. La educación debería llevarnos al encuentro de seres humanos
libre-pensadores en beneficio siempre de una sociedad más justa y tolerante.
Hoy nos preocupa más cuanto sabe una persona que la fortaleza y bondad de su
corazón. Nos interesa más cuanto vendo y cuanto compro. ¿Qué nos fue pasando?
¿Cómo nos convencieron? ¿Cómo me fui contaminando? ¿Cómo puedo salir de ahí?
Pero, más importante aún: ¿nos interesa salir de esto?
Una vez más podría decir
que es la misma educación la responsable de las respuestas a estas preguntas.
Pero mientras los sistemas educativos no consideren la opinión y la cosmovisión
de todas las expresiones culturales, de todas las formas de vivir, de todos los
que tienen algo que decir, seguiremos en este pantano de ilusiones que nos hace
creer que otro mundo es posible. Otro mundo nunca será posible si continúo en
el camino de perpetuar el estatus quo, de rendir pleitesía a la cultura
dominante, de rendirme frente a mis propios sueños. Creo necesario ser rebelde
frente a lo que se nos enseñó, desaprender para iniciar un nuevo aprendizaje. Rebelarse a las máximas, premisas y métodos de aprendizaje concebidos como
verdades. No es el “movimiento” lo que da significado a mis intervenciones, soy
yo quien otorga significado a las cosas, al mundo y yo soy mucho más que
movimiento, mucho más de lo que hace mi cuerpo, construyo mi realidad en cada
pensamiento, en cada imagen que nace impulsada por mis sentidos. No quiero
definiciones ni quiero verdades. Siempre hay otra manera de hacer, ser y
existir. Por ello creo también necesario escuchar a nuestros niños y niñas,
iniciar diálogos desde sus preguntas, considerar que su mundo ya no es el
nuestro, que este siglo exige otra mirada de las cosas del universo. Se hace
necesario también un regreso a la simplicidad, a la paz interior, al ocio
creativo. Nos hemos obsesionado con las mediciones, una espiral de evaluaciones
que no se detiene frente a nada, apagando poco a poco muchas sonrisas y
anulando una creativa forma de vivir.