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Mindscape


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03/03/2014

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Jorge Dorado es el último de los talentos apadrinados por Jaume Collet-Serra, director catalán que ha desarrollado la totalidad de su carrera artística en Estados Unidos y que, al igual que Guillermo del Toro, se encarga no sólo de dar a conocer a creativos españoles en USA, sino de producir sus películas. Dorado, notable cortometrajista -El otro, Gracias, La Guerra...- y eficaz ayudante de dirección en títulos tan destacados como Hable con ella (Pedro Almodóvar, 2002) o Malas temporadas (Manuel Martín Cuenca, 2005), ha debutado con la opera prima Mindscape (2013) y, para un servidor, la decepción ha sido mayúscula. No sólo porque venía precedida por uno de los tráilers más engañosos de la historia, sino porque algunos la habían comparado con Origen (2010), cuando establecer similitudes entre ambas es un insulto: la cinta del madrileño sustituye la fascinación y la poesía de la mística creación de Christopher Nolan por el efectismo y la ausencia de personalidad. Porque si de algo se puede acusar a Mindscape, esta extraña mezcla entre el thriller psicológico, el terror, la intriga y lo sobrenatural -que al final no es ninguna de las cuatro cosas-, es de una alarmante falta de estilo. 




La historia tiene como protagonista a un detective (Mark Strong) con el don de introducirse en la mente de las personas para averiguar el germen de sus problemas. Un día, recibe el encargo de un antiguo jefe para investigar a una joven (Taissa Farmiga, hermana de Vera Farmiga), declarada en huelga de hambre en casa de sus padres porque, según dice, está traumatizada. El experto mentalista deberá averiguar qué hay de verdad o de mentira en el caso de Anna a través de unas regresiones espacio temporales que comenzarán a afectar a su propia vida. A pesar de su prometedor arranque y de un prólogo encima de la media, Mindscape hace aguas en el desarrollo y, ni qué decir, en un desenlace más empeñado en seguir los códigos hollywoodienses que en ofrecer algo diferente. Da rabia que lo más destacable de ella sea, además del aliciente que supone encontrarse con el gran Alberto Ammann, lo bien defendida que está a nivel actoral, sobre todo por el sólido Strong. Farmiga no es que firme una gran interpretación -a veces, su falta de expresividad se convierte en un lastre- pero no desentona. 

Pero donde esta coproducción entre EE.UU y España naufraga del todo es en su incapacidad de generar suspense en el público. Y decir eso de un thriller es como decir de una comedia que lo último que provoca es la risa. Es decir, un desastre. Ni nos inquieta ni nos remueve en la butaca un trabajo en el que llega un punto que nos da exactamente igual lo que nos están contando. ¿Por qué no haber aprovechado mejor su golosa idea temática, es decir, el poder que tienen los recuerdos en las personas y si, realmente, éstos son la única verdad a la que podemos aferrarnos? ¿Por qué ese desarrollo caótico, estirado, aburrido, falto de visceralidad y más cercano al telefilm de sobremesa que al de una película con identidad propia? Pasan los minutos y nada: ni una escena remarcable, ni un fotograma a reivindicar en una película vacía, hueca y sin alma. Alguien debería decirle a su director que no basta con poner un par de sustos contados -con la repentina y manida subida del volumen de la música- para hacer un thriller recomendable. Se necesitan varios elementos que Minscape ni los huele: un giro sorpresivo al final, la habilidad para solidificar una idea prometedora o el saber enzarzarse en una espiral que mantenga al espectador con los ojos como platos. En resumen, ni rastro de tensión, de atmósfera ni de chispa.

Eso sí, es de justicia reconocer que a Dorado, nominado a mejor dirección novel en los Goya, se le nota el empeño y el esfuerzo por alejarse de la factura televisiva -algo que, en parte, consigue gracias al trabajo de Óscar Faura en fotografía o de Alain Bainée en dirección artística-, por ser fastuoso en lo visual, aunque no lo consiga del todo. El resultado final ni rompe moldes ni va a marcar un hito en el género (sea cual sea), ni siquiera un capítulo mínimamente descatable. Se ve sin desdoro, sí, pero no es ni mucho menos lo que nos han querido vender. En definitiva, una película del montón que pasará sin pena ni gloria y que olvidas al minuto 1 de salir del cine. ¿Lo peor de todo? Que Jorge Dorado tiene talento. 





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación

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