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Esto no es una cita


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03/02/2014


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En agosto de 2011 se representó en el Microteatro Por Dinero de Madrid -espacio escénico donde se desarrollan funciones de 15 minutos para un máximo de 15 personas- la obra Esto no es un fax, acerca de las vicisitudes amorosas entre dos compañeros de oficina. El éxito fue tal, que se alumbraron dos microteatros más, con los mismos responsables e idéntica temática. Al ver la entusiasta respuesta del público, Guillermo Fernández Groizard y Pablo Flores -director y guionista del invento, respectivamente- decidieron trasladar este pequeño fenómeno a la gran pantalla. Para ello, contarían con los mismos protagonistas y la cotidianidad y la gracia de esas micro-representaciones. Así nació Esto no es una cita (2013), una película pequeña -escasos medios, bajo presupuesto- que habla de cosas grandes -lo difícil que es dar con tu media naranja, los prejuicios a la hora de encontrar el amor-. Y lo hace, además, con inteligencia. Quizá por ello fue una de las sensaciones del Festival de Málaga -donde conquistó 2 Biznagas: la del Público y la de Mejor Actriz para su protagonista- o en otros certámenes como el de Las Vegas o el de Alicante, donde el personaje principal logró el premio al Mejor Actor.






La historia pivota en torno a Paula (Virginia Rodríguez) y Roberto (Darío Frías), dos treintañeros que acaban de poner punto y final a sus respectivos noviazgos. Para colmo de males, el joven anda prendado de Paula, pero ella parece no hacerle el mínimo caso porque aún sigue enamorada de su ex novio que, a su vez, también es su jefe. Sin embargo, todo cambiará cuando la chica acepte tomarse unas cervezas con un insistente Roberto a la salida del trabajo, cosa que él interpreta como una cita mientras que ella no. A raíz de entonces se irán desarrollando un cúmulo de situaciones perfectamente reconocibles a ojos del espectador, momentos en los que todos nos podemos identificar. Este hecho, unido al carisma de sus intérpretes, es la clave para que esta comedia de apenas hora y cuarto de duración conecte con el público. Aunque haya quien acuse al argumento de trillado y que su punto de partida no sea muy original, conviene advertir que Fernández Goizard da con la fórmula del éxito al alejarse de lo que estábamos acostumbrados en ver en el humor español. Por mucho que a primera vista no lo parezca, Esto no es una cita se aleja de la manida mecánica de comedia de enredo o de humor salvaje del otro lado del Atlántico -tipo hermanos Farrelly-: aquí se apuesta más por la confrontación verbal, por los diálogos rápidos, al más puro estilo de Woody Allen, o por recuperar la esencia de Cuando Harry escontró a Sally (Rob Reiner, 1989).

Ágil, amena y muy divertida -no se conforma con buscar la sonrisa, algunos gags también logran la carcajada-,  la película esgrime varias bazas a tener en cuenta, desde un nivel de actores secundarios a la altura de sus protagonistas -María Garralón, Fernando Cayo o la gran Alexandra Jiménez, que le da un plus de espontaneidad y naturalidad a todo lo que hace-, la frescura de su par de momentos musicales con unas canciones muy bien escogidas -ojo a ese "No sé decirte no", de Adiós Springfield- pero, sobre todo, lo bien escritos que están sus dos personajes centrales. El guionista convierte a Paula y Roberto en sendos derroches de ternura y humanidad constante pero, a la vez, los traza tan imperfectos como cualquiera de nosotros, en personas de carne y hueso; una no-pareja que pasa del complicidad al enfado en cuestión de segundos, como la mayoría hemos experimentado alguna vez, con ese halo de verdad que los hace grandes. Además, por el camino, Flores nos regala algún momento de oro como esa conversación sobre las películas de terror, usando el pretexto de que en ellas "sólo los que de verdad se quieren son los que sobreviven" como genial metáfora de lo difícil que resulta tener éxito en la jungla en la que se han convertido las relaciones de pareja en un mundo cada vez más individualista.

Film honesto y sano en sus intenciones, si de algo puede presumir Esto no es un cita es que, además de que durante toda la película pasas un rato estupendo, es el mejor remedio para desconectar de tus problemas. La segunda incursión en el largometraje del responsable de Proyecto dos (2008) y realizador de series de televisión como Águila Roja o Punta Escarlata,  ay, sólo presenta un problema: el no terminar en la escena final de puente. Tras ella, sigue un prólogo del todo innecesario sobre el que se intercalan los títulos de crédito. Aún así, este aspecto, junto a una puesta en escena algo descafeinada, son males menores para un trabajo víctima de la crisis económica que, a pesar de su escasa distribución comercial y ausencia de publicidad -o precisamente por esto- merece la pena reivindicar especialmente.





Etiquetas:   Cine   ·   Comunicación   ·   Cultura

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