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Es
la primera obra dramática llegada hasta nosotros en la lengua de
Castilla y la única que poseemos, en su especie, hasta bien avanzado el
siglo XV. El texto conservado es un fragmento de 147 versos
polimétricos, que fue descubierto por el mencionado Felipe Fernández
Vallejo en un códice de comentarios bíblicos de la catedral toledana;
copió el texto en sus Memorias y disertaciones…aludidas. Lo
publicó por primera vez Amador de los Ríos en 1863, y él y Manuel Cañete
fueron los primeros en destacar la importancia de la obra. Menéndez
Pidal lo estudió y editó en 1900, y antes y después ha atraído la
atención de numerosos investigadores, que han examinado aspectos
diversos del Auto: fuentes, fecha, fonética, lenguaje, grafía,
medida de los versos, relación con otros textos ingleses o franceses,
etc. Menéndez Pidal, en su edición citada, basándose en datos
paleográficos, supuso compuesta la obra a finales del siglo XII o
principios del siglo XIII; pero ocho años más tarde propuso adelantar la
fecha hasta mediados del siglo XII. De ser así, el Auto de los Reyes Magos habría sido escrito pocos años después que el Poema de Mío Cid. El nombre de Auto le fue designado por Menéndez Pidal en su edición de 1900, y es el que ha prevalecido; con todo, él mismo lo denominó Misterio
en ocasiones posteriores. Como quiera que uno y otro término no se
documentan hasta bastante tiempo después, Lázaro Carreter propone el
título de Representación, que es el utilizado en las Partidas para designar las dramatizaciones litúrgicas en los templos.
Desde las primeras investigaciones se aceptó el hecho de que el Auto o Representación de los Reyes Magos
era una adaptación castellana de algún drama litúrgico francés; tan
solo Arturo Graf defendió su carácter indígena, pero sin razones
positivas. Los estudios de Winifred Sturdevant han confirmado el origen
francés de las fuentes del Auto, pero además han puesto de relieve que
no se trata de representaciones litúrgicas, como se imaginaba, sino muy
probablemente de obras en lengua vulgar, conclusión a la que llega
mediante la comparación de la obra española con los dramas litúrgicos
conocidos sobre el tema de los Reyes Magos. Para Stundevant las
semejanzas se encuentran, por el contrario, en diversos poemas
narrativos franceses sobre la infancia de Jesús, tales como el Évangile de l’Enfance, basado en el apócrifo Evangelium Infantiae, atribuido a San Mateo; y no es de descartar tampoco el influjo de alguna representación vernácula francesa.Donovan,
apoyándose a la vez en los trabajos de otros investigadores, desarrolla
las implicaciones que pueden derivarse del estudio de Sturdevant.
Resulta que el Jeu d’Adam francés, el más antiguo texto conocido
de una representación escrita en dicha lengua, muestra tan solo un punto
de contacto con los dramas litúrgicos – la procesión de los profetas -;
pero ninguna de sus otras partes – la deliciosa escena de Adán y Eva,
el episodio de Caín y Abel – ha sido hallada en especie alguna de
representación litúrgica. A semejanza del Auto de los Reyes Magos
castellano tenemos, pues, un ilustre ejemplo francés que no se origina
por desarrollo de tropos litúrgicos, sino independientemente, de otras
fuentes, sean bíblicas, narrativas o cualesquiera otras. De tales hechos
se deducen importantísimas consecuencias: primero, que la no existencia
incluso de tropos lingüísticos no arguye en absoluto contra la práctica
de las representaciones en lengua vulgar – los dos más antiguos
ejemplos conocidos, en castellano y en francés, lo prueban claramente; y
segundo, que la existencia de dramas religiosos en lengua vulgar tenía
lugar en Francia y en Castilla un siglo antes de que Alfonso el Sabio se
refiera a ellos en las Partidas como una realidad habitual. Que
la práctica de las representaciones en lengua vernácula es mucho más
antigua de lo que venía admitiéndose lo prueba el caso de Sponsus francés,
primer drama litúrgico en que aparece parcialmente la lengua vulgar; la
máxima autoridad de esta pieza – según recuerda Donovan -, L.P. Thomas,
en su edición crítica de la obra, afirma que fue compuesta en los
