Ocupan espacio en mi biblioteca los pesados volúmenes de fisiología y bioquímica de mi padre. Ahí están guardando polvo y a la espera de un destino que no puede ser mejor que el de la polilla y la pudrición. Me pregunto si alguien los querrá pero me temo que el conocimiento que entrañan tiene su medio siglo de obsolescencia. Sólo un coleccionista improbable se interesaría por esos antiguos libros de ciencia lujosamente encuadernados. Y ahí permanecen, monumentales y sin uso. Pero, algo me impide entregarlos al reciclaje que los convierta en pulpa provechosa. Es esa devoción por el libro como objeto.



