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La Venus de las pieles


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03/03/2014


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Cuando podría dormirse en los laureles del éxito, satisfecho de haber elaborado una filmografía tan exquisita como rabiosamente personal, Roman Polanski vuelve a ponerse tras la cámara con 80 años para regalarnos La venus de las pieles (2013). De ella, a priori, lo que a algunos les puede llamar la atención es que por segunda vez consecutiva vuelva a adaptar una obra teatral, tal y como sucedía con Un dios Salvaje (2011). En esta ocasión, el cineasta no recurre a Yasmina Reza, sino a David Ives, con quien coescribe el guión. Sin embargo, la fascinación del director por el mundo de las tablas no es ningún secreto: basta echar un vistazo a su biografía -empezó siendo actor teatral en la Polonia de los años 40- o a su filmografía -donde películas como Macbeth (1971) o La muerte y la doncella (1994) también nacieron del teatro-. Se deduce, pues, que Polanski lleva este arte en la sangre. Y así queda de manifiesto de forma más explícita que nunca en su última obra: dos únicos actores -uno menos, incluso que El cuchillo en el agua (1962), su película con menos personajes hasta ahora-, un sólo escenario y una narración desarrollada única y exclusivamente en el interior de un viejo teatro parisino. 


Desde el principio, el director hace partícipe al espectador de lo que va a contar: esa cámara subjetiva avanzando por una calle melancólica y desértica de París, que acaba penetrando en las entrañas de un teatro, es toda una declaración de intenciones de alguien que nos invita a acomodarnos en la butaca y disfrutar de la función que está a punto de comenzar; una función no exenta de tormenta, tal y como se deduce del aire que se mueve, del trueno que se escucha, del ambiente enrarecido en esa calle grisácea que levanta el talón. Dicha cámara subjetiva no tarda en transformarse en la mirada de Vanda (Emmanuelle Seigner), que nos conquista desde su primera aparición apoyada en el quicio de la puerta. Parece salida de un club de alterne, el rímel corre por sus ojeras y está más desnuda que vestida. Llega tarde al casting que ha hecho Thomas (Mathieu amalric), para representar una obra basada en la novela homónima de Leopold von Sacher-Masoch, padre del masoquismo y fetichismo. Al verla entrar, el coprotagonista del film ve en ella la viva imagen de la vulgaridad: su forma de hablar, de comportarse o de vestir así parecen acreditarlo. Sin embargo, tras darle una oportunidad para demostrar su valía tras una primera respuesta negativa, Thomas quedará sorprendido por el cambio radical que experimenta la mujer. 

Esta mutación de Vanda en cuestión de segundos en una mujer refinada y elegante, en alguien que al recitar la primera línea de diálogo del papel nos deja con la boca abierta, no es circunstancial. Viene a ser un hachazo a todos los que hemos osado a prejuzgarla, al igual que hemos hecho de Thomas, un hombre aparentemente culto, refinado en sus formas y respetable que, conforme va transcurriendo esta simbiosis de realidad y ficción y este incendiario duelo dialéctico que es La Venus de las pieles, va dejando asomar la bestia que lleva dentro: un ser engreído, misógino y deleznable. Las apariencias engañan, sí, y Polanski nos lo recuerda aquí de una forma brutal. Durante hora y media asistimos al deambular de estos dos roles intercambiables encima de unas tablas donde lo sórdido convive con lo lírico, donde queda de manifiesto el profuso amor del director polaco hasta el teatro -esa Vanda que, con sólo apretar un botón, cambia el escenario, enciende una chimenea o transforma, en definitiva, el ambiente- y donde Polanski congresa varias de las constantes de su cine: el juego de identidades, el ambiente opresivo y su veneración por el morbo y el escándalo, sin que ello signifique ser obsceno ni vulgar. Este morbo va ligado a la sensualidad que en todo momento representa su Venus particular -mujer en la vida real y pareja artística desde que coincidieron por primera vez en Frenético (1988)-, y que queda materializada, al máximo nivel, en su sensual baile final, arañazo de gran cine. Una escena arriesgada -quizá, la que más- que en manos de otro director hubiese quedado ridícula y que aquí sabe a gloria: es la danza del triunfo, la de la justicia divina, la celebración de alguien que ha estado a un nivel -intelectual, formal, físico incluso- superior que al de su supuesto mentor que, en un genial golpe de efecto final, se revelerá no sólo que no es tal, sino el enemigo a batir. 

Seleccionada para el Festival de Cannes,  La Venus de las pieles es un film para el que Polanski parece opositar para convertirse en nuevo icono del feminismo de la contemporaneidad. No se me ocurre otro trabajo donde quede mejor reflejada la superioridad moral de la mujer respecto a la del hombre, como si persiguiese enmendar siglos y siglos de injusticia. Al final, puede que no aplaudamos físicamente, pero sí interiormente al ver a ese autor de mala muerte, impotente, retorcerse de dolor por haber besado los tacones de su actriz, por haberse arrodillado -o claudicado- ante ella sin que nunca haya sido consciente de ello, atado -para más inri- a ese figura de aspecto fálico mientras a su alrededor danza esa diosa que, no nos engañemos, da igual que enseñe los pechos o se quede completamente desnuda: siempre gozará de una finura y un saber estar mil veces mayor al que Thomas haya conocido en su vida. Sí, parece ser que sí se avecinaba tormenta. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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