. Entre los señalamiento
más graves se acusa al Vaticano de haber “(adoptado) políticas que permitieron
a sacerdotes violar y acosar a miles de niños”, por lo que el Comité solicitaba
“destituir de inmediato” a todos los sacerdotes acusados de haber abusado
sexualmente de menores de edad.
El informe, de una dureza inusitada, recibió por
parte del Vaticano una respuesta lamentable. Frente a la evidencia aportada por
el Comité mismo, y por los millares de denuncias acumuladas a lo largo de los
años, la curia católica sólo atinó a hacer lo que acostumbra: encerrarse en su
proverbial vanidad, asumirse sorprendida y ofendida, y ofrecer un “estudio
minucioso” al respecto. En buen castellano, nada.
Así respondía el flamante Papa Francisco a los aires
de renovación que soplaron en el Vaticano por su llegada. Su estilo, tan lejano
a los oropeles de Benedicto XVI, se antojaba como la señal de que nuevos rumbos
serían caminados por la curia católica. Sin embargo, su silencio, enmarcado en
las declaraciones hechas por Silvano Maria Tomasi -observador del Vaticano ante
la ONU- dejó vacías las entusiastas declaraciones del Papa argentino en el
sentido de una renovación en el seno de la iglesia.
No soy un individuo religioso, mi interés por la
Iglesia Católica se acota a la esfera de la más absoluta curiosidad, sus
principios o mandamientos me son relevantes en la medida en que influyen o no
en la vida pública. La Iglesia me interesa como fenómeno político y social.
Nada más. No obstante, si hay un tema para el que soy particularmente sensible,
y que me tomo como personal, ése es el de la pederastia en las filas
sacerdotales. Y no es gratuito.
Cuando niño, mis padres, como otros muchos millones
en México, forjados en las costumbres y atavismos sociales, decidieron que a
mis 10 años lo más natural era que recibiera la primera comunión. Para cuando
tomaron la decisión por mí, la de iniciarme como miembro activo de la Iglesia,
los casos de pederastia cometidos por sacerdotes todavía no cimbraban a la
opinión pública. Y si lo hubieran sabido, y aun así hubieran decidido llevar a
cabo mi primera comunión, no los hubiera acusado del desagradable incidente que
viví después.
Ocurrió la tarde en que terminaba la catequesis en
una parroquia cercana a mi hogar. La persona encargada de impartirla –una
agradable y rolliza mujer con pinta de “abuelita”- nos indicó que el siguiente
paso antes de recibir el “cuerpo y sangre de Cristo” era el de confesarse, y
uno por uno fuimos llamados a la oficina del sacerdote. Cuando llegó mi turno,
estaba entre ansioso y preocupado. Había preparado la lista de pecados que
confesaría para “limpiarme” y poder recibir la comunión; una lista patética en la
que me declaraba culpable de pelearme con mi hermana, no obedecer a mis papás,
decir groserías y colgarle apodos a mis maestras de primaria; sin embargo, el
sacerdote tenía curiosidad por conocer sobre “otro” tipo de pecados, unos en
los que yo no había reparado en toda mi vida.
Tras haber confesado arrepentido mis infantiles
travesuras, el sacerdote comenzó a interrogarme sobre asuntos de índole sexual
que se me escapaban, entre otras cosas, porque a mis 10 años mis conocimientos
en la materia eran más bien escasos. De cuestionarme sobre el desarrollo físico
de mis genitales, pasó a interesarse por los sueños húmedos que había tenido –
pero que en aquel tiempo aún no conocía-, después enfocó sus preguntas en mis
experiencias sexuales que, como puede esperarse en un niño de 10 años, no
pasaban de haber visto por accidente la ropa interior a alguna niña de la misma
edad. Durante todo el interrogatorio el sacerdote mantuvo un vivo interés por
mi desarrollo sexual, manifestado por su exigencia en que fuera más descriptivo
o en sus gráficas intervenciones para explicarme qué era exactamente lo que
quería saber. La sonrisa que se le pintó en los labios nunca le abandonó.
Mi historia no es ni de lejos igual de truculenta
que muchas otras que acompañan el largo expediente de la pedofilia en la
Iglesia católica. Podría decirse incluso que tuvo un “final feliz”. Salí sin un rasguño de la oficina del
sacerdote, y durante mucho tiempo el suceso me tuvo sin cuidado, por entonces
no podía siquiera racionalizar lo que había pasado en mi primera confesión. La
escena se presentaba como neutra, en el registro de mis recuerdos malos o
buenos ésta en particular se encontraba en un limbo. Pasando el tiempo, y al
reflexionar medianamente sobre las preguntas que me hizo el sacerdote y el
regodeo de su morbosa curiosidad satisfecha, caí en cuenta de lo que había
ocurrido y mi solidaridad con todas las
víctimas de pederastia de la Iglesia aumentó considerablemente. Igualmente mi
indignación.
Al recordar esa tarde y a los niños que fueron
confesados por el sacerdote, no puedo dejar de preguntarme a cuántos habrá
cuestionado sobre los mismos temas, o en
cuántas ocasiones sus preguntas
redundaron en toqueteos o en cosas peores.
Reiteradamente he leído o escuchado a especialistas
en el tema sostener que la estructura misma de la Iglesia Católica genera entre
las filas sacerdotales desviaciones sexuales que se reflejan, entre muchos
otros casos, en un dilatado rosario de agresiones a menores de edad. Marcial Maciel
no es una rara casualidad, es una habitual consecuencia. El grueso manto que la
Iglesia se ha empecinado en echar sobre sus miserias ya no puede ocultar las
dimensiones de su problema.
Mientras tanto, el Papa Francisco deja pasar. Y
calla.