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Sordidez
y miseria moral de la burguesía española tras el trauma de la guerra
civil en el ambiente sombrío de una sociedad en descomposición.
Barcelona sirve de marco y en ella la protagonista, en medio del egoísmo
y el odio de quienes la rodean, va viendo reducirse a nada sus
vivencias, pero queda, como en una exposición, la fotografía de un
período histórico.
Andrea, joven
huérfana, narra en forma autobiográfica su experiencia desde que llega a
la extraña casa de su abuela materna, en la calle de Aribau, para
estudiar en la universidad, hasta que abandona desencantada la ciudad
cuando acaba el curso académico y se traslada a Madrid. Nada tiene que
ver lo que había imaginado con el ambiente que encuentra. A ella le
parece que allí vive la gente <>, y esa manifestación la tiene en su familia. La abuela
resulta no tener peso y vive abandonada a su suerte en medio de otros
familiares de mayor influencia. Las relaciones entre éstos son
tormentosas y desatan turbias pasiones insospechadas por Andrea en
personajes excepcionales, únicos, de bajos instintos. Su tío Román, por
ejemplo, hombre maníaco y perturbado, está interesado por la música y la
pintura y vive alejado de la familia. Andrea va descubriendo que él
había sido amante de la madre de Ena, una compañera de curso, e incluso
de la propia Ena, y ahora se gana la vida en negocios de contrabando.
Acabará suicidándose. Su tía Angustias refugia sus frustraciones en la
religiosidad y buscará al fin en el convento un sustituto de sus
fracasos, aunque su manera de ser no esté inspirada por esa idea del
cristianismo. Andrea choca con ese ambiente, sufre penalidades y
descubre el lado miserable de la vida mientras su tía, solterona, la
vigila para aislarla del infierno de inmoralidad que ella cree que es la
ciudad. Cuando se libera de ella, navega a la deriva entre su vida
universitaria y la residencia con sus familiares. El mundo desgarrado
que descubre suscita una evidente repulsa. Hay
un punto de vista único, el de Andrea, que rememora, con ciertas
variaciones con respecto a lo que sucedió, hechos y emociones de dos
años antes. De los personajes que la rodearon recuerda las taras y mucho
menos sus lados humanos y nos cuesta trabajo creerlos, hacerlos
verosímiles. Su matiz autobiográfico queda en evidencia, al menos en los
planteamientos: la propia autora se traslada a Barcelona el año 1939.
Por eso, tal vez, los diálogos no ofrecen una conversación, sino que son
recuerdos e impresiones fragmentarias, tal y como ella los había
percibido. No queda la impresión de que persiga una crítica social, sino
que parece lamentar no haber tenido esa seguridad de las clases
acomodadas, ese ambiente en que se hubiera sentido cómoda e indemne. El
uso de la primera persona narrativa y la sencillez del planteamiento
agrada al lector, que entra en la protagonista y va viviendo los hechos
con ella: la lluvia, las duchas, el hambre, la oscuridad…todo va
surgiendo a medida que Andrea lo rememora. El lirismo, la ternura de sus
páginas, la espontaneidad de las palabras de su narradora, están sin
duda entre los grandes logros. Ve Sanz Villanueva en la composición, a
pesar de los <>,
<>, que sin duda contribuyó
a la enorme resonancia que tuvo el año de su aparición, en que se
hicieron tres ediciones y dos más un año después, en 1946, continuada en
años posteriores. La repercusión se debía en gran parte a presentar el
ambiente real y problemático de la situación que había dejado la guerra,
aunque también a haber recibido el Premio Nadal de Novela y a la
propaganda que lo acompañaba. Y todo aquello, la oportunidad, la
juventud y simpatía de la autora, y también el haber sido capaz de
destacar en medio de una narrativa trasnochadora y mediocre que encubría
miedosa buena parte de la realidad española. Por eso Nora habla de la
<> que aporta la autora, de la capacidad
de <>. Pasada aquella euforia hoy se considera una de
las novelas claves de la posguerra (junto a La familia de Pascual Duarte) aunque se sigan señalando sus limitaciones.