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Reseña literaria "La inteligencia fracasada" de José Antonio Marina


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05/04/2014


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Nos encontramos ante un libro que se marca como objetivo catalogar los actos fallidos que llevan a los humanos a desarrollar una inteligencia fracasada. Le corresponde al lector dictaminar hasta qué punto cumple con la propuesta. Igualmente, bajo su criterio, habrá de extraer las enseñanzas prácticas que le faciliten su toma de decisiones diaria.


Marina elabora en su libro una desmitificación de la historia que alcanza a personajes de la talla de Napoleón o Alejandro. No le falta razón, visto desde su óptica, en alguno de los puntos tratados. Ahora bien, la otra opción que nos queda es la de vivir sin referentes, pues al aplicar sobre estos personajes una visión siglo XXI, es difícil que superen cualquier revisión. Si a los ciudadanos de hace veinticuatro siglos les pidiéramos que valoraran nuestra sociedad, según su concepción del mundo, probablemente nosotros tampoco saldríamos muy bien parados. De todas formas el autor afirma en la introducción: “No me gusta el fracaso, lo confieso. Creo que una de las intoxicaciones culturales postrománticas ha sido el gusto por una metafísica del hundimiento.(…) Convertir la degradación, el fracaso, el horror, la crueldad, el sinsentido en objeto estético es inevitable, pero confundente. Separa el arte de la vida. (…)”

Al referirse a la superstición como un fracaso cognitivo utiliza, a modo de ejemplo, el recurso a la oroscopia. Para Marina, ésta es un resto anacrónico de una falsa ciencia propia de una etapa humana en la que no se contaba con el saber científico de los últimos cien años. Cuando la rechaza no se molesta ni en demostrar los motivos, queda claro para el inteligente lector que pertenece al ámbito de superchería, por lo que no merece mayor dedicación. Sin embargo, el estudioso de astrología sabe que este conocimiento es mucho más que la columna periodística con la influencia de los astros para ese día. El lector  podría acusar a Marina de tener prejuicios, algo que cataloga igualmente como fracaso cognitivo.

Marina nos ofrece la siguiente definición de inteligencia: “Llamo inteligencia a la capacidad de un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo.” O sea, la capacidad de dirigir nuestros actos, pensamientos y sentimientos, fundamentados en las pasadas experiencias y en nuestra capacidad de extraer de ellas un conocimiento válido.

“(…) nuestra inteligencia tiene dos pisos (…) Una es la capacidad intelectual – el piso bajo            (inteligencia estructural-computacional) – y otra el uso que hacemos de esa capacidad – el piso de arriba (inteligencia ejecutiva) -. Una persona muy inteligente puede usar su inteligencia estúpidamente. Ésta es la esencia del fracaso, la gran paradoja de la inteligencia, (…)”. En Oriente, cuando describen la constitución estructural y funcional del hombre, establecen, igualmente, una diferenciación de la mente en inferior o concreta y superior la cual supone un logro a conquistar.

Uno de los aspectos más importantes de la presente obra representa su teoría de marcos. Se puede no estar de acuerdo, pero el razonamiento que esgrime para presentarla resulta coherente. “Los pensamientos o actividades que son en sí inteligentes, pueden resultar estúpidos si el marco en el que se mueven es estúpido”. “El principio de la jerarquía de marcos me parece imprescindible para comprender el comportamiento humano y evaluarlo con justicia. Nos obliga a una estratificación de los juicios. Lo que a un nivel es aceptable puede dejar de serlo si ese nivel entero es abominable.”

En el capítulo 2 “Los fracasos cognitivos” cita el prejuicio, la superstición, el dogmatismo y el fanatismo como sus principales componentes. En el mismo capítulo trata acerca de la credulidad y su evolución humana ligada a la palabra, llegando a afirmar: “Con la palabra nació la comunicación, pero también la mentira y nuestra maquinaria de formar creencias resulta engañada con facilidad. Los medios de comunicación favorecen ese engaño porque pueden crear un simulacro de realidad.” Si algo distingue al hombre de las demás especies esa es, sin ninguna duda, la palabra. Con ella se ha movilizado a los pueblos, se ha escrito El Quijote, se han transmitido conocimientos… En definitiva, un regalo que, también es cierto, no siempre se utiliza para hacer el bien y ayudar a los demás.

