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¿Quién teme a Virgina Woolf?


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03/03/2014


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Cuatro años después de su estreno en Broadway en 1962, la obra de teatro ¿Quién teme a Virginia Woolf? saltaba a la gran pantalla de la mano del debutante Mike Nichols, quien entró en Hollwyood por la puerta grande por esta drama de alto voltaje y quedó consagrado con su siguiente proyecto: El graduado (1967), con el que ganó el Óscar. Apoyado en el preciso trabajo del guionista Ernst Lehman, que se enfrentó a la ardua tarea de comprimir de tres a dos horas la obra de tres actos del prestigioso dramaturgo estadounidense Edward Albee, Nichols sorprendió a todos con una cinta que disparaba de forma nada complaciente contra la institución matrimonial, aquí dibujada como algo tóxico y enfermizo. Cualquiera lo diría deleitándonos con la escena con la que abre el film, en la que somos testigos del plácido paseo nocturno de varios minutos de duración de la pareja protagonista, al compás de la solvente partitura de vibrante intensidad de Alex North. Alud de tranquilidad, paz y reposo que desconcierta y engaña porque, precisamente, es la antítesis de lo que se han transformado sus vidas, que representan la vida imagen de la mediocridad, la destrucción y la frustración. 




La pareja en la vida real Elizabeth Taylor y Richard Burton dan vida a Martha y George, un matrimonio que llevan 20 años de casados: ella es la hija de un rector universitario y él un profesor alcohólico. Una noche, ambos invitan a su casa a una pareja mucho más joven: Nick (George Segal) y Honey (Sandy Dennis), quienes serán testigos del continuo devenir de reproches, peleas y gritos que la pareja empieza a dedicarse. Los anfitriones comprobarán de primera mano cómo lo que antes se presuponía como un hogar cálido, rebosante de cariño, ha derivado en un glaciar en el que no caben más sentimientos que la ira y el reproche. Al igual que Nick y Honey, el espectador no lo tendrá difícil para involucrarse en la historia, como si fuese un invitado más de ese salón comedor donde se desarrollan la mayoría de escenas, y comprobar como la relación de pareja, lejos de domesticar al individuo, lo asilvestra y lo hace alguien infinitamente infeliz. Repleta de valiosos encuadres y a través de un fascinante dominio de la puesta en escena, la película expone el alto nivel de crueldad a la que pueden llegar dos personas que un día se amaron y entre las cuales ya no existe ni la más mínima onza de afecto; por no existir, no existe ni el valor de separarse, ni la dignidad de asumir que como mejor estarían sería cada uno por su lado. Algo impensable para dos seres estancados en la rutina, devorados por el más vergonzoso de los conformismos. 

Aunque es un drama en toda regla, algunos golpes de humor alivian una tensión que por momentos se hace casi insoportable, como demuestra esa desternillante y perdurable escena en la que el protagonista apunta a su esposa con una rifle que, al final, resulta ser un paraguas; sin embargo, cuál será el nivel de agresividad y de acaloramiento verbal, que por un instante llegas a creerte que George va a apretar el gatillo y se va a desatar una nueva tragedia. Y es que si por algo será recordada ¿Quién teme a Virginia Woolf?, además por lo bien manejado que está el marco psicológico en el que se mueven sus roles, es por su vocabulario. A lo largo de esta mordiente sátira, a ratos esperpéntica -como la escena de las risas previa a la de la escota-, además de por insultos impensables hasta entonces como "hijo de puta" o "cabrón", también nos impactamos por la crudeza de las expresiones, tipo "si pudiera te enterraría en cemento hasta el cuello; o mejor hasta la nariz, así te callarías", o "no tiene pelotas para hacer algo que merezca la pena, es un desecho de la naturaleza"; frases que dan buena cuenta del incesante combate dialéctico entre Taylor y Burton, quienes aprovecharon para firmar unas interpretaciones inmejorables. La primera, que engordó 14 kilos para el papel y se alejó de la sofisticada imagen que el público tenía de ella, ganó el Oscar -esta vez merecido, como ella misma reconoció, después del otorgado por Una mujer marcada (Daniel Mann, 1961), por motivo de una enfermedad que a punto estuvo de costarle la vida- aunque no fue a recogerlo a la ceremonia. Él, por el contrario, vio como se le escapaba, una vez más, la oportunidad de conseguir tal preciado galardón, que nunca ganó. La película, no obstante, fue la primera en ser nominada a todos los Óscar a los que podía optar: un total de 13, de los que ganó 5. 

Pura disección de la mezquindad humana, de la decadencia de una pareja en continua capa caída, ¿Quién teme a Virginia Woolf? es una obra poco objetable en lo narrativo, con un poso dramático de tal calibre capaz de dejar huella en el público. Atemperada siempre en lo políticamente incorrecto, quien espere ver un resquicio de esperanza o un átomo de felicidad en este desasosegante trabajo que no disimula -ni falta que hace- su origen teatral, se equivoca: ni siquiera la reflexión final de Martha, tras la brutal confesión del último tramo, nos asegura que este par de desgraciados vayan a encontrar algún día la felicidad. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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