¡Milagro en El Cajas!

Es ésta, posiblemente, nuestra quinta versión sobre un hecho inexplicable sucedido hace algunas décadas, a lo mejor entre los años 67 y 70. Habíamos recibido una invitación por parte de amigos de Cuenca para participar en una excursión al Cajas, previa preparación con el fin de acordar en cuanto a lo que teníamos que llevar cada uno de los cinco. Debíamos concurrir con una mochila y los elementos fundamentales para montaña.

 

. Habíamos recibido una invitación por parte de amigos de Cuenca para participar en una excursión al Cajas, previa preparación con el fin de acordar en cuanto a lo que teníamos que llevar cada uno de los cinco. Debíamos concurrir con una mochila y los elementos fundamentales para montaña.
El día llegó. La primera etapa era trasladarnos a Sayausí en las primeras horas de la noche. Allí debíamos contratar una acémila y un guía para llevar nuestros equipajes. En ese punto durante más de dos horas se habló de todo, menos de lo fundamental, el objetivo último del paseo. A eso de la medianoche comenzamos la caminata hacia Quínoas, al comienzo en animada conversación, luego y poco a poco en silencio, tratando de llegar lo más pronto a la posada de don Lizardo Guevara. Llegamos al lugar más o menos a las cuatro de la madrugada, y como no había camas, nos tocó dormir en el suelo del zaguán, tapados cada uno con lo que había llevado. Dormir fue imposible, el frío de la madrugada era intenso y en poco tiempo vimos aclarar el nuevo día.

De pronto a las seis de la mañana se escuchó el ruido de un vehículo, era un bus que venía desde Cuenca con un grupo de chicas de un colegio de internado de la ciudad, todas ellas procedentes de la Costa. Nos levantamos automáticamente y nos arreglados al apuro, ya estábamos dispuestos para recibir a las recién llegadas. Con eso estaba claro: los compañeros de la aventura habían estado previamente en conocimiento de aquel paseo. Acudimos enseguida a recibirlas y a prestarnos como guías y acompañantes. La consigna era: cada uno debía buscar su acompañante para emprender la caminata hacia la laguna. De nuestra parte hicimos lo indicado y empezamos a caminar con una de ellas. No fue difícil escoger, todas eran bellas y había que tomar su mochila, y manos a la obra, ascender, primero hasta el pie de la cuchilla que queda  a la altura de la laguna Toreadora y luego en “fila india”, lentamente, conversando de tantas cosas con la mirada en el filo de la montaña.

María (nombre supuesto) resultó ser buena caminante, y nosotros, con una edad entre 20 y 23 años y condiciones de deportistas, hicimos la dupla ideal para esa complicada empresa y siempre entre los primeros del grupo compuesto por unas 20 personas. Llegados a la cima, nos sentamos a descansar y divisar hacia oriente las lagunas y el paisaje enorme y hacia occidente la Luspa, no menos maravillosa. De allí la bajada era fácil y todo hermoso con un sol brillante y motivador. María sacó de su mochila unas naranjas y nos sentamos a chupar y conversar de muchas cosas. Me sentía feliz. Era un día espléndido y comenzaba a rondar Cupido.

Luego proseguimos por un sendero, a ratos trotando y riendo, todo en goce de la máxima armonía natural. A poco ya nos encontramos en el borde de la laguna. Todo resultó completamente fácil. Fuimos los primeros seis u ocho en llegar. El plan no podía ser más perfecto: pescar, preparar alimentos, servirnos alimentos juntos, hacer una fogata por la noche, en fin. A poco llegaron los amigos y el resto de excursionistas pero también nuestro guía con las manos vacías. ¿Qué había sucedido? La acémila que transportaba nuestras cosas se había empantanado y el hombre nos pedía que le acompañáramos para rescatar al animal y los equipajes, “allá arribita nomás”. La despedida de María fue rápida, pero recuerdo que hubo una expresión de pesimismo y preocupación en ella, y no quedaba más, le ofrecí apurarme y volver en no más de una hora. Jamás sucedió de esa forma.

Queriendo resolver el asunto lo más pronto posible -pero confieso, con una buena dosis de ingenuidad- tomé la delantera mientras mis compañeros venían lentamente y de mala gana, conversando y sin apuro alguno. Al comienzo yo les llamaba a unos cien metros de distancia para que se apuren, luego les silbaba y me respondían, pero después solo escuchaba el eco. De pronto comenzó a bajar la neblina, gritaba pero ya nadie me respondía. Sin embargo no perdía la serenidad y continuaba caminando…hasta que perdí la ruta, la espesa neblina no me permitía ver casi nada. Estaba extraviado por completo.

Vestía apenas un bluejean, una casaca de nylon, llevaba unos pocos cigarrillos “King”, una caja de fósforos y unos diez sucres. Mi reloj marcaba las once de la mañana. Quise volver a la laguna pero no encontraba el camino, quise ascender hacia el filo de la montaña, tampoco podía. Recordaba un incidente de unos meses atrás cuando un joven se extravío por esos mismos lugares y lo encontraron muerto tres días después, se había roto un tobillo y eso le costó la vida. Vino a mi mente que alguien dijo que en esos casos no se debe perder la serenidad, no hay que dejar de caminar, y en caso de llegar la noche no queda más que buscar un refugio pero jamás dormir, porque eso resulta fatal. Mi reloj “Invicta” marcaba las cinco de la tarde. Me quedaba poco tiempo. Me acordé de Dios, como nunca, lo había olvidado años atrás. Si oscurecía era hombre muerto y no se sabe en qué condiciones. Ya eran las seis de la tarde, el tiempo comenzó a correr rápido. Se venía la noche de forma acelerada y la neblina continuaba. De pronto, no sé por qué pero asomaron las cascaritas de naranja en el camino. Creo que un Ser Superior lo había planeado. Esas huellas me salvaron. Me aferré al camino como pude y me di cuenta de que estaba próximo a la cuchilla, a donde llegué gateando, desesperado. Del filo divisé una luz lejana, era la casa de don Lizardo.

Comenzó mi etapa de salvación. Iré hacia esa luz como sea, me dije. Pero no fue nada fácil: cañadas, oscuridad, trampas, ganado suelto, subidas y bajadas que a veces me impedían ver la luz, y así, despedazado, con las manos sangrantes, los codos, las rodillas, los zapatos rotos, llegué. Los perros ladraban en la entrada de la posada, me querían atacar pero salió don Lizardo y dijo no creer lo que veía. Me ofreció un jarro de café caliente y un pan. Ha vuelto a nacer, me dijo. Aquí el que  se pierde se muere. Es un milagro, exclamó. Jovencito, ha llegado un jeep y el dueño está en mi casa y ya mismo se va a Sayausí, debe regresar a Cuenca. Así lo hice y después todo quedó atrás, nadie se enteró, nadie me buscó, a nadie hice falta. Eso no importaba, lo que sí, desde entonces, todavía no comprendo por qué sucedió. ¿Hubo un propósito detrás de todo esto? Las cosas en la vida y en el mundo no suceden porque sí. Ya son muchos años y hoy flota en nuestro pensamiento la duda e incredulidad de ese milagro. Aquel día ¿qué iba a suceder? ¿Qué ha sucedido desde entonces? ¿Cómo debemos entenderlo?

César Pinos Espinoza

 

UNETE



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