Se instalaron en sus curules hace apenas seis meses. Unos para seguir empujando al país hacia el barranco. Otros, con la intención de detener la marcha hacia la nada. Unos y otros se presentaron, sin medias tintas, como adalides de dos formas distintas de concebir el mundo. Apenas calentaban sus asientos cuando fueron alcanzados por la epidemia del eleccionismo. Sobreestimando en muchos casos su propio arraigo en las masas, brotaron las aspiraciones personales. Unos quieren ser alcaldes. Otros, gobernadores. Pocos, presidente. Casi la mitad de la Asamblea anda mirando hacia afuera. Confieso que me importan muy poco los afanes de la bancada oficialista, puesta allí por la voluntad de un hombre. Me preocupan los de esta acera, colocados allí por la decisión de la gente y contra los más oscuros pronósticos.




