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Desentrañar el misterio del enojo, ha llevado
a diversos diagnósticos que conducen a distintas soluciones. Para los ex
gerentes que hoy día incursionan en la política desde el gobierno, sin que sus
lógicas de gestión logren maravillar a los chilenos, asumen cierta postura de
victimización, ya que la gente no entendería sus propósitos ni la eficiencia
presunta de la llamada “nueva forma de gobernar”. Demás está decir, que la antigua forma de
gobernar, la de los actualmente desplazados del poder, tampoco tiene la mejor
de las percepciones en las encuestas, debido a lo que hicieron cuando estaban
en el gobierno como contribución a los temas en debate en la actual realidad
chilena.
¿Si a este país le está yendo tan bien –
se preguntan sus administradores – porque hay tanto descontento? ¿Si tenemos un
ingreso per cápita estabilizado en
los 15.000 dólares, el mejor de la región, que hace que haya tanto descontento?
La indignación en Chile, se está
expresando a través de tres temas principales, pero que tienen la misma raíz y
los mismos actores de fondo: el mercantilismo desenfrenado y la hegemonía de
las 7 familias más ricas que controlan más de 75 mil millones de dólares (3
veces el PIB de la vecina Bolivia, según el ex Ministro Andrés Velasco), que
determinan las grandes decisiones políticas y económicas, que destacan por su
conservadurismo y por promover las bondades del sistema actual, que tantos
beneficios les siguen reportando y que favorece al 10% más rico de los
chilenos, cuyo ingreso es ¡78 veces mayor al 10% más pobre!
El primer tema que explosó de manera
impensada para la clase política, y contra ella, fue el tema energético,
producto de la autorización de funcionamiento a centrales termoeléctricas y la
autorización ambiental del proyecto HidroAysén, que pretende instalar 5 represas
en la Patagonia. El segundo tema tiene que ver con el rechazo al concepto
mercantilista en la educación, expresado en la masiva movilización de los
estudiantes que rechaza su continuidad. Y ahora ha explosado la indignación
contra el escándalo financiero de una multitienda del retail, uno de los jugosos negocios del éxito económico chileno y
que compromete directamente a la clase financiera hoy directamente involucrada
en el gobierno.
¿Qué es lo que señala la indignación de
los chilenos, en su esencia? Simplemente que el modelo de crecimiento ya los
tiene hartos, porque todos los esfuerzos y sacrificios lo aportan los que –
como siempre ocurre – trabajan y viven de su sueldo. Son ellos los que no ven
razones de Estado y razones de estrategias de desarrollo nacional, en las
enormes ganancias que produce el negocio de la energía eléctrica. ¡Enormes
ganancias a precios para los consumidores muy sobre la media internacional! Lo que dice el rechazo a los proyectos
eléctricos es que los chilenos no están dispuestos a legitimar cualquier modelo
de crecimiento, definitivamente.
Es el modelo el que está en tela de
juicio, porque ha hecho un enorme negocio local con la educación, y ni tan
local, porque ha atraído a más de algún inversionista extranjero, como el caso
del español Segovia y su grupo SEK, donde hay educación para todos los
bolsillos, siguiendo perfectamente el libreto mercantilista, pero entregando
una educación de pésima calidad, segregacionista y segregada, fundada en la
desigualdad y en el sojuzgamiento de los sectores populosos a condiciones
manifiestas y típicas de marginalidad, a partir del lugar donde estudian.
Es el modelo el que está en tela de
juicio, ante las acciones desenfadadas y desenfrenadas del negocio del retail. Lo del caso de la multitienda La
Polar es la punta del iceberg de los métodos de esas empresas -, ya que los
chilenos que viven de su trabajo no solo han sufrido las consecuencias de
negociaciones unilaterales urdidas por La Polar, lo que también ha sido
experimentado por otros consumidores de otras multitiendas, y que se suma a
cobros periódicos de seguros no contratados, a gastos operacionales
unilaterales, a sobreprecios exorbitados cuando hay catástrofes (como ocurrió
con el retail de la construcción
luego del terremoto del 27 de febrero de 2010), etc.
En fin, un sistema construido para
exprimir los bolsillos de la gente que vive de un sueldo, situación que viven
día a día los hogares de la clase media y la clase trabajadora. Es lo que les
toca percibir a los jóvenes en sus hogares, donde ven que sus padres deben
hacer enormes sacrificios para su educación, y lo que se les entregan son licenciaturas
segregadas, que corresponden a lo que cada familia puede pagar y con resultados
de tan mala calidad, que el titulo poco importará en el futuro mercado del
trabajo.
La indignación en Chile tiene su esencia
en el hastío a un modelo que los jóvenes no quieren seguir sosteniendo como lo
han hecho sus padres. Hace rato se pagó el precio de la restauración de la
democracia, hace rato se pagaron todos los precios necesarios para concluir la
transición, y pretender que la estabilidad del país descansa en los beneficios y ganancias de las 7 familias
más ricas del país, entre las cuales está el actual Presidente de la República,
es una pretensión indecente de la clase política y sus distintos actores.
Los beneficios de la incursión exitosa
de Chile en la APEC o el relato del liderazgo económico en América Latina (del
que tanto se ufanan la clase política y los grandes empresarios), o la
exultante afirmación del actual ingreso per
cápita no es algo que llegue a la verdadera clase media o la clase
trabajadora como beneficios concretos. Por el contrario, son los que tienen que
sacrificarse hasta el límite de comprometer sus logros familiares y de vida,
mientras la desigualdad en el ingreso y en las oportunidades sigue produciendo
un exceso de riqueza en favor de unos pocos.
Definitivamente, los chilenos cada día
están más indignados con esa realidad y sus resultados. No es para menos.