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Al TRAM, tran


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19/01/2014


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El TRAM es un trolebús, que va por vía exenta y permite circular con rapidez por la ciudad. TRAM es un acróstico, o algo parecido, de Transporte Metropolitano de La Plana. La Plana es un territorio situado en el centro del litoral de Castellón, que barca dos comarcas: La Alta y La Baja, con una extensión, entre las dos, de 1.560 km2, y una población aproximada de 460.000 habitantes. Es decir, en la dos Planas vive más del 75% de la población de Castellón, en un territorio que apenas llega al 23% de la superficie total de la provincia. Ahí están los datos para propios y extraños. Ahora cabría preguntarse a qué vienen tantos números simplones y de fácil consulta por internet. Pues amigos, aunque parezca mentira, una geografía que condensa casi toda la población de la provincia, en la que las distancias son cortas, si tenemos en cuenta, además, que la mayoría de la población viven en una decena de localidades, que no distan entre sí más de cincuenta kilómetros, y tienen como centro la capital de la provincia, (voy a decir algo tonto, por sabido), no tiene un transporte público integrado que conecte el territorio, haciendo que cada localidad casi viva de espaldas a los otras. Es decir, en el año 2014, las comunicaciones con transporte público en La Plana son peores que en la primera mitad del siglo pasado, cuando existía La Panderola, ese tren que hoy se mira con nostalgia, que unía la localidad de Onda con el Grao de Castellón, pasando por algunas de las poblaciones más habitadas de la zona, y que el desarrollismo especulativo de los años sesenta y la necesidad de vender coches como churros, para que creciera la industria automovilística por la que había apostado el régimen, acabó con este tren, que podía haber sido el germen de un trasporte público que cubriera las necesidades futuras de la población.


                Volvamos al TRAM. El trolebús que está durando más que la obra de El Escorial. Primero alguien debería explicar, quizá su valedor, el actual presidente de la Generalitat, por qué, en aquel momento, concejal de urbanismo de la ciudad de Castellón, optó por ese trolebús, que iba a ser guiado automáticamente, y no por el tranvía, como reclamaba una gran parte de la sociedad y tenían la mayoría de las ciudades europeas, incluidas las valencianas Alicante y Valencia. El TRAM iba a ser, hace más de una década, cuando se presentó el proyecto, la gran alternativa de transporte urbano y metropolitano de La Plana. Conectando, como una Panderola moderna y sin vías, sus principales localidades. Era el colmo de la modernidad, y encima con un solo ojo, como cíclope contemporáneo que guiaría los sueños de comunicación de los sufridos habitantes de la comarca.

                Sin embargo, como ya nos tienen acostumbrados estos dirigentes de la derecha más rancia que gobiernan desde tiempos ya inmemoriales la provincia y la Comunidad, todo aquel proyecto, hoy, casi tantos años después cono ellos gobiernan, se reduce a un trozo de línea que une la universidad con El Corte Inglés, un conflicto entorno a su paso futuro por el Parque Ribalta y unas obras interminables (lo acabado ya se ha convertido en el carril bici más ancho y espacioso del mundo) que, algún día unirán la UJI con el Grao, que tanta falta hace. Un desastre, vamos, que al final está recogiendo el rechazo de la población y dejando en ridículo a quienes gobiernan. En el olvido han quedado la Línea 2 y las conexiones con Benicasim, Villarreal, Burriana, etc. prometidas, y la ciudad de Castellón vive en un caos permanente de tráfico, debido a que, con la plataforma del TRAM prácticamente acabada, no se ha reorganizado el tránsito, a la espere, o eso dicen, de terminar la obra.

                No obstante, a pesar de que no es la mejor opción, ni la deseada por quien escribe esto, me gustaría hacer algunas observaciones de comportamientos, quizá motivados por empecinamientos políticos, que también están retrasando la puesta en funcionamiento del TRAM. Quizá hubiese sido mucho más efectivo que los titubeos y las declaraciones populistas al run-run del enfado de la gente por las molestas obras, que se hubiera dado el apoyo a este medio de transporte, una vez visto que la opción del tranvía quedaba descartada en las urnas. Si se hubiera producido esta entente por un transporte público eficaz, cómodo, rápido y asequible a los bolsillos, es posible, digo, es posible, que todo se hubiera acelerado un poquito más. Porque el resultado de todos estos años de desencuentros, soberbia gubernamental, testosterona y poca habilidad política, es que Castellón sigue teniendo uno de los transportes públicos más ineficientes de España, y que el coche privado, con sus consecuencias medioambientales y económicas, sigue siendo el medio utilizado por la mayoría de los castellonenses, a falta de otras alternativas.

                Mención aparte, me gustaría hacer, aunque fuera breve, al conflicto del paso del TRAM por el Parque Ribalta. De todos es sabido la poca consideración que han tenido los sucesivos gobiernos municipales de Castellón, en los veinte últimos años, hacia la cultura y el patrimonio cultural. Lo hemos podido ver en muchas ocasiones, la última en el enterramiento de la puerta y muralla medieval, que ha aflorado con las obras del trolebús. Las autoridades no han encontrado una mejor solución que taparla para la historia. Ya se ocuparán otros de ese problema. Esta actitud es la que ha llevado al conflicto que actualmente puede retrasar, una vez más, la puesta en funcionamiento de toda la línea 1 del TRAM. Es cierto que el Parque Ribalta es un BIC (Bien de Interés Cultural) y que el TRAM nunca debería haber pasado por su interior. Eso quedará en la herencia que el PP va a dejar a esta ciudad: su falta de cintura para la negociación y solución del problema, con el mayor consenso posible. A pesar de que muchas veces el consenso no es fácil. Pero también hay que reconocer que la intervención hecha sobre el Parque, para el paso del trolebús, ha sido respetuosa con el entorno y ha puesto en valor un área del mismo degradada, convertida en aparcamiento sobre polvo y barro. Esa sí que era una imagen que deterioraba el Parque Ribalta.

                Sería bueno que, por una vez en Castellón, dejáramos de pensar que las soluciones tienen que venir de fuera y nos pusiéramos el traje de faena para arreglar nuestros problemas. Quizá, si hubiera sido así, hoy podríamos ir de Benicasim a Burriana, sin mayor preocupación que la de leer un buen libro. 



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