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Del silencio del Papa Francisco. Un testimonio personal.


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02/03/2014


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Hace unas semanas el Comité de la Organización de las Naciones Unidas encargado de vigilar el cumplimiento de la Declaración de los Derechos del Niño hizo delicados señalamientos al Vaticano respecto a su actuación en lo que a temas de pederastia se refiere. Entre los señalamiento más graves se acusa al Vaticano de haber “(adoptado) políticas que permitieron a sacerdotes violar y acosar a miles de niños”, por lo que el Comité solicitaba “destituir de inmediato” a todos los sacerdotes acusados de haber abusado sexualmente de menores de edad.


El informe, de una dureza inusitada, recibió por parte del Vaticano una respuesta lamentable. Frente a la evidencia aportada por el Comité mismo, y por los millares de denuncias acumuladas a lo largo de los años, la curia católica sólo atinó a hacer lo que acostumbra: encerrarse en su proverbial vanidad, asumirse sorprendida y ofendida, y ofrecer un “estudio minucioso” al respecto. En buen castellano, nada.

Así respondía el flamante Papa Francisco a los aires de renovación que soplaron en el Vaticano por su llegada. Su estilo, tan lejano a los oropeles de Benedicto XVI, se antojaba como la señal de que nuevos rumbos serían caminados por la curia católica. Sin embargo, su silencio, enmarcado en las declaraciones hechas por Silvano Maria Tomasi -observador del Vaticano ante la ONU- dejó vacías las entusiastas declaraciones del Papa argentino en el sentido de una renovación en el seno de la iglesia.

No soy un individuo religioso, mi interés por la Iglesia Católica se acota a la esfera de la más absoluta curiosidad, sus principios o mandamientos me son relevantes en la medida en que influyen o no en la vida pública. La Iglesia me interesa como fenómeno político y social. Nada más. No obstante, si hay un tema para el que soy particularmente sensible, y que me tomo como personal, ése es el de la pederastia en las filas sacerdotales. Y no es gratuito.

Cuando niño, mis padres, como otros muchos millones en México, forjados en las costumbres y atavismos sociales, decidieron que a mis 10 años lo más natural era que recibiera la primera comunión. Para cuando tomaron la decisión por mí, la de iniciarme como miembro activo de la Iglesia, los casos de pederastia cometidos por sacerdotes todavía no cimbraban a la opinión pública. Y si lo hubieran sabido, y aun así hubieran decidido llevar a cabo mi primera comunión, no los hubiera acusado del desagradable incidente que viví después.

Ocurrió la tarde en que terminaba la catequesis en una parroquia cercana a mi hogar. La persona encargada de impartirla –una agradable y rolliza mujer con pinta de “abuelita”- nos indicó que el siguiente paso antes de recibir el “cuerpo y sangre de Cristo” era el de confesarse, y uno por uno fuimos llamados a la oficina del sacerdote. Cuando llegó mi turno, estaba entre ansioso y preocupado. Había preparado la lista de pecados que confesaría para “limpiarme” y poder recibir la comunión; una lista patética en la que me declaraba culpable de pelearme con mi hermana, no obedecer a mis papás, decir groserías y colgarle apodos a mis maestras de primaria; sin embargo, el sacerdote tenía curiosidad por conocer sobre “otro” tipo de pecados, unos en los que yo no había reparado en toda mi vida.

Tras haber confesado arrepentido mis infantiles travesuras, el sacerdote comenzó a interrogarme sobre asuntos de índole sexual que se me escapaban, entre otras cosas, porque a mis 10 años mis conocimientos en la materia eran más bien escasos. De cuestionarme sobre el desarrollo físico de mis genitales, pasó a interesarse por los sueños húmedos que había tenido – pero que en aquel tiempo aún no conocía-, después enfocó sus preguntas en mis experiencias sexuales que, como puede esperarse en un niño de 10 años, no pasaban de haber visto por accidente la ropa interior a alguna niña de la misma edad. Durante todo el interrogatorio el sacerdote mantuvo un vivo interés por mi desarrollo sexual, manifestado por su exigencia en que fuera más descriptivo o en sus gráficas intervenciones para explicarme qué era exactamente lo que quería saber. La sonrisa que se le pintó en los labios nunca le abandonó.

Mi historia no es ni de lejos igual de truculenta que muchas otras que acompañan el largo expediente de la pedofilia en la Iglesia católica. Podría decirse incluso que tuvo un “final feliz”.  Salí sin un rasguño de la oficina del sacerdote, y durante mucho tiempo el suceso me tuvo sin cuidado, por entonces no podía siquiera racionalizar lo que había pasado en mi primera confesión. La escena se presentaba como neutra, en el registro de mis recuerdos malos o buenos ésta en particular se encontraba en un limbo. Pasando el tiempo, y al reflexionar medianamente sobre las preguntas que me hizo el sacerdote y el regodeo de su morbosa curiosidad satisfecha, caí en cuenta de lo que había ocurrido  y mi solidaridad con todas las víctimas de pederastia de la Iglesia  aumentó considerablemente. Igualmente mi indignación.

Al recordar esa tarde y a los niños que fueron confesados por el sacerdote, no puedo dejar de preguntarme a cuántos habrá cuestionado sobre los mismos temas, o  en cuántas ocasiones  sus preguntas redundaron en toqueteos o en cosas peores.

Reiteradamente he leído o escuchado a especialistas en el tema sostener que la estructura misma de la Iglesia Católica genera entre las filas sacerdotales desviaciones sexuales que se reflejan, entre muchos otros casos, en un dilatado rosario de agresiones a menores de edad. Marcial Maciel no es una rara casualidad, es una habitual consecuencia. El grueso manto que la Iglesia se ha empecinado en echar sobre sus miserias ya no puede ocultar las dimensiones de su problema.

Mientras tanto, el Papa Francisco deja pasar. Y calla.



Etiquetas:   Vaticano   ·   Iglesia Católica

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