últimos años del siglo XI, y como se trata de la adaptación de otra
pieza escrita en el norte francés, el original, consecuentemente, es aún
más antiguo.Su autor se esforzó por
escribirlo en la lengua más general a la heterogénea población toledana
de entonces: castellano con fuertes residuos mozárabes o mozárabe
fuertemente castellanizado. La práctica de las representaciones
dramático-religiosas en lengua vernácula puede explicarse,
consecuentemente, como una importación del país vecino.Lázaro
Carreter admite igualmente el hecho de que clérigos franceses
introdujeron en Castilla el teatro religioso, pero lo hace después de
ciertos titubeos y no sin contradicciones. Se pregunta, comentando la
hipótesis de Donovan, de dónde tomaron sus modelos esos supuestos dramas
religiosos populares; él mismo contesta: los trajeron o imitaron de
Francia. Aunque parece ver en ello algo como una anormalidad: ¿qué
remedio queda – se pregunta – sino atribuir a influjo francés la
introducción y el desarrollo de nuestro teatro religioso? Bien, ¿qué
remedio? Pero el problema que se discute no es el origen, sino la
existencia y difusión de dicho teatro. En las conclusiones finales, al
referirse a la importación francesa, parece aludir de nuevo a algo hecho
como de tapadillo y a modo de cura de urgencia: “la clerecía francesa,
numerosísima e influyente en aquella época, importó apresuradamente…”
¿Por qué apresuradamente? A la velocidad que fuera. El Auto o Representación, de los Reyes Magos,
compuesto en versos de nueve, siete y catorce sílabas, comienza con los
tres monólogos de los Reyes, en los que cada uno de éstos afirma haber
visto una estrella desconocida, lo interpreta como señal del nacimiento
del Mesías y decide ir a adorar al recién nacido. Puestos en marcha, los
tres Reyes se encuentran y convienen en caminar juntos. Melchor se
pregunta cómo conocerán la divinidad de Jesús y Baltasar propone que le
ofrezcan oro, mirra e incienso; si escoge este último será prueba de que
es el rey del cielo. Los tres Magos acuden entonces a visitar al rey
Herodes; éste, sorprendido, les ruega que busquen al nuevo rey y que
vuelvan a darle noticia. Al salir los Magos, Herodes se enfurece, llama a
sus consejeros y les pide información, pero aquéllos fingen no saber
nada. Y aquí se interrumpe el texto conservado. Cabe imaginar que la
obra conluirá con la adoración de los Magos en el portal de Belén y que
la representación quedaría cerrada con el canto de un villancico.El arte del Auto
es muy elemental, según es de esperar en la misma infancia de un
género, que posee una deliciosa ingenuidad poética, corre con fluidez y
no carece de momentos acertados, como la duda de los Magos, el recelo de
Herodes y los embustes de los rabinos, que debían de constituir, con
sus aspavientos, el elemento cómico de la obra. Hay un intento, aunque
rudimentario, de caracterizar a los personajes, ciertos rasgos de humor y
pinceladas realistas de sabor muy castellano. Lázaro Carreter, que
acepta en la obra “rasgos de casi segura precocidad” y que la llama
luego, con entusiasmo algo subido, “espléndido drama religioso”, ha
demostrado en su versión modernizada que bastan unos leves toques de
poética escenificación, para extraer muy bellos resultados de tan
sencillo texto. Sin duda, fue representado en su tiempo con ayuda de
ciertos recursos que coadyuvarían al efecto plástico de la obra. Ni
siquiera nos parece necesario suponer en aquella etapa tan primitiva la
“escena múltiple horizontal” que propone Díaz-Plaja; quizá, y era ya
suficiente, los tres Reyes aparecían y recitaban sus monólogos en
distintos lugares de la iglesia, claustro o plaza donde tenía lugar la
representación, mientras otro emplazamiento semejante, de fácil
preparación, simulaba el palacio de Herodes; el ámbito utilizado
ofrecería más que sobrado lugar para el peregrinar de los tres Magos. Menéndez
y Pelayo subrayó ya la forma polimétrica del Auto, que aunque sería
excesivo relacionar con aquella peculariedad del teatro español del
Siglo de Oro, en cierto modo la prefigura o anticipa: y destacó también
certeramente el intenso dramática con que el poeta procura acomodar los
metros a las situaciones.