Me cuesta
imaginar a Galicia, Asturias, Cantabria o Navarra, por poner algunos
ejemplos, ‘jugando’ a elaborar una lista de barbaridades, como si todo
lo importante estuviera resuelto.
Lo del
adoctrinamiento llevado a cabo por el Consejo Escolar catalán — respecto
a la invitación a la comunidad educativa para presionar sobre la
cuestión independentista — no es nuevo y tampoco es la última ‘cantada’
que ha cometido. El caso es estar en candelero y que se hable de
Cataluña o de lo catalán; algo así como que hablen de cualquier cosa
donde salga a relucir Cataluña aunque sea para mal, pues para retorcer
el rabo a la vaca cuanto sea necesario ya está la Generalitat.
No recuerdo
si fue en 2009 ó 2010 cuando el Consejo Escolar tampoco desaprovechó la
ocasión de estar en primera fila de la opinión publicada. Incluso en
algún momento anterior aludieron a los crucifijos para que los medios de
comunicación volcaran su atención. No faltó una actitud febril, pero
vulgar; algo así como una obsesión calenturienta por eliminar toda
huella religiosa de los colegios, hasta el punto de rozar lo
surrealista.
Ese
surrealismo supuso que el Consejo Escolar catalán fuera motivo de mofa y
chiste durante mucho tiempo. No menos mofa y no menos chistosa que
cuando hablan de Cataluña como Estado o Nación. Me cuesta imaginar a
Galicia, Asturias, Cantabria o Navarra, por poner algunos ejemplos,
‘jugando’ a elaborar una lista de barbaridades, como si todo lo
importante estuviera resuelto y no hubiera nada de qué preocuparse.
Volviendo a
lo del motivo de mofa, todo fue porque el citado Consejo remitió una
propuesta a la Consejería de Educación –que entonces dirigía un tal
Ernesto Maragall—con el fin de cambiar la nominación a lo que siempre
han sido las vacaciones de Navidad y de Semana Santa. Pretendían
denominarlas vacaciones de “invierno” y de “primavera”.
Como idea no
hubiera sido descabellado si no hubiera sido por lo que escondía ese
cambio y que ya hemos manifestado antes. La propuesta llegó a recibir el
visto bueno del Gobierno del señor Montilla. Justo es reconocer que esa
propuesta llevaba añadida otra: el adelanto del inicio de las clases.
El Consejo
Escolar se hizo eco así de las manifestaciones de un sindicato de clase.
Éste había dejado caer la idea de suprimir las pagas extraordinarias a
los trabajadores: la de Navidad decían que tenía ‘tufillo’ religioso y
eso no tenía sentido en un país aconfesional y, la de Julio, por sus
reminiscencias franquistas, ya que fue éste quien la impuso por primera
vez como conmemoración de los sucesivos aniversarios del 18 de julio.
El caso es
que, pasados apenas cuatro años, el Gobierno no dudó en eliminar esa
paga a los funcionarios; la eliminación fue solo por una vez y a un
colectivo, pero –de no haber existido la contestación social que
existió—la hubiera suprimido para todos los trabajadores. Como se puede
ver, para algo sí sirven los sindicatos clasistas: para dañar a los
trabajadores, aunque ellos sigan en los Consejos de administración y en
raras operaciones. Ver para creer.