. Entre algunos de los
mayores pensadores de la era grecorromana destacan, cómo no, Aristóteles,
Platón, Sócrates, Parménides, Séneca, entre otros. Fue una época reluciente
para el pensamiento y la ciencia. Se descubrieron cosas que marcarían el
devenir de la ciencia, como el teorema de Pitágoras o el principio de
Arquímedes, de gran trascendencia posterior. Todos eran hombres, si bien
destacó alguna que otra mujer en la filosofía y en la ciencia, como Hiparquia
de Tracia, Diotima de Mantinea y, cómo no, Hipatia de Alejandría, la que será
hoy la protagonista de este relato.
En
la Alejandría de los siglos IV y V, en un imperio romano de occidente en plena
decadencia, tras los muros de la II Biblioteca de Alejandría se escondía una
mujer que ostentó un importante poder en lo académico y en lo público, siendo
maestra de los personajes más célebres de la época, como Sinesio de Cirene u
Orestes, prefecto imperial en Alejandría. Asimismo, era hija de Teón de
Alejandría, ilustre filósofo y matemático que enseñó a la aventajada pensadora
desde pequeña el arte de la filosofía y de las matemáticas. Fue la única mujer
que estuvo al mando de la Escuela Neoplatónica de Alejandría, a comienzos de
siglo V. Su papel en la vida cultural y académica de la ciudad era tan
importante que pocas veces faltaba a algún acto, si bien permanecía largas
horas en su casa pensando y discurriendo ideas. Aparte del cargo que ostentaba
como filósofa, matemática y directora académica, seducida por el por el cosmos
y todo lo que él entraña, también fue una gran feminista que abogó por el
derecho a la mujer a ocupar estancias más importantes en la vida pública,
siendo tildada por los rebeldes de la época – los cristianos – de “bruja y puta
pagana”. Cabe destacar que, cuando la católica se convirtió en la única
religión del imperio, y los ritos paganos fueron prohibidos, tras las revueltas
que enfrentaron a ambas religiones y la quema de la mayor biblioteca de los
primeros mil años tras el nacimiento de Cristo, Hipatia no abrazó si quiera la
religión cristiana, rechazando sistemáticamente el bautizo y, con él, la
reconversión hacia el nuevo culto, creándose así enemigos en el seno del catolicismo
alejandrino, lo que más tarde le costaría la vida.
Era
una notable matemática, sabia en álgebra, geometría y astronomía. Se sabe que
fue la primera en evidenciar el movimiento elíptico de la Tierra alrededor del
Sol, desechando el Sistema de Ptolomeo, que decía: “La Tierra está en el centro y los demás astros, incluyendo el Rey,
giran alrededor de ella en dos círculos (rotación y traslación) que son la
forma más bella y perfecta”, y con ello dio un poco más de razón al Sistema
de Aristarco, conocido siglos más tarde como “heliocéntrico”, que decía: “El Sol, como astro rey, se merece la
posición central de la bóveda celeste y los demás astros giran alrededor de él
en dos círculos bellos y perfectos”. Sin embargo, la filósofa llevó a cabo
descubrimientos sobre curvas cónicas que desmontaban las teorías de que los
planetas giraban alrededor del Sol en forma circular, ya que se preguntaba el
porqué, por ejemplo, de las estaciones y el porqué del hecho de que el Sol se
viera mayor o menor en una época del año determinada, y dedujo con sus estudios
que la Tierra – y los demás astros – se movía de forma elíptica alrededor del
astro rey, causando una revolución en la época. Además fue inventora de un
aparato llamado densímetro y mejoró el diseño de los astrolabios.Defendió
siempre el pensamiento y la filosofía como entes ajenos al dogma, a las
religiones y jamás aceptó chantajes por parte de los cristianos. Sin duda
alguna, fue una gran mujer que supo aunar en un solo ser, pensamiento, ciencia
y libertad, ya que para ella en el movimiento de las ideas se encuentra la
esencia de la filosofía y el camino a la libertad individual.