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Sumar-sumar, antes de que nos maten en el intento


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25/01/2014

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Desde los días que han seguido a la última de las convocatorias electorales venezolanas, se ha desatado en Venezuela, en los lados de la no siempre bien llamada Oposición, un reiterado pero confuso cuestionamiento a los procedimientos y principios de actuación diseñados y puestos en práctica por la MUD, que veo decantando en una pérdida del liderazgo labrado y alcanzado en los últimos años, no sin considerables esfuerzos y riesgos, por el gobernador Henrique Capriles.

No soy caprilista, ni soy analista político profesional, ni tengo mayor interés en este asunto que el de un ciudadano quien, aparte sus ocupaciones y exigencias de vida dadas por una ciudad violenta y desabastecida como Caracas, tiene el privilegio de contar con un espacio de reflexión dentro del ambiente universitario que le permite pensar de manera sistemática, aunque modesta, en Democracia.

En tal carácter, surgen las siguientes líneas.

En primer lugar, pienso que la desconexión social que hoy vivimos en Venezuela, es algo que nos hemos ganado y que, en su origen, no nos la impuso nadie. Somos responsables todos, unos más otros menos y, aunque como individuo me cuesta encontrar aquello que hice mal y que ayudara a provocar este estado de cosas, como parte del grupo generacional al que pertenezco he llegado a la conclusión de que fallamos; fallamos estrepitosamente y no tenemos manera de dejarle a nuestra descendencia una herencia menos onerosa que la supuesta por la inmensa deuda que exponencialmente acumulamos en los últimos lustros: Y no me refiero a la sola deuda financiera que el país ha contraído con chinos y otros afilados prestamistas internacionales, sino a la supuesta por el enmarañado entuerto social y político en el que ha quedado convertida hoy Venezuela.

En segundo término, creo que la confrontación que de manera inédita hemos alimentado en los últimos dieciséis años participando en tantas competencias electorales de dudosa validez, más allá que alimentar una ilusión de democracia que nos ha terminado provocando el desencanto propio de quien sale derrotado después de reiterar de buena fe en un juego que de antemano sabe va con cartas marcadas, con dados cargados.  Pero resulta que, si se quiere como compensación, a lo largo de esa confrontación electocrática ­­-que no democrática-, se ha podido materializar un proyecto de asociación o alianza que, bajo el acrónimo MUD, ha supuesto una coalición, si no de ideales, al menos de valores y para un programa de trabajo que se supone devolverá al país una paz que inexplicablemente nos abandona.



Sabemos bien que toda reunión de personas está hecha de coincidencias y diferencias, de superávits y déficits, Y que funcionan tales reuniones gracias a que lo primero supera en cuantía o importancia a lo segundo. La MUD no escapa a esta característica. Sólo que hoy, desgastados como estamos, incrédulos, y casi desesperados por ver un adecentamiento de las instituciones, públicas y privadas, y conseguir un país más vivible, pretendemos soluciones distintas a las practicadas hasta hoy y criticamos la manera como la MUD ha propuesto hacer las cosas: Que tomemos la calle, pero nadie dice cómo y cuándo ni valora su eficacia y sus riesgos. Que María Corina o Leopoldo lo habrían hecho mejor que Henrique, pero nadie asoma la calidad de esa manera mejor. Que mejor nos vamos, y que otros arreen el muerto, pero nadie dice para dónde irse, ni como, ni organiza las exequias del supuesto cadáver.

Yo creo que estamos inmersos en una tremenda confusión que, por un lado nos lleva a despreciar los aciertos y, por otro, a sobre estimar las carencias de la MUD.

Más allá de los análisis que supongo ellos habrán hecho en su seno, yo creo que muchos estarán de acuerdo conmigo en que el principal activo de la MUD es la suerte de confederación de voluntades que, de manera estructurada o no, ha logrado acumular. Y también debe haber muchos, de acuerdo en que la principal carencia de esa mesa mal servida es una tremenda falta de comunicación con el país entero, que no dudo en decir que se pudiera aún resolver con un mejor Marketing. Y me permito escribir este anglicismo con mayúscula y en cursiva porque considero, hoy más que nunca, urgente e insoslayable la cobertura de esta deficiencia.

