. parte uno.
No sé si voy a caer, no sé si tendré
La fuerza que necesita mi mano para
Acabar esta frase pero una voluntad
Implacable me dirige: la piltrafa que
Soy en esta mesa, ahora que lo he
Perdido todo y que dentro de la casa
Reina un silencio de eternidad, está ahí
Como un trozo de luz que quizá este en
Ruinas pero que aun resplandece.[1]
Todos alguna vez hemos tenido algún tipo de acercamiento con la muerte sea directo o indirecto, personal o impersonal. Es por lo general que nuestras primeras experiencias con la muerte se realicen a través de nuestra propia vida cotidiana, y que van desde escuchar conversaciones sobre el tema entre nuestros familiares, el estar presente en algún funeral de un familiar, un amigo, un conocido o incluso un desconocido, o simplemente enterarnos de la muerte de alguien. La muerte entonces se presenta primero como una interrogante, una contradicción y finalmente como un misterio. Así cada sociedad, cada hombre siempre busca y tal vez seguirá buscando una respuesta a que es la muerte.
Tratar el tema de la muerte es difícil para muchos de nosotros, porque es un hecho que generalmente es desagradable, ya sea por las imágenes que se nos presentan de un ser querido ya muerto o que vive pero inevitablemente morirá o porque finalmente refleja en nosotros nuestra propia condición mortal, el que inevitablemente tenemos que morir, como lo describe Rosario Castellanos:
He aquí que la muerte tarda como el olvido.
Nos va invadiendo lenta, poro a poro.
Es inútil correr, precipitarse,
Huir hasta inventar nuevos caminos
Y también es inútil estar quieto
Sin palpitar siquiera para que no nos oiga. [2]
Este fragmento del poema muestra dos aspectos: uno aun cuando quisiéramos escapar de la muerte no lo lograremos, dos la muerte está dentro o en nosotros en cada uno como individuo, entonces ¿por qué queremos escapar? ¿Por qué la evitamos? ¿Por qué no aceptamos nuestro fin? ¿Por qué no queremos morir? ¿Por qué queremos vivir y vivir más?
Cuando pensamos en la muerte lo hacemos de dos formas básicamente, uno, en abstracto, ideal, teórica e impersonal y dos es totalmente una vivencia personal. En la primera forma vemos la muerte como un hecho que nos excluye de alguna forma, es un suceso externo y lejano a nosotros. La segunda es “la conciencia realista del hecho de la muerte”[3], conciencia de la muerte… conciencia en fin de, un vacio de una nada, que aparece allí donde antes había estado la plenitud individual…[4] esta conciencia provoca… el horror humano por la muerte…[5] que es pues, la emoción, el sentimiento o la conciencia de la pérdida de la propia individualidad…[6] que no es otra cosa que el terror a la descomposición del cadáver o en palabras de Baudelaire… el gusano que se come el cadáver a besos[7], pero… el horror no lo produce la carroña o putrefacción del cadáver, sino la carroña del semejante… cuando el muerto es alguien próximo, íntimo, familiar, amado y respetado más violento es el dolor y el horror que produce… y es la impureza de ese cadáver la que resulta contagiosa,[8]se convierte en, yo soy el que me encuentro en peligro, yo soy el que sigue, hablamos de la muerte en primera persona, donde …la muerte es un misterio que me concierne íntimamente e íntegramente , es decir en mi nada: me apego a ella estrechamente sin poder guardar distancia.[9]
Cuando considero la pequeña duración
De mi vida, absorbida en la eternidad
Precedente y siguiente, el eterno
Silencio de esos espacios me asusta.[10]
Después de considerar la muerte de los otros, empezamos a considerar nuestra muerte o mi muerte, pero ¿quién nos enseña a morir?
(Parte Dos)
[1] Bataille, Georges. Lo imposible. México, Premia editora. 1979. 190p. (colección la nave de los locos).
[2] Castellanos, Rosario. “he aquí que la muerte tarda como el olvido” en Poesía no eres tú. Obra poética: 1948-1971. México, Editorial Fondo de Cultura Económica. 1972. 347p.
[3] Morin, Edgar. “Introducción general. Antropología de la muerte” en El hombre y la muerte. Barcelona, Editorial Kairós. 1994. 373p.
[4] Morin, op. Cit., pág. 31.
[5] Leszek Kolakowski. “Lo sagrado y la muerte” en Si Dios no existe. Madrid, Editorial Tecnos. 1988. p.p. 151-160.
[6] Morin, op. Cit., pág. 30.
[7] Charles Baudelaire. Las flores del mal. Madrid. Alianza Editorial. 1982.
[8] Morin, op. Cit., pág. 31.
[9] Vladimir Jankélévitch. La muerte. Valencia, España. Editorial Pre-textos. 2002. 435p.
[10] B. Pascal. Pensamientos. Editorial Espasa-Calpe.