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Este fue un caso muy mediático porque Yakiri
acudió a la agencia del Ministerio Público número 50 para denunciar que Luis Omar
Ramírez Anaya y Miguel Ángel Ramírez Anaya la raptaron y la violaron en un
hotel de la colonia doctores, pero al intentar defenderse, Yakiri hirió a
Miguel Ángel con el mismo cuchillo con el que era amenazada, quien finalmente
perdió la vida.
Las autoridades entonces culparon a la joven
de 20 años del delito de homicidio doloso y fue a dar al penal de Santa Martha
Acatitla. Luego se formó toda una red de apoyo para exigir la libertad de
Yakiri y esto generó una de las campañas que más han exhibido en los últimos
meses a la Procuraduría del DF por manipulación y desaparición de pruebas y por
un manejo poco confiable del caso.
“El machismo me trajo aquí y hoy estoy
contenta, pero sé que tengo que seguir luchando”, fueron las palabras que
pronunció Yakiri una vez que piso la calle. Entre el actuar dudoso de la
Procuraduría, las supuestas manipulaciones de los documentos a favor del
acusado y un resolución desproporcionada por parte del juez 68, el caso se
tornó en un ejemplo emblemático de los que sucede en México cuando la gente se
atreve a denunciar.
De víctima, inmediatamente uno pasa a ser
sospechoso o hasta culpable de los delitos que uno va a denunciar. Si Yakiri
actuó en defensa propia como es el argumento que utilizan sus abogados
defensores, surge de inmediato la pregunta de ¿por qué el Ministerio Público
desechó de antemano la denuncia por violación y solamente culpó a la joven de
asesinato?
Pero hay algo
muy interesante en las campañas y muestras de apoyo hacia Yakiri y es el
hecho de que la gente aprueba el actuar de la joven. El “yo también haría lo
mismo” es un mensaje claro de que ya no creemos en la justica y que uno –en
situaciones extremas- podría hacer cosas inimaginables para defenderse.
Y en un contexto más amplio ahí están las
autodefensas, que en sus orígenes solamente eran los pobladores de pequeñas
comunidades que estaban dispuestos a matar o morir por defender su libertad y
la seguridad de sus familias.
En la semana me enteraba de que en el pueblo
de Santa Lucía, en la delegación Álvaro Obregón –a escasos 5 minutos de Santa
Fe-, se han suscitado una serie de robos y asaltos de forma violenta -incluso
con armas largas- a negocios y transeúntes.
Al menos dos robos diarios y esto ha causado
un fuerte enojo entre los colonos que ya se están organizando para defenderse
de estos abusos.
Pero lo más grave fue el caso de una
profesionista que fue a denunciar el asalto en su negocio y luego de varias
declaraciones en el MP, uno de los agentes investigadores terminó diciéndole
entre risas burlonas –según contó la afectada-, “ya sabemos quiénes son y dónde
viven…”Pero aún así no los detienen.
Este tipo de situaciones no son aisladas. Se
vuelve a criminalizar a la víctima y se protege al delincuente. Ya sea por
corrupción, por colusión o por inoperancia e ineficiencia por parte de los
elementos de la Procuraduría, los niveles de violencia van a la alza y esto
puede provocar una reacción furibunda de la sociedad y entonces –una vez-, los
culpables serán las víctimas.
La sociedad no cree en sus instituciones de
justicia. Prefiere no denunciar –y a veces con justa razón- porque sabe de
antemano que difícilmente sus denuncias sirven de algo. La gente desconfía del
actuar de los agentes encargados de perseguir los delitos, de los jueces, de
los Ministerios Públicos y de todo lo que tenga que ver con ese entorno cargado
de un halo de prepotencia y abuso de autoridad.
El Distrito Federal está al límite de ver
surgir hechos desesperados que tendrán como justificación la defensa propia
ante tantos abusos de la delincuencia e inoperancia de las autoridades. Por eso el caso de Yakiri se volvió
emblemático, porque ella hizo lo que muchas personas han querido hacer; es
decir, defenderse de sus agresores.
La violencia no se justifica bajo ninguna
circunstancia, pero creo que en México se ha llegado al punto de considerar que
con un poco de organización social y mucho valor, es posible llenar el hueco
que han dejado las instituciones encargadas de proveer seguridad y justicia.
La empatía que generó el caso de Yakiri es la
ventana hacia lo que nos puede deparar el futuro: una desconfianza total hacia
las instituciones de procuración de justicia y una creciente necesidad de
generar mecanismos de autodefensa…
@danielhiga_al