.”
Ellos, después de oír al rey [Herodes], se pusieron en camino, y he aquí que la
estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y
se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
Al ver la estrella se llenaron de
inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y,
postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de
oro, incienso y mirra." (Mt 2, 1-2, 9-11)
La iconografía del tema de la Adoración de los Magos o Adoración de los
Reyes ha sido siempre muy representada en el mundo del Arte. En los Evangelios,
sólo menciona el hecho de la visita de sus Majestades el Evangelista Mateo. El
tema en el arte fundamentalmente ha sido desarrollado gracias a los Evangelios
Apócrifos, y más en concreto a los Apócrifos de la Natividad, como el
Protoevangelio de Santiago (Tratado histórico acerca de la Natividad de la
Madre Santísima de Dios y siempre Virgen María); el Pseudo Mateo, que sitúa la
visita de los Magos dos años después del nacimiento del Niño Jesús; así como el
Liber de Infantia Salvatoris, que es de donde proviene la tradición que acaba
en la denominación de “Reyes”, pues en todos los demás Evangelios (incluido
Mateo) se asegura que son Magos. En el Liber de Infantia Salvatoris ellos
mismos afirman refiriéndose al recién nacido: “Le servirán los Reyes y todas
las tribus de la Tierra le adorarán”. Y es de aquí de donde procede la
costumbre de denominarlos Reyes.
El tema de la Adoración de los Magos o Epifanía ha simbolizado la
universalidad de la religión. Las enseñanzas de Cristo son para pobres y ricos;
y todos, desde las más diversas partes del mundo (como los Magos) pueden
adorarle. Es por ello, que a partir de mitad del siglo XV, se comenzó a
representar a una de sus majestades de color negro (simbolizando así todas las
tribus y razas adorando a Cristo).
Fue un asunto religioso muy representado a lo largo de todos los siglos:
desde los sarcófagos paleocristianos, como el de Layos, que se conserva en el
Museo Marés de Barcelona; hasta las pinturas sobre tabla riquísimas en pan de
oro y detallismo tanto en tejidos como en pliegues, joyas y peinados. Observen
este detalle del óleo sobre tabla de Gentile da Fabriano (1423), que se expone
en la Galería de los Uffizi de Florencia.
Velázquez da un giro absolutamente relevante a la representación de este
episodio evangélico. Se basa en los conceptos de la Contrarreforma para su
realización, cimentando la iconografía y la representación de los diferentes
personajes en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, que como
indica Elena Ragusa, “consideraban la espiritualidad como un elemento que
pertenece a nuestra cotidianeidad, perceptible con nuestros sentidos”.
Pertenece a los primeros años sevillanos de Velázquez, donde pinta lienzos
de asunto religioso, y donde recoge los principios del naturalismo de
Caravaggio, del tenebrismo y del claroscuro. Es también en esta época cuando
comienza a pintar retratos, como el de Sor Jerónima de la Fuente (1621).
Probablemente comienza en esta Adoración ensayándolo, ya que para dar vida a
los protagonistas de la escena, y muy al modo de Caravaggio, utiliza a miembros
de su familia. Por ello, se puede distinguir al niño Jesús con su recién nacida
hija Francisca; la Virgen podría resultar ser cualquier muchacha sevillana,
pero muchos autores han atribuido su rostro al de su mujer; y en cuanto a los
Reyes Magos, Melchor podría ser su suegro Pacheco; Gaspar, Velázquez; y
Baltasar un sirviente de la casa.
Al fondo del cuadro ya se atisba un ensayo de paisaje crepuscular tenebrista,
que cultivará más adelante, en obras fundamentales como Las Lanzas o San
Antonio Abad y San Pablo Ermitaño, por poner unos ejemplos.
La escena está representada con una sencillez inusual, ya que el encargo
fue para el noviciado de los jesuitas de San Luis de Sevilla (el espino que se
encuentra en el ángulo inferior derecho puede corresponer a una reliquia que
poseía este Santo francés). Esta modestia también se puede comprobar en los
ropajes de los Magos, exceptuando los cálices y el cuello de la vestimenta de
Baltasar. Con ausencia de ornamento y de pompa, muy al estilo italiano que se
realizaba en aquel momento.
Velázquez estudiaba e investigaba todas las pinturas que llegaban de Italia
a Sevilla a través de pintores que habían viajado al país transalpino. Palomino
dice que estaba al tanto de lo que hacía el valenciano Ribera, sobre todo de su
serie de los Sentidos, que tuvo especial importancia e influencia en la pintura
más temprana de este artista de primera línea.
Autor: Diego Velázquez
1619
Óleo sobre lienzo
203 x 125 cm
Museo del Prado, Madrid
Bibliografía:
Pérez Sánchez, A.:
Pintura Barroca en España. 1600-1750. Manuales de Arte Cátedra. Madrid, 1996.
VV.AA.: Velázquez.
Biblioteca El Mundo. Serie: Los Grandes Genios del Arte. Vol. I. Madrid, 2005.
VV.AA.: Evangelios
Apócrifos. Estudios y Ensayos de Teología. Biblioteca de Autores Cristianos.
Madrid, 2004.
Fotografías: Escaneadas
por la autora de libros de su propiedad.