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Nazareno de San Pablo: Crónica de una promesa cumplida


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16/04/2014


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Cargaba una pesada cruz en su hombro, vestía de morado de pies a cabeza, su frente sudaba copiosamente, las manos le temblaban, sus rodillas estaban raspadas producto de múltiples caídas sufridas por el cansancio, la suciedad de sus pies descalzos mostraba lo prolongado de su recorrido… Pero sus ojos reflejaban una paz infinita.


No era Jesús de Nazareth; era Carolina, una venezolana de 29 años de edad, quien se dirigía en la mañana de este miércoles de Semana Santa hacia la Basílica de Santa Teresa, en Caracas, en busca de quien, según su fe, salvó a su hija al nacer, hace ya cinco años: el Nazareno de San Pablo.

Se trata de una estatua de un Jesucristo moreno que se encuentra en la capital venezolana desde hace más de 300 años. Cuenta la leyenda que una vez terminado el rostro, la figura le habló a su creador y le dijo: «Has hecho un buen trabajo. Lograste representar fielmente mi faz».

Carolina comenzó su recorrido de rodillas varias cuadras antes del templo. El tema en ritmo de salsa que sonaba en uno de los autobuses que recorre la siempre congestionada avenida Baralt, la inspiró a cumplir nuevamente con su promesa: «El Nazareno me dijo que cuidara a mis amigos…», cantaban Ismael Rivera y Maelo.

Pudo recorrer unos cien metros por cuenta propia siguiendo una fila de feligreses que llevaban igualmente el color morado en batolas, franelas, bandanas y pañoletas, y que le daban la vuelta a un conjunto de manzanas de la urbanización El Silencio que, contrario a su nombre, presentaba un revuelo de voces de los buhoneros que «hacían su agosto» en Semana Santa. Similar a aquellos tristemente célebres mercaderes del templo de la época de Jesús, vendían toda clase de artilugios religiosos fuera de la basílica.

Se podía adquirir desde cruces de palma bendita, escapularios y rosarios; pasando por velas, togas violetas y estampitas del Nazareno, hasta sábilas «trabajadas», sahumerios y «contras». A los tradicionales inciensos, estoraque y mirra, comprados por los caraqueños para «despojar» sus casas durante la Semana Mayor, se le sumaban preparados para «Don Juan del camino», «La mano poderosa», y «Abre camino».

«El sincretismo religioso es algo que es inevitable en Venezuela. La Iglesia respeta esas creencias pero no las comparte», diría más tarde el monseñor Adán Ramirez, párroco de la Basílica de Santa Teresa. Cerca del Teatro Municipal, con la cúpula de la Basílica al fin visible, Carolina se desvaneció en el pavimento.

Un hombre que pasaba por allí se compadeció, recogió la cruz y la acompañó a culminar su vía crucis, como aquel Simón de Cirene que ayudó a Jesús en su camino al Calvario. Desde allí hasta la entrada del templo, uno que otro feligrés recordó la frase de la Biblia que dice: «Estaba sediento y me diste de beber. Tenía hambre y me diste de comer», al ofrecerle líquidos y gelatina a la joven cuyos desfallecimientos aumentaban cuanto más se acercaba a su meta.

Al cruzar el cintillo de seguridad que rodeaba el templo, Carolina pasó al lado de una tienda de campaña de los Bomberos Metropolitanos. Aunque estuvo a punto de necesitar sus servicios, como otras setenta personas atendidas por deshidratación o baja de tensión, pudo resistir los últimos metros de su penitencia.

Antes de traspasar el umbral de la puerta central de la Basílica, sus ojos se posaron unos segundos sobre un árbol de limones cuyas hojas y frutos verdes brillaban a la derecha de la estructura. Se trataba de un descendiente del célebre Limonero del Señor, en cuya rama se enredó el vestido del Nazareno durante una procesión de Semana Santa en la época colonial.

Esto produjo que varios limones cayeran al piso, lo que significó una señal para los feligreses que rezaban para pedir la cura de una epidemia de peste. Inmediatamente prepararon una bebida con los frutos y se la hicieron beber a los enfermos que luego quedaron curados.

Este árbol llegaría a inspirar al venezolano Andrés Eloy Blanco a tal punto que le dedicó un poema cuya última estrofa dice: «Quizá en su tumba un limonero / floreció un día de pasión / y una nueva nevada de azahares / sobre la cruz desmigajó, / como lo hiciera aquella tarde / sobre la cruz en procesión, / en la esquina de Miracielos, / ¡El limonero del Señor...!».

Carolina despertó de su contemplación al ser abordada por los flashes de varios reporteros gráficos, por las cámaras de televisión y por la mano de uno de los periodistas que le ofreció una gaseosa de limón.

Cargada en brazos por su acompañante y otro colaborador que asumió el peso de la cruz, Carolina logró atravesar el mar de gente que inundaba la basílica hasta que al fin llegó a los pies de la imagen del Nazareno. En su rostro el sudor fue limpiado por sus lágrimas.

Ante sus ojos se presentó el Jesús trigueño de espalda corbada, el cual vestía con una capa de imperial violeta con adornos dorados en sus bordes, mangas, y cuello. Una soga igualmente dorada ataba el traje al nivel de la cintura.

Sus manos crispadas no tocaban el madero, en cuyos bordes brillaban unas placas color plata. En su frente se observaba una corona de espinas y sobre su cabeza tres espigas plateadas. Como todos los años la imagen fue colocada en una estructura adornada con flores. En este caso la flor nacional de Venezuela, la orquídea morada «cattleta mosiae».

«Los feligreses dicen que la figura de Jesús se encorva un poco cada año, cosa que no es cierta», dijo el párroco Adán Ramirez, y agregó: «Bendito sea Dios que exista esta creencia, que existe ese deseo de la persona de ver reflejado allí el dolor del pecado. Y si eso nos lleva a nosotros a encontranos con el Padre, bienvenido sea».

Hasta los pies del Nazareno llevó su cruz Carolina. Pegada al madero estaba la foto de su pequeña hija de nombre Nazareth.

Mientras tanto, en el altar desarrollaba su homilía el nuncio apostólico, representante del Vaticano en Venezuela, monseñor Jacinto Berloco. Éste recordó una frase dicha por el sumo pontífice emérito de la iglesia católica, Benedicto XVI: «El amor verdadero no puede existir sin el sufrimiento y el sacrificio por los demás», al explicar la forma en que Jesús soportó los dolores de la crucifixión, con una actitud de amor y perdón.

Cansada y temblorosa, pero contenta, Carolina era un ejemplo vivo de la entrega por amor al que se refería Joseph Ratzinger. En este caso el amor de madre.

Cuando el «Simón de Cirene caraqueño«, que ayudó a la penitente con el pesado madero gran parte del trayecto, se disponía a abandonar el recinto, un periodista le preguntó su nombre. Éste le dijo que se llamaba Antonio Velásquez, luego de lo cual sonrió y rectificó orgulloso: «Antonio Nazareth Velásquez».





Por @Joaquin_Pereira

(Publicada el 12 de abril del 2006). 



Etiquetas:   Venezuela

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