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Una cuestión de tiempo


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03/03/2014


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Richard Curtis, reputado guionista británico de cine, televisión y director de cine, se ha ido labrando una carrera con la que se ha convertido en uno de los valores seguros de la comedia romántica. Así lo ha demostrando en su faceta detrás de las cámaras -Love Actually (2003), opera prima con la que cosechó un aplastante éxito de crítica y público- y en la de guionista -con hits como Notting Hill (Roger Michell, 1999) o Cuatro bodas y un funeral (Mike Newell, 1994)-. Con Una cuestión de tiempo (2013), su tercer largo como director, Curtis ha asegurado poner punto y final a esta faceta para centrarse en la de guionista. Escrita también de su puño y letra, el británico vuelve a su tema predilecto, el amor, en un trabajo repleto de optimismo y de buenas intenciones cuyo mayor desafío era contar de una forma diferente un tema tan manido en el cine como los viajes en el tiempo -Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993) o El efecto mariposa (Eric Bress & J. Mackye Gruber, 2004)-, aunque al abordar el asunto en clave romántica, el trabajo de Curtis quede más cerca de la cinta de Ramis. Y lo cierto es que el director no solo sale ileso de su propio reto, sino que aprueba con nota: Una cuestión de tiempo es el claro ejemplo de película que, partiendo de una base poco original, consigue buscarse las mañas para diferenciarse del resto. 




El grueso de la película arranca cuando el padre de Tim Lake (Domhnall Gleeson) le confiesa a su hijo que todos los hombres de la familia poseen un extraño don: el de poder viajar en el tiempo, regresar a un momento determinado de sus vidas y reparar de esta forma los fallos u errores cometidos. Lake no tarda en querer aprovechar este privilegio para transportarse al pasado y conquistar, así, a la atractiva Mary (Rachel McAdams, consagrada en el género por El diario de noa), a quien siempre ha deseado. A pesar de que su argumento no sea nada del otro mundo y de que busque descaradamente el efecto sentimental, Una cuestión de tiempo sale reforzada por un guión más que aceptable y unos actores con fuste, entregados a la causa. También se beneficia de sus constantes giros narrativos y por la habilidad del director por seguir sabiendo acuñar alguna escena iconográfica a sus trabajos -en este caso la de la lluvia, usada para el cartel promocional-. Una de las definiciones que mejor se ajustan a la cinta es que es una historia de amor que contentará incluso a los que detesten el género porque, a pesar de su apariencia, lo que va ganando terreno en la trama según va consumiéndose es su vertiente filosófica, las lecturas que se van extrayendo del libreto de Curtis, como su poderoso llamamiento al carpe diem, que pasa por ser conscientes que la vida real no concede las segundas oportunidades de las que sí se beneficia el protagonista.

El resultado es un film de ciencia ficción sin efectos especiales y de viajes temporales sin cápsulas tecnológicas -esta vertiente fantástica está integrada en la narración de la forma más normal del mundo-; se trata, paradójicamente, de una historia cotidiana en la que todos nos podemos reflejar. Además, al ser una película británica, cuenta con los alicientes de que sus personajes están más mimados que los de la factoría hollywoodiense y con un cuidado extra en la ambientación o el acabado de la imagen; onzas de calidad añadidas para un trabajo que no sólo habla del amor entre pareja, sino también entre el de hermanos, amigos y, especialmente, entre padres e hijos -como termina de quedar de manifiesto en su electrizante final, no apto para públicos sensibles-. Si a todo ello le sumamos una banda sonora con algunas de las canciones más representativas de la cultura popular de los últimos años -desde el Mr. Brighstside de The Killers, hasta las All the things she said de t.A.T.u, pasando por el Push The Botton de Sugababes o clásicos como el Friday I´m in love de The Cure o el Il Mondo de Jimmy Fontana-, el resultado no es el típico romance indigesto al que estamos acostumbrados, sino el del espectáculo fresco, sorprendente y emocionante.

Vale que acumula la sarta de tópicos habituales -chica guapa, el amigo incondicional, un final políticamente correcto-, que algunos momentos potencialmente divertidos no están bien resueltos y que le sobran algunos minutos -a pesar de que nunca se hace pesada-, pero esta ganadora del Premio del Público en el Festival de San Sebastián es una buena recomendación por su personalidad y por no caer jamás en lo empalagoso, además de por algún destello genial como el de la música diegética en la estación de metro -a ritmo de la virtuosista How long will I love you, de Jon Boden & Sam Sweeney- o el buen trabajo de montaje que se vislumbra de los interludios de las regresiones temporales de Tim. Pero, sin ninguna duda, el gran acierto de Una cuestión del tiempo radica en su contenido, en lo que quiere transmitir: la búsqueda de la propia felicidad de uno mismo, el mismo fin que perseguía esa Amelié que adorna las paredes de la habitación de un protagonista del que hay mucho que aprender. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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