En el capítulo 3 “Los fracasos afectivos” afirma: “la inteligencia está al servicio de las emociones. (…) Al parecer, sin el empujón afectivo, la razón puede  agotarse en una deliberación interminable. En conclusión: la verdadera inteligencia, la que termina en conducta, es una mezcla de conocimiento y afecto. Uno tiene que ver con datos y otro con valores. Vivimos entre ambas cosas inevitablemente. No hay, pues, una inteligencia cognitiva y una inteligencia emocional. (…) Deseos intelectualizados o intelectos deseantes. Esta hibridación nos permite hablar de sentimientos inteligentes y de sentimientos estúpidos”. Se han descubierto las bases biológicas de esta afirmación. Parece ser que al principio y al final de cada acto se encuentra el detonante de la emoción. Finalmente, en el mismo capítulo organiza la multiplicidad de las experiencias emotivas en tres grupos: impulsos, sentimientos y apegos.

Marina nos cuenta cuál es su concepto sobre el amor: “El amor es esencialmente un deseo y hay tantos tipos de amor como objetos de deseo (…) Podemos definir el amor más generoso como el deseo de felicidad de otra persona.” Quien no tenga una visión materialista de la vida tendrá dificultad en aceptar completamente esta definición ¿Dónde queda la admiración?, y, ¿dónde la devoción por lo Divino? Para Marina estos sentimientos serían una elaboración de otro tipo de deseos sin una base real. Más adelante dice: “Nada teme más el ser humano que la anestesia afectiva. Prefiere con frecuencia el infierno al limbo.” En este caso sólo se puede estar de acuerdo, pues los hombres muestran cierta inmadurez en la gestión de sus emociones.

En el capítulo 4 “Los lenguajes fracasados” leemos: “nuestra inteligencia es estructuralmente lingüística y nuestro hábitat también lo es. (…) El lenguaje es uno de los sistemas transversales que sirven para unificar los módulos de nuestra inteligencia. (…) Es la gran herramienta de la inteligencia ejecutiva. Vuelve consciente lo que sucede en la inteligencia computacional, nos permite  buscar en la memoria, hacer planes, darnos órdenes a nosotros mismos. (…) También nuestra conciencia se teje con palabras.” Como diría Tolkien, uno de los más importantes filólogos ingleses del siglo XX: somos materia lingüística.

Más tarde nos informa de lo siguiente: “El 80% de las mujeres españolas se quejan de que sus parejas no hablan lo suficiente. (…) A los chicos se les educa para  la autosuficiencia y a las chicas para mantener una red de relaciones. (…) esta diferencia de perspectiva les lleva a esperar cosas distintas de una simple conversación, ya que el hombre se contenta con hablar de algo mientras que la mujer busca una  mayor conexión emocional. (…) Por último, las mujeres tienden a discutir sus problemas como método para elaborarlos. Les gusta compartir experiencias, y están más dispuestas a las confidencias. Los hombres rehúyen hablar sobre temas íntimos y tienden a oír a las mujeres que discuten problemas con ellos como si hicieran explícitas demandas de solución en vez de buscar un oyente solidario.” Estamos programados con unas especificaciones que diferencian a hombres y mujeres. Conocerlo no debe implicar una simple aceptación sino la posibilidad de establecer puentes que faciliten la comunicación.

En el capítulo 6 “La elección de las metas”, Marina afirma: “La civilización occidental ha glorificado tanto las metas personales que ha llevado a la quiebra a todas las metas compartidas. (…) Un proyecto compartido, como es el de vivir con derechos, ha dado lugar a un modo individualista de vivir que aniquila el proyecto común.”Independientemente de estar de acuerdo  con él o no, en sus razonamientos quedan de manifiesto sus postulados próximos a la forma de organización política y social próximos al socialismo.

