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Religiosidad Popular y Tejido Cultural


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17/02/2014

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La capacidad de adaptación del ser humano a condiciones diversas y dispares parece no conocer límite. Hay culturas que administran la austeridad del desierto y otras que disfrutan la abundancia de las selvas tropicales; tanto las estepas de las alturas del altiplano boliviano como la diversidad del litoral mexicano han demostrado ser ambientes adecuados para la creatividad cultural de los grupos humanos de todos los tiempos. El hombre se adapta a todo, menos al caos en sus diversas manifestaciones.


Todas las culturas –particularmente mediante sus sistemas religiosos- han procurado a los hombres “un mundo en el cual vivir” con sentido. El largo camino de los pueblos protagonistas del enorme desarrollo cultural que ha tenido lugar en México no ha sido diferente. Cada uno tuvo su horizonte y su amanecer; ninguno conoció su ocaso sin haber dejado huella. De modo que, lo que podríamos llamar “México-2014”, en lo que tiene de fisonomía cultural, está marcado por mil huellas y tejido por infinitos hilos. Es cierto que, frecuentemente, la necesidad “administrativa” con que enfrentamos la vida cotidiana nos lleva a simplificar lo complejo y a unificar lo múltiple para poder manejar el presente. Pero quienes en lo político o en lo religioso, en lo educativo o en lo económico, tienen que ver con el servicio, desarrollo y realización histórica del pueblo mexicano, no pueden permitirse el lujo de olvidar la gran densidad de su identidad cultural y de los factores que la determinan a modo de fuerzas que la animan, le dan sentido y la articulan.

Conscientes de la limitación de los términos, entendemos por “religiosidad popular” (catolicismo popular), todo el conjunto de creencias y prácticas, rituales y normatividad ética, cosmovisión y ethos expresados en múltiples sistematizaciones y construcciones culturales, elaboradas desde el modo peculiar de apropiación de lo cristiano de las culturas y grupos entendidos y administrados como marginales desde la cultura oficial y hegemónica. Por tanto la marginalidad (en su sentido cultural, social e institucional) es un componente esencial y determinante de esta forma de experiencia cristiana. De este modo el catolicismo popular se contrapone (al menos conceptualmente) al catolicismo oficial constituido por todo el sistema doctrinal, ritual, ético y organizacional generado y administrado desde el centro institucional. Por ejemplo: el ministro que atiende una parroquia católica pertenece a la jerarquía oficial; los diversos mayordomos que participan en una fiesta patronal son funcionarios religiosos pertenecientes a una jerarquía católica popular. Ambos son parte del campo católico pero sus relaciones son un juego sutil y, a veces, complicado de autoritarismo, dependencia, autonomía y libertad.

Sin poder entrar aquí a un análisis minucioso y argumentado, podemos decir que, en términos generales, el fenómeno del cristianismo popular se da hasta nuestros días tanto en la iglesias cristianas orientales como en la Iglesia católica. También la Iglesia Anglicana, aunque se separó de la órbita de Roma en el siglo XVI, conservó esta diversificación tal como se había dado durante toda la Edad Media. Dentro del protestantismo, el cristianismo popular fue severamente depurado  tanto por la presencia de los elementos real o supuestamente supersticiosos como, sobre todo,  por el voluntarismo que animaba la espiritualidad popular. Posteriormente, en algunas iglesias del protestantismo histórico, se ha configurado cierta modalidad de cristianismo popular marginal en las prácticas oficiales. Donde es imposible que surja esta modalidad popular es en los grupos cristianos definidos, sociológicamente, como sectarios; en ellos el control férreo de las conciencias y de las prácticas no deja ningún margen para el pluralismo y la autonomía relativa. Definitivamente, el pobre no está enamorado de la sociedad que genera su pobreza, y los códigos simbólicos del folklore o de la religión han sido siempre un instrumento privilegiado para expresar emocionalmente y ocultar tácticamente los sentimientos de los sectores populares y de las culturas marginales sin exponerse a la represión. Quitándole toda connotación de beligerancia (que a veces ha existido), el ámbito del catolicismo popular ha sido un reducto de liderazgo religioso de los laicos: juglares que cantaban milagros, curanderos, santones, ermitaños, cofradías, hermandades, santuarios, peregrinaciones, etc. Todo esto, además de la saludable tensión intrainstitucional que implica, tiene un mensaje extrainstitucional muy claro: el pueblo católico ha sabido mantener espacios de autonomía religiosa que, aunque no han puesto en cuestión su sentido de pertenencia, no permiten reducirlo a la condición sociológica de “masa” o “rebaño” por sus pastores.

¡Extraña y sorprendente condición la nuestra! En el límite de las fuerzas, es el sentido el que nos puede hacer sobrevivir; y, aún en la abundancia, es la falta de sentido de la vida lo que la hace miserable y puede encaminar a la muerte. Por eso los factores generadores de sentido son esenciales para la convivencia sociocultural.

La religión, en la historia de las culturas, ha sido el espacio de generación de sentidos por excelencia. Todas las primeras teorías del sentido del mundo y del hombre, de la persona y la sociedad, de la vida y la muerte, han surgido en los alrededores de los templos y en relación con los dioses. Es cierto, que a raíz de la conquista, el nuevo tiempo cristiano no significó sólo un cambio de fechas, sino mucho más. Sin duda el cosmos se tambaleó, como lo refleja con dramático realismo un famoso texto del Chilam Balam de Chumayel. En efecto, nuevos “señores” reinaron sobre nuevos tiempos. Tlaloc siguió lloviendo y su  fuerza se encontró con la de los santos cristianos que tenían que ver con la agricultura y el sustento cotidiano; el dios totonaco de la lluvia se transformó en San Juan bautista y continuó haciendo florecer la agricultura hasta nuestros días.

Por encima de las divergencias más o menos superficiales, la medicina tradicional tiene un componente religioso fundamental. Sus especialistas se diferencian de los médicos “titulados” más por una actitud espiritual que por sus técnicas curativas. El enfoque holístico e integrados de la religión popular, considera a las enfermedades, más que como un simple trastorno corporal, como algo que implica al orden global y compromete a las “potencias” que rigen el mundo y el destino humano. Desde el nacimiento hasta la conmemoración de los difuntos años después de su muerte, el pueblo mexicano tiene respuestas rituales para las diversas crisis y desafíos que la vida plantea.

Todos estos elementos del catolicismo popular que se han mencionado, aunque tienen sus raíces en el pasado, conservan su vigencia sociocultural. En el presente, nos están indicando la persistencia de varias cosmovisiones en este México entrado de lleno en el siglo XXI. En tal virtud, en el desarrollo cultural de los últimos 500 años de México, el catolicismo popular ha tenido un protagonismo singular que frecuentemente ha pasado desapercibido para la racionalidad moderna de muchos observadores, incluso de no pocos eclesiásticos.

Finalmente, no hay liderazgo social reconocido y legitimado en los autoritarios y expoliadores de los bienes y el derecho. A los políticos, principalmente en tiempos electorales, se les suele pedir más planes y programas que conocimiento y reconocimiento de la riqueza y complejidad sociocultural de los pueblos que pretenden conducir.



Etiquetas:   Religión

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