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Soriano, Futbol y Patagonia


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01/01/2014


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Gran parte del imaginario sobre la Patagonia se instituye sobre un tinte mítico, una tierra que  ocultaba detrás de si innumerables  sueños de los cesares habitantes en sus zonas lacustres, mientras tantos también se presentaba como las pesadillas de una inmensidad poblada por pobladores que no conocían los limites de las cordilleras, ese entrecruzamiento entre la Patagónica pensada como desierto por los señores oligarcas de la naciente República Argentina, y el lugar de bandoleros escapados del viejo oeste, refugio de inmigrantes europeos, un espacio que se miraba como extraño, espacialidad recorrida por el vuelo del creador del Principito, de aquellas islas del fin de mundo en la escritura de Julio Verne, pero también esa tierra que poseía el llanto de los vencidos por las remingtons de las tropas de línea, de las huelgas anarquistas contra terratenientes nativos y extranjeros narradas en la escