REFLEXIONES DESDE EL UPOV 91.

                  El Convenio UPOV 91 (Unión para la Protección de Obtenciones Vegetales), y la aprobación en Chile para su aplicación, ha provocado una serie de reacciones, presentaciones ante el Tribunal Constitucional, manifestaciones por las redes TICs, y variopintas opiniones. Lejos de estas discusiones que muchas veces se plantean, existe un artículo de

 

. Lejos de estas discusiones que muchas veces se plantean, existe un artículo de
Julio Berdegué, Doctor en Ciencias Sociales e investigador de Rimisp - Centro Latinoamericano para el Desarrollo Rural. Su templada pluma nos recuerda que el Convenio tiene su origen en 1968 y Chile lo firmó en 1996. En sus seis puntos el profesor Berdegué realiza una verdadera desmitificación de la aplicación plena de dicho Convenio en nuestro país.

 Pero la situación me recordó las palabras del Dalai Lama cuando visitó nuestro país y compró a Chile con el Tibet, y a la cordillera de Los Andes con el Himalaya. Estos macizos cordilleranos, señaló el sabio Tibetano (a quien en Chile se le cerraron las mismas puertas que se abren para las estrellitas y cantantes de televisión extranjeras) que  consideraba la ventaja que teníamos como nación para unirnos en la mística de esas catedrales naturales. Habló que los chilenos debiéramos estar agradecidos de contar con un santuario que comparó al de su nación.

Pero no sólo cordilleras tenemos los chilenos, sino también una flora arbórea que nos debiera deslumbrar. Allí están las araucarias que sintieron en su raíces el paso de los seres más gigantesco de la historia de la Tierra, mega bestias que hoy nos parecen más bien como dioses de virtudes cercanas a las humanas, ideales de belleza por sus formas y colores,  y sobre los cuales nuestra imaginación no alcanza para reflexionar como pudieron habitar el planeta durante más de 150 millones de años, para dejar unos cuantos miles de huesos petrificados en la roca.

            El árbol es símbolo de Vida a lo largo de la historia de la humanidad. En la protohistoria nos dice que la Navidad tiene su origen más remoto en una tradición al arrimo de la encina, en los pueblos de la Estigia, cuando un joven druida “Ram” tuvo al amparo del árbol un sueño, en el cual se mostraba un muérdago que había nacido a su sombra. Fue una señal que lleva al druida a iniciar la celebración de la navidad o “Noche-madre”, convirtiendo al muérdago en planta sagrada simbolizando un estado de  salud espiritual.  En otras latitudes y tiempo Krishna se sentaba  bajo los cedros del monte Meru, frente al Himavat, y les hablaba  a sus discípulos sobre “la doctrina del alma inmortal”.

             Hermann Hesse en su obra “El Lobo Estepario”, nos muestra al protagonista como un individuo misterioso, pero inmensamente humano. Nietzsche, diría “humano demasiado humano”.  Harry……es el personaje del Lobo Estepario,  su alma es un llano desolado en que el amor, la amistad, la esperanza, parecen haber sido desterrados voluntariamente. Su comportamiento nos asombra paso a paso. En una escena, que hoy quiero rescatar, Harry -en la novela habita en una pensión- se detiene a contemplar a  una especial habitante del lugar: la araucaria  que se encontraba en un macetero en pleno pasillo de la casa. Esa imagen del Lobo Estepario, sorprende al narrador de la obra - sobrino de la dueña de la casa de rentas: ver a un lobo estepario maravillado frente a la araucaria. Un amigo quien también ha leído el libro, me señaló hace unos días, que ese cuadro literario demostraba que Hesse era un místico y más propiamente un alquimista.

         Es quizás en la contemplación y devoción al árbol, hay demostración de respeto a ese verde ser cuyo material genético es tan similar al nuestro, como lo  platea Carl Sagan en su libro “Cosmos”, para  revelar lo unidos que estamos a la naturaleza toda,  en este viaje sideral  en un externo brazo de la Vía Láctea. Para ello utiliza una encina…árbol venerado en por muchas escuelas filosóficas.

               Asimismo el tratamiento que hace Tolkien en su obras, recordemos a los “Árboles de los Valar”, de ellos hace emanar la luz y el tiempo se contaba de la misma;  además plantea una mística historia de muerte y resurrección  de estos y sus semillas. Un árbol no es una persona, y este última es infinitamente más valiosa que el primero, pero los seres vivos han de tener una razón de existencia; en efecto, el orden del Universo, no ha sido gratuito, y cualquiera sea nuestra fe –tanto la metafísica como la  basada en otros parámetros-  hemos de comportarnos teniendo siempre en la mirada la incógnita de la vida y sus signos.  Algunos han pactado que fue Dios el creador de todas las cosas, otros ven un Demiurgo, otros el big  bang,  en todo caso,  seres vivos como los árboles y en especial una araucaria – de lento crecimiento, y gigantesca talla-  nos quiere transmitir un mensaje: hemos de respetarla en su integridad y en su dignidad al estar creados, en uno y otra caso, por el mismo principio que el ser humano. Los bosques constituyen verdaderas catedrales de la naturaleza en que podemos refugiarnos de la vanidad o profanidad de la vida. Quizás en el futuro muchos de nosotros, estoy cierto, elegiremos el aislamiento, como respuesta a ciertas actitudes  humanas, entonces los bosques, que en muchas culturas han sido considerados verdaderos “templos”, nos entregarán consuelo a esa soledad del alma, la de mirar alrededor y ver poca unión, y fraternidad entre las personas.  Quizás como Pitágoras escribiremos nuestro propio: “eskato bebeloi”  a la entrada de nuestro particular bosque. Y sabremos porque hemos de venerar a una semilla, allí reposa quieta la vida entera. No sé si el pueblo Aymara tiene razón en sus requerimientos jurídicos, o la razón la tienen el profesor  Julio Berdegué,  yo me quedo con un pensamiento de Sartre: “Así, el primer paso del existencialismo es poner a (toda persona) en posesión de lo que es, y hacer recaer sobre él la responsabilidad total de su existencia”.

UNETE



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