Es a partir de este mismo capítulo cuando empieza a preguntarse acerca de la naturaleza del bien, de la maldad y de la justicia. No es nuevo, Platón (filósofo al que no parece tenerle especial simpatía) ya se preocupó de este asunto en “La República”. Marina nos dice: “Creo que la maldad es el gran fracaso de la inteligencia. (…) Hay un uso privado de la inteligencia que tiene sus metas, sus valores y sus principios. Y hay un uso público de la inteligencia, que tiene los suyos. (…) Cada uso fija un marco de evaluación, y pudiera ser que un comportamiento triunfante en el plano privado fuera un fracaso en el público. ¿Qué haremos entonces? ¿A qué marco daremos preferencia?” Al finalizar el libro resuelve este posible conflicto a favor del marco público. Marina dice que el uso privado de la inteligencia no tiene que desembocar necesariamente en la moral. Deja claro que en su concepto de hombre no entra el aspecto transcendente al afirmar que Pinochet  no sufrió más que sus víctimas.

En el último capítulo “Sociedades Inteligentes y Sociedades Estúpidas” apunta una idea interesante: “inteligencia social: no se trata de la inteligencia que se ocupa de las relaciones sociales, sino de la inteligencia que surge de ellas. Es, podríamos decir, una inteligencia conversacional. Cuando dos personas hablan, cada una aporta sus saberes, su capacidad, su brillantez, pero la conversación no es la suma de ambas. La interacción las aumenta o las deprime. (…) La inteligencia social es una tupida red de interacciones entre sujetos inteligentes. Cada uno aporta sus capacidades y sus saberes, y resulta enriquecido o empobrecido por su relación con los  demás.” Una mano es más que la suma individual de sus dedos, es la condición de extremidad altamente especializada que permite desarrollar unas funciones que los dedos, por si solos, no podrían lograr. Al hombre como individualidad le pasa otro tanto, cuando tiene la posibilidad de alinear sus acciones con las de otras personas los logros que puede conseguir se enriquecen de manera exponencial.

Más adelante, tras desmitificar la historia y a alguno de sus personajes más insignes, nos ofrece su definición de sociedades estúpidas: “Son aquellas en que las creencias  vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas.” Al respecto, califica de tal guisa a nuestra cultura: “Una sociedad embrutecida o encanallada produce estos efectos. Y también una sociedad adictiva, como es la nuestra en opinión de los expertos. La vulnerabilidad a las adicciones es un fenómeno cultural.” Marina, aquí, estamos de acuerdo.

A modo de profilaxis al tipo de sociedades estúpidas, Marina nos propone la siguiente definición: “Debemos conceder a la inteligencia social la máxima jerarquía cuando proponga formas de vida que un sujeto ilustrado y virtuoso, en pleno uso público de su inteligencia, tras aprovechar críticamente la información disponible, considera buenas.” Es posible que tras leer este párrafo nos venga pensemos que esta idea está más vinculada al concepto de estado platónico-aristotélico que al de las actuales democracias. Viniendo de quien viene, si esto es así, menudo contrasentido.

“El triunfo de la inteligencia personal es la felicidad. El triunfo de la inteligencia social es la justicia. (…) La búsqueda de la justicia es la eterna búsqueda de la felicidad humana. Es una felicidad que el hombre no puede encontrar por sí mismo, y por ello la busca en la sociedad. La justicia es la felicidad social, garantizada por el  orden social. (…) De todo ello se desprende un corolario: Son inteligentes las sociedades  justas. Y estúpidas las injustas. Puesto que la inteligencia tiene como meta la felicidad –privada y pública-, todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La desdicha privada es el dolor. La desdicha pública es el mal, es decir, la injustica.”  ¡Vivan los clásicos!



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