La gran estafa americana

La mayor virtud de La gran estafa americana (David O. Russell, 2013) es también su mayor proeza: condensar lo mejor y peor de los años 70 con una rigurosidad histórica aplastante. Reverberando el cine de Scorsese -Casino (1995), Malas calles (1973)-, la nueva película del director de El lado bueno de las cosas (2012) fulmina el Sueño Americano a través de un relato donde se entremezcla la corrupción, la estafa y la descomposición moral con todos aquellos elementos de la cultura popular que han convertido a esta década en una de las más inolvidables de la historia reciente, como son la explosión de la música disco en el ecuador de la misma o los looks tan estrafalarios como desbordantes de encanto. A pesar de que habla de algo tremendo, la película apuesta por la senda del humor -atención al gag del peinado que abre la cinta, heredero director del slapstick-, razón por la que se explicaría su déficit de mala baba y, también, de visceralidad. Algunos pasajes violentos son resueltos de forma excesivamente familiar, echándose en falta ese espíritu de potencia dramática, de salvajismo incluso, de Tarantino. Mal menor, en todo caso. 

 

. Russell, 2013) es también su mayor proeza: condensar lo mejor y peor de los años 70 con una rigurosidad histórica aplastante. Reverberando el cine de Scorsese -Casino (1995), Malas calles (1973)-, la nueva película del director de El lado bueno de las cosas (2012) fulmina el Sueño Americano a través de un relato donde se entremezcla la corrupción, la estafa y la descomposición moral con todos aquellos elementos de la cultura popular que han convertido a esta década en una de las más inolvidables de la historia reciente, como son la explosión de la música disco en el ecuador de la misma o los looks tan estrafalarios como desbordantes de encanto. A pesar de que habla de algo tremendo, la película apuesta por la senda del humor -atención al gag del peinado que abre la cinta, heredero director del slapstick-, razón por la que se explicaría su déficit de mala baba y, también, de visceralidad. Algunos pasajes violentos son resueltos de forma excesivamente familiar, echándose en falta ese espíritu de potencia dramática, de salvajismo incluso, de Tarantino. Mal menor, en todo caso. 
La acción de este thriller político carbura cuando una pareja de sofisticados estafadores, Irving Rosenfeld (Christian Bale, irreconocible en un papel que le exigió una gran transformación física) y su astuta amante Sydney Prosser (Amy Adams), se ven presionados a trabajar para Richie DiMaso (Bradley Cooper), un agente del FBI que les promete salvarlos si les ayuda a capturar a los políticos mafiosos de Nueva Jersey, entre los que se encuentra su máximo gobernante: Carmine Polito (Jeremy Renner). La irrupción en escena de la esposa de Irving, Rosalyn (Jennifer Lawrence), podría dar al traste con los planes de una campaña, en teoría, perfectamente orquestada. Basada en hechos reales, esta historia escrita a cuatro manos entre el director y Eric Singer toma como referencia el caso Abscam, un delito de corrupción que conmocionó a la sociedad americana de aquel entonces. A pesar de que es inmisericorde a la hora de reflejar la volatilidad del ser humano para delinquir, uno de sus temas centrales y por los que la película tiene plena vigencia en nuestros días, lo extrañamente paradójico son las ganas que nos entran de quedarnos a vivir en ella. Quizá porque, en el fondo, más allá de husmear en los más bajos instintos de sus personajes o de estar articulada en torno a la mentira -todos y cada uno de ellos tienen algo que esconder-, el film camufla un homenaje a la década que toma como referencia. 

Con toques de Fiebre del sábado noche (John Badham, 1977), la película sobresale por su gran selección musical:  Tom Jones y su Delilah, Elton John y su Goodbye yellow brick road, los Bee Gees y su How can you mend a broken heart o Wings y su Live and let die. Canciones, todas, que transmiten el espíritu de juerga, de locura y de alegría que nos hace remembrar los 70 con cierta nostalgia. Auténtica cascada de ironía y de humor negro, la ganadora del Globo de Oro a la Mejor Película Comedia también rezuma gran sentido del espectáculo gracias a un guión inteligente que entrelaza las situaciones con gracia, no deja cabos sueltos y va transformando la función en un relato de supervivencia -como bien ejemplifica el personaje de Cooper, paradigma también de la gran e imprevisible evolución a la que el libreto somete a sus roles-. Muy cuidada estéticamente, con especial atención en la ambientación y en el vestuario, La gran estafa americana funciona porque juega a ser políticamente incorrecta y sabe que lo que cuenta es terriblemente actual. Medio siglo después, el mundo vuelve a estar dominado por los pícaros, los pillos y los ladrones, por lo que esta especie de sátira, esta inclemente -y a veces algo descafeinada- caricatura que aquí se elabora es perfectamente extrapolable a nuestros días. 

Elegante pero también previsible, La gran estafa americana no es una obra maestra, pero está bien documentada, mejor dirigida -Russell termina aquí de pulir su estilo- y todavía mejor interpretada -incluso por sus secundarios, entre los que destaca un Robert de Niro que brilla en su papel de gángster-. Su ritmo trepidante, su descarga de energía o el cómo se las ingenia el director para entroncar la más disparatada comedia con el más comatoso de los escenarios sociales son motivos suficientes para introducirse en esta cápsula del tiempo y viajar hasta la época de los peinados imposibles... en la que todo, absolutamente todo, es posible. 

UNETE



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