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Turistas


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08/03/2014


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Rara, rara y rara. No hay adjetivo que mejor defina a Turistas (2013), la última película del británico Ben Wheatley, director de las también estimables Kill List (2011) y Down Terrace (2009). Obra excéntrica donde las haya, hay que aplaudir a esta nueva y eminente muestra de humor negro, negrísimo, por su inusitada frescura, atípica en las carteleras. Su avasalladora originalidad queda recogida en su propio planteamiento: una pareja de enamorados que se proponen recorrer Inglaterra en autocaravana y que, en un momento dado, la mujer descubre que su novio es un asesino en potencia. Asimismo, lo que también hace diferente a esta road movie es que en ella confluyen todos géneros posibles: desde el humor, esencia del film, hasta el romance, el drama o incluso el gore. Lo curioso de Turistas, en efecto, es cómo deriva de una amable comedia inglesa, presa de ese reconocible sello british, a un espectáculo de sangre y locura, en un sorprendente cambio de registro. Pero que nunca deja de proporcionar risas a lo largo de sus amortizados 88 minutos, dando como resultado una comedia pata negra.






Chris (Steve Oram) y Tina (Alice Lowe) dan vida a una pareja de lunáticos que, en oposición a la madre de ella, deciden recorrerse Gran Bretana para afianzar su relación. Conforme va consumiéndose el film, seremos testigos de los insospechados meandros por los que discurre este viaje que se pintaba tranquilo y apacible: asesinatos a sangre fría, conversaciones escatológicas y situaciones surrealistas son algunos de los disparates que, a buen seguro, dejarán a más de uno desconcertado. Lo idílico se difumina y comienza la locura. Ser transgresor y políticamente incorrecto es lo que pretende esta cinta genialmente escrita por sus propios protagonistas, labor recompensada en Sitges junto con el premio a la Mejor Actriz para Lowe. Lo que sería una lástima es que hubiese quien la redujese a una simple ida de olla del director o un absoluto sinsentido, cuando Turistas es un ejercicio de mayor calado de lo que parece. La película está presidida por un afán de incomodar, por lanzar pullas continuas a diversas parcelas sociales. Y, desde esta óptica, la disfrutamos: la credibilidad es lo de menos. El latigazo más agudo de todos es el que propina a las relaciones de pareja o, más concretamente, al sentimiento amoroso, capaz de nublarte por completo. Sólo hay que observar la tibia reacción de Tina al descubrir que su media naranja tiene como hobbie cargarse -literalmente- a todos los que no piensa como él, cuando otra persona hubiese huido despavorida. El amor, parece querer decirnos la película, nos lleva a actuar en algunos casos de una forma completamente irracional, incluso inmoral. 

Otra lectura de menor calado es la ausencia de referentes morales en la sociedad; es decir, que todo este esperpento y dislate continuo que encarnan estos dos personajes -tan parecidos para, a la vez, tan diferentes- no fuese más que una metáfora de la degradación del ser humano, despojado de bastones morales a los que aferrarse. Personas que terminan viendo lo anormal como normal. Y viceversa. La obra, por tanto, es una perfecta definidora del momento en el que vivimos. Durante su escasa hora y media asistidos al retrato de dos personas podridas, obsesionadas con el sexo, satisfechas de haberse convertido en sendos engendros de la sociedad, sin rastro de autocrítica. Lo llamativo de todo esto es la dicotomía en la que coloca el espectador, que puede llegar a sentirse culpable por reírse de situaciones tan rocambolescas y sangrientas que incluso remiten al propio Tarantino. Causa estupor cómo, al tiempo que le están abriendo la cabeza a un tío -impagable la escena del asesinato a un hombre que previamente había amenazado a los protagonistas con avisar a la autoridad si no recogían los excrementos de su perro- nos resulte imposible evitar las carcajadas. Es probable que haya a quien le cueste conectar con el humor británico, aunque en líneas generales las diversas emboscadas a la sociedad actual que propina Turistas terminan siendo reconocibles para todo el mundo. 

Espléndidamente filmada y rodada en unos paisajes de azarosa belleza, de lo que menos se puede acusar a esta obra que bebe de las mejores comedias negras inglesas -como El quinteto de la muerte (Alexander MacKendrick, 1955)- es de caer en el tópico o de lo visto mil veces. Además, cuenta con la gran baza de que su desquiciado protagonista hace realidad una fantasía que todos, en mayor o menor medida, hemos padecido: el querer fulminar a alguien en algún momento por diversas circunstancias con nuestras propias manos. Un derroche de ironía y sarcasmo en el que hay mucho donde rasgar y en el que, por increíble que parezca, no hay un solo gag que patine. Son todos brillantes. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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