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Rush


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08/03/2014


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En 1966, el director John Frankenheimer sorprendía con Grand Prix, una de las películas sobre automovilismo más aclamadas de la historia, especialmente por lo bien filmadas que estaban las escenas de las carreras y su gran trabajo de montaje. Casi medio siglo después, Ron Howard rueda Rush (2013), película que comparte con su predecesora la temática de la Fórmula 1 y su espíritu transgresor. En esta ocasión, el director de Una mente maravillosa (2001) o Apolo XIII (1995), ayudado del guionista Peter Morgan, centra su mirada en la rivalidad que vivieron, fuera y dentro de la pista, dos de los mejores pilotos del deporte rey del motor: el británico James Hunt (Chris Hemsworth) y el austriaco Niki Lauda (Daniel Brühl), especialmente durante la mitad de los años 70, en pleno campeonato mundial de automovilismo. Llama la atención lo arriesgada de la propuesta, no tanto por centrarse en un deporte que sigue sin gozar de gran aceptación popular en Estados Unidos sino por mostrar a estas dos antagónicos roles tal y como fueron, sin complacencias: aún a riesgo de no conectar con el público -cosa que no sucede-, tanto uno como otro se muestran con sus virtudes pero, sobre todo, con sus defectos: poseídos por un afán de competición y superación que iba más allá de su propia vida.




Este fidedigno retrato del, por un lado, playboy y hedonista Hunt y, por otro, el más reservado pero también competitivo Lauda, es sólo uno de los puntos fuertes de una obra que sería una pena que echara para atrás a los que no son incondicionales del automovilismo. Rush va más allá de eso: por encima de las carreras, lo que subyace es una crónica de la amistad, la superación personal y de, en definitiva, todos los valores que deberían darse en el deporte. Ilustrando la particular filosofía de vida de estos dos campeones mundiales, el director plantea también el debate de dónde están los límites para lograr la felicidad personal. Es por ello que la perspectiva que adopta Howard, que se adentra con pasmosa sencillez en los planteamientos existenciales y formas de vida de ambas leyendas,  no es la de un director al uso, sino -casi- la de un psicólogo. Pero tampoco se pone más trascendental de lo que debiera: el cineasta cabalga con habilidad entre el relato intimista, potenciado por ese duelo dialéctico entre ambos al final -"tener un enemigo es una bendición más que una maldición: un sabio saca más de sus enemigos que un necio de sus amigos"-, y el puro espectáculo de masas, al que corresponden todas las imágenes del circuito.

En efecto, los fragmentos de las carreras son uno de los aspectos a ensalzar de Rush. Son los momentos en los toca ponerse el cinturón de seguridad y disfrutar de unas competiciones genialmente rodadas, tan frenéticas y realistas que parecen extraídas de la realidad. Además de una labor de sonido en la que se cuida el atronador ruido de los motores o la efervescencia de las gradas, Howard se emplea a fondo por adornar estos fragmentos desde todas las perspectivas posibles, destacando cuando el objetivo de la cámara se introduce dentro del casco. Consigue, así, hacernos sentir en primera persona la adrenalina y el vértigo de la situación. Las carreras, más que gozarlas, se sufren. De todas formas, la gran planificación escénica de la película hubiese quedado en nada de no estar respaldada por dos actores de fuste: tanto Brühl -tal y como se esperaba- como Hemsworth -auténtica sorpresa- ejecutan unas interpretaciones a la altura de los grandes. El único -gran- desconchón de la impecable carrocería de Rush, aparte de lo poco que aportan los noviazgos de los pilotos, es que pretende abarcar una porción demasiado generosa de tiempo, dando lugar a algunos saltos temporales desconcertantes -como el de 1970 a 1976-, donde apenas vemos transición física en los protagonistas. Un error de caracterización y maquillaje que queda subsanado la gran labor que hacen ambos apartados a la hora de recrear los injertos de piel del personaje de Lauda a raíz de su histórico y aparatoso accidente. 

La cinta con la que Ron Howard vuelve a dejar de manifiesto que los coches son una de sus grandes debilidades -recordemos que debutó en la dirección con Loca escapada a las Vegas (1977), una road movie- es un espectáculo impostergable para quiénes estén dispuestos a combinar la adrenalina más salvaje con el poso, la reflexión. Pero que encierra, sobre todo, un homenaje a estos dos maestros, tal como se vislumbra en las imágenes de archivo que cierra una película que contó con el asesoramiento del propio Niki Lauda y de la que su rival -y amigo, por delante de todas las cosas- estaría orgulloso. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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