para poder contratar en la empresa a un familiar suyo), subvenciones mil, ayudas desproporcionadas e incluso han besado por donde pisaba el partido socialista en los últimos ocho años. No han tenido inconveniente en formar parte de los consejos de administración de bancos y empresas varias, lo que ha hecho que se embolsaran millones de euros, mientras hablaban de defender al obrero, crear empleo, sacar a España de la Unión Europea y ‘apedrear’ el euro.

Pero es el momento de la penitencia y, como han perdido la vergüenza, ahora es a ellos a quienes han perdido respeto. Con razones mil y de forma merecida. Hasta en las redes sociales han surgido grupos con miles de perfiles donde se pide la desaparición de UGT y CC.OO.

El actual perfil de este tipo de sindicatos está trasnochado por los cuatro costados. Se precisa un cambio urgente y su desaparición con los cometidos actuales. Otras organizaciones sindicales de carácter profesional  hace tiempo que han evolucionado y se han adaptado a los tiempos. Cuando uno ve a los sindicatos clasistas con las mismas pancartas de siempre, las mismas soflamas que hace décadas y hablando del ‘abuelo Pachi’, la verdad es que siente vergüenza ante tanta inmadurez, tan grande estupidez y el rechazo al ver cómo se enriquecen a costa del ‘señor’ erario público.

En cualquier país serio –y no es el caso del nuestro—donde los sindicatos de clase hubieran colaborado en la creación de tres millones de parados, como sí es el caso de España, seguramente los dirigentes sindicales, los liberados y adláteres de aproximación habrían salido corriendo para no regresar más. Posiblemente no habrían sido corridos a gorrazos, pero seguramente sí lo hubieran sido con otros instrumentos más contundentes.

Un sindicalismo de clase caracterizado por estar obsoleto, caduco, con cometidos distorsionados y además ser corrupto como el español tiene lo que se merece. Las tempestades de hoy llegaron por aquellos vientos.

 

Jesús Salamanca Alonso

UNETE



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