Hacer el Marketing pienso, implica muchas cosas: en primer término suplir las deficiencias de comprensión sobre lo que somos como país y como individuos, social y políticamente hablando, luego, entender mejor las aspiraciones y preferencias de los ciudadanos, inclusive, comprender qué entiende cada uno por la palabra ciudadano. También, gerencialmente hablando, supone unos objetivos a alcanzar, unas metas,  unos recursos, unas inversiones, unos beneficios y, sin duda lo más importante, una comunicación racionalmente estudiada e implementada que garantice que todos sepamos cuál es el rol que mejor podemos ejecutar y qué podemos esperar de ese ejercicio.

Hoy, la mayoría de nosotros, inclusive de los mejor informados, no tenemos idea de qué planea la MUD hacer en los próximos meses frente al país, ni tampoco el candidato Capriles. No dudamos de que trabajan, pero no sabemos en qué: qué cronograma de eventos visualiza, cuáles son las valoraciones de país que está haciendo, qué propone respecto a cada una de las cosas que nos están dolorosamente afectando: abastecimiento de los mercados, seguridad pública, servicios de salud, eléctricos, de información y comunicación, de aguas, de política comercial, seguridad jurídica, libertad de pensamiento y de acción, etcétera.

No sabemos nada de nada, sólo que vamos agotándonos y que nuestras reservas físicas y morales van cayendo vertiginosamente, y que se está perdiendo una oportunidad dorada de conectar a los venezolanos todos, rojos, menos rojos y de todos los demás colores, alrededor de un proyecto que signifique algo más que criticar lo que uno u otro personaje del gobierno hace o deja de hacer. Un proyecto que convoque a los que puedan y quieran aportar, cada uno en el campo de su dominio.

No veo a la MUD como un partido. Pero tampoco la concibo como una simple máquina electoral. Más bien la quisiera pensar como un ente suprapartidista que, con visión de helicóptero pero con vocación de carpintero, funja como agente responsable de disciplinar la reconstrucción de una sociedad que no puede esperar más a que nombren en la presidencia a tal o cual persona para empezar a reformularse. No creo alcancemos a tolerar ya, por mucho más tiempo, la erosión sostenida de nuestro capital humano, bien sea por desgaste o por migración.

A los efectos, se me ocurren valiosos dos movimientos urgentes concretos:



a)     Que los diputados que con mayoría nacional de votos elegimos hace varios meses a la Asamblea, nos digan semanalmente en qué emplearon su tiempo, qué asuntos de interés público ayudaron a controlar y qué leyes están diseñando o tienen en mente hacer valer una vez que cesen los poderes especiales del presidente. (Y vaya otro anglicismo: accountability)



b)    Que las autoridades de la MUD designen algo como un Gabinete Sombra, con personas calificadas e identificadas para cada rubro, que se dedique a hacer contrapeso comunicacional a la acción de gobierno, genere opinión y oriente y coaligue las voluntades de la ciudadanía dispuesta a la reconstrucción.

Serían ambas cosas el caldo de cultivo necesario y suficiente para que podamos hacer el marketing al que me refiero. No hacer ese par de movimientos, o algo equivalente, contribuiría a poner morado este otro caldo de desesperanza en el que vamos sumergiéndonos.

Es un salto conceptual el que se impone para la búsqueda del significado del país que necesitamos y queremos, donde lejos de los populismos de distinto color y género podamos ensamblar, apartándonos del cortoplacismo de las encuestas electorales y cuidando no embarcarnos en el reinvento de la pólvora democrática, las mejores iniciativas para un bienestar que hoy vemos diluyéndose en esfuerzos de poco valor añadido pero de un inmenso costo individual que no sabemos hasta dónde seremos capaces sostener antes de morir acribillados por una de las balas que sí parecieran responder a un plan de marketing bien estructurado, que es el de nuestra industria de la muerte. 





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Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Democracia

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