Fauna periodística (I). Las periopjas

Visten a la última y su patrón de moda lo marcan las firmas populares que fotocopian a las chicas temporada tras temporada. Ya apuntan maneras durante la carrera, haciendo resonar sus tacones por pasillos, clases y, lo que es peor, por bibliotecas. Maquillan su rostro antes de abrir sus apuntes y afilan sus perfiladores en vez de sus lápices, porque la sencillez no cabe en su mundo de futura presentadora de moda. Pasean sus palmitos entre los alumnos, clavando sus ojos en los más agraciados, dispuestos a formar una pandilla de modernos chic que marcarán el paso al ritmo de taconeo de charol. Pero también las hay, y no son pocas, las que dominan el arte de encandilar al profesorado, que aprende antes los nombres de las minifaldas cortas que los de las notas altas.

 



De un salto se plantan en la vida laboral, con una carta de presentación que juega a su favor. Y no habría ningún problema, si no utilizaran esas artes para menesteres poco periodísticos. Manejan las situaciones sociales como pocas; son verdaderas escaladoras en las ruedas de prensa. Pasan de la última fila, la de los cables cortos y las grabadoras cutres, a los primeros puestos (quién sabe si desde el estrado, el político de turno tenga mejores vistas).



Sus primeras víctimas son los jefes de prensa, inocentes corderillos que se dejan liar por la madeja de la palabrería dulce y los sujetadores caros (otra especie a estudiar). Y su nombre, claro está, pasa a su lista mental automáticamente, con fotografía de contacto incluida.



Copian las notas de prensa, bien porque no dan para más, bien por no se espera más de ellas. Despachan páginas, crónicas, noticias y reportajes con un “sota-caballo-rey” que no ponga en entredicho ni su pericia al ordenador  ni, obviamente, al entrevistado de turno. Prefieren que el poder las reconozca y las encumbre, a ser la china en el zapato de tal o cual político, porque “el periodismo está para recibir, no para dar”…



 Amigas en seguida de quien corta el bacalao, suelen tener puestines asegurados aquí y allá; poco importan los borrones del currículum cuando se pueden maquillar con el antiojeras que después adornará su rostro. Da igual que sean conocidas por su inutilidad o su poca pericia a los mandos del vocabulario: las recomendaciones apaciguan las voces contrarias y las insertan al más puro estilo cortar/pegar en las redacciones.



Son las barbis periodistas, con el kit completo: grabadora, boli y agenda, debidamente guardado en bolsos de marcas con anagramas reconocibles a la legua. Una especie en alza porque no molesta, no aturde, no pregunta. Un figurín que adorna las redacciones y las salas de prensa, pero que quitan de un caderazo el lugar que le corresponde a la mosca cojonera que aprendió en la facultad, al menos, a sumar dos más dos.

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