Gran parte del imaginario sobre la Patagonia se instituye sobre un tinte mítico, una tierra que ocultaba detrás de si innumerables sueños de los cesares habitantes en sus zonas lacustres, mientras tantos también se presentaba como las pesadillas de una inmensidad poblada por pobladores que no conocían los limites de las cordilleras, ese entrecruzamiento entre la Patagónica pensada como desierto por los señores oligarcas de la naciente República Argentina, y el lugar de bandoleros escapados del viejo oeste, refugio de inmigrantes europeos, un espacio que se miraba como extraño, espacialidad recorrida por el vuelo del creador del Principito, de aquellas islas del fin de mundo en la escritura de Julio Verne, pero también esa tierra que poseía el llanto de los vencidos por las remingtons de las tropas de línea, de las huelgas anarquistas contra terratenientes nativos y extranjeros narradas en la escritura de Osvaldo Bayer.




