¿Quien mató a Bambi?

Corren buenos tiempos para la comedia en el cine español; aunque, bien pensado, si echamos la vista atrás comprobamos que este es el género que mejor se le ha dado siempre a nuestra industria. Sin embargo, taquillazos recientes como 3 Bodas de más (José Ruiz Caldera, 2013) u Ocho apellidos vascos (Manuel Martínez Lázaro, 2014) han terminado de evidenciar la rotunda conexión entre las risas y el público. Aunque no es tan gamberra como la primera ni tan divertida como la segunda, ¿Quién mató a Bambi? (Santi Amodeo, 2013), es una nueva muestra de película alocada exenta de pretensiones, así como un eficaz ejemplo de cine de consumo, sin que ello implique connotación negativa alguna. Al revés: que su inteligente campaña promocional busque seducir a una gran porción de público, a pesar de las arriesgadas piruetas argumentales y formales de su director por escapar de los márgenes de la comedia tradicional, es algo que no deberíamos mirar con desdoro. Al fin y al cabo el cine es, tal y como decía Hitchcock, "400 butacas que llenar". O, dicho de otro modo: los espectadores son el motor que permiten que se sigan produciendo películas. Y el estar dirigida a las masas, tal y como deja claro el tercer trabajo del director de Astronauta (2003) y Cabeza de perro (2006) en su tráiler, es algo que deberíamos aplaudir, siempre y cuando se haga con inteligencia.

 

. Sin embargo, taquillazos recientes como 3 Bodas de más (José Ruiz Caldera, 2013) u Ocho apellidos vascos (Manuel Martínez Lázaro, 2014) han terminado de evidenciar la rotunda conexión entre las risas y el público. Aunque no es tan gamberra como la primera ni tan divertida como la segunda, ¿Quién mató a Bambi? (Santi Amodeo, 2013), es una nueva muestra de película alocada exenta de pretensiones, así como un eficaz ejemplo de cine de consumo, sin que ello implique connotación negativa alguna. Al revés: que su inteligente campaña promocional busque seducir a una gran porción de público, a pesar de las arriesgadas piruetas argumentales y formales de su director por escapar de los márgenes de la comedia tradicional, es algo que no deberíamos mirar con desdoro. Al fin y al cabo el cine es, tal y como decía Hitchcock, "400 butacas que llenar". O, dicho de otro modo: los espectadores son el motor que permiten que se sigan produciendo películas. Y el estar dirigida a las masas, tal y como deja claro el tercer trabajo del director de Astronauta (2003) y Cabeza de perro (2006) en su tráiler, es algo que deberíamos aplaudir, siempre y cuando se haga con inteligencia.
Entrando en materia: la muy coral ¿Quién mató a bambi? narra la historia de David (Quim Gutiérrez) y Mudo (Julián Villagrán, en su mejor papel junto con el de Extraterrestre -N. Vigalondo, 2010-), dos compañeros de trabajo que se ven envueltos en un lío cuando intenten deshacerse de su jefe, encerrado en el maletero de su coche. Éste, a su vez, es el suegro de David, prometido con Paula (Úrsula Corberó). Por otro lado, los dueños de una pizzería -Ernesto Alterio, Enrico Vecchi y Clara Lago- planean otro secuestro. Remake muy libre de la película mexicana Matando cabos (Alejandro Lozano, 2004), esta melodía del absurdo es un trabajo compacto y bien desarrollado, a pesar de algún bandazo argumental más o menos previsible o de un tramo final víctima de sus propios excesos, tal y como le ocurre a Álex de la Iglesia con sus películas. Por lo demás, ¿Quién mató a bambi? es un disfrutable espectáculo que nos depara agradables sorpresas: un enérgico arranque -en el que el novedoso recurso del chat introduce un plus narrativo a la función-; un reparto entregado por completo a unos personajes a los que el director y también guionista se empeña en poner en situación límite -a pesar de que Lago y Corberó estén algo desaprovechadas- y los refrescantes cameos de Andrés Iniesta -que, aunque esté metido con calzador, da la oportunidad a la película para lucirse en el apartado técnico- y el de Carmina Barrios -consagrada con el exitazo de Carmina o revienta (Paco León, 2012)-, que nos regala los momentos más surrealistas de la cinta -esa llamada de teléfono-.

Amodeo convierte su película en un auténtico disparate, en una locura continua en la que no nos cuesta trabajo entrar. Rodada en Sevilla, conviene no intentar encontrar qué hay de verosímil en un trabajo dirigido por alguien a quien esta palabra le da repelús, tal y como se desprende de sus dos anteriores largometrajes. Por no tener sentido, no tiene sentido ni el título. En cualquier caso, la obra se hace recomendable por ese plantel de personajes, radicalmente diferentes entre sí, a los que se lleva al extremo. Pijas dispuestas a arrear un puñetazo como te pases de la raya, secuestradores de poca monta con nula habilidad para las pistolas... todo tiene cabida en una película que tiene como máxima, precisamente, esto: que todo es posible, `para disfrute de un espectador que se reirá con unos personajes que lo pasan canutas. En este sentido, destacar el histriónico tándem que forman los personajes de David y Mudo, entre los que saltan chispas. Las escenas que comparten Gutiérrez y Villagrán, como la del enfrentamiento con el taxista, elevan a la película por encima de la media. 

Aunque no va a pasar a la historia del cine español y tampoco aspira a dejar huella en el público, ¿Quién mató a Bambi? es un producto digno que, a buen seguro, arrancará unas cuantas carcajadas. Y, si no, siempre nos quedará la certeza de que hemos visto una película trabajada, un derroche de locura quizá no tan ácido como cabría esperar, pero sí lo suficientemente original para hacerlo recomendable. Y, para rematar, está un Joaquín Núñez -Goya al mejor actor revelación por Grupo 7 (Alberto Rodríguez, 2012)- en la piel de un alocado y drogadicto abogado que, definitivamente, hace que terminemos de comprarla. Aunque nunca sepamos quién mató a Bambi. 

UNETE



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