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Todas
las almas es la consigna de la Universidad de Oxford, pero resume
también la imagen del alma, el espíritu de unos personajes que con el
relato de sus vidas pasadas informan sobre la estancia del protagonista
en Oxford.
Un narrador cuenta en
diecisiete capítulos lo que rodeó su experiencia como profesor español
invitado durante dos años en la Universidad de Oxford y descubrimos que
fue aquélla la historia de una perturbación. Ahora los hechos están en
el recuerdo. Se inicia la crónica cuando el narrador recibe un telegrama
que le anuncia la muerte de uno de sus colegas de allí, y siente la
necesidad de recordar lo que vivió por entonces, y escribirlo para no
olvidarlo. Mientras lo recuerda, invita al lector a pasar y pasar
páginas a la espera de conocer al difunto, una vez desentendido el autor
del motivo inicial. El profesor español ha cambiado mucho desde
entonces y ve los hechos con mayor perspectiva. Guarda una visión muy
especial de aquella ciudad que para él es ya otro mundo y otro tiempo,
lugar donde desarrolló su otra personalidad. Cree que la gente cambia a
causa del tiempo y de los lugares, por eso establece una gran separación
entre la historia contada y el presente, en el que narra para señalar
su cambio. Tiene treinta años. Es un hombre humano, soñador y aburrido
que pone ante nosotros un Oxford apático y conservador, un lugar
estático, inmudable y poco hospitalario. Él se siente algo turista al
principio, y después de dos años aún extranjero. Hombre observador
enteramente entregado a la reflexión, su relación con los demás
profesores de Oxford no es buena. Todos reciben algún tipo de crítica
excepto dos: su amante Clare Bayes y su mejor amigo de allí,
Cromer-Blake, para él su guía y protector. Cromer-Blake se ha encargado
de abrirle las puertas de la sociedad de la ciudad, y le ha ayudado a
instalarse, y le ha presentado a Clare Bayes, mujer de uno de sus
amigos. Con ella tiene una relación amorosa, pero también una especie de
proteccionismo. Ha observado a los seres de la ciudad, regios y
estrictos, tradicionales, castos y religiosos, distantes, solitarios
(nunca hablan con desconocidos) y pasivos, y llega a la conclusión de
que están perturbados porque viven en otro mundo y en otro tiempo.
El marco coincide con el vivido por el escritor, que estuvo,
efectivamente dos años en Oxford como profesor de español. Lo que nos
ofrece son una serie de impresiones vitales, de sensaciones humanísimas
que sacan la historia de la cotidianeidad hacia lo universal, que lo
alejan de la vida y la instalan en lo que de permanente tiene lo efímero
con lo eterno. También nos enfrenta con la existencia gris de una
ciudad dorada, Oxford. Los monólogos interiores nos llevan a un mundo
nuevo, al mundo de unos personajes como el narrador y la reflexión sobre
la muerte, la soledad y el tiempo, un narrador que vive encerrado en sí
mismo y que en su relación con los otros está salpicada de rencillas y
desconfianzas. Para muchos lectores el relato de la cena con los
profesores universitarios es un episodio antológico, así como el sublime
episodio de John Gawsworth, un escritor empobrecido, imágenes ambas que
solo una pluma elegante y obediente a los estímulos de un dignísimo
narrador hubiera sido capaz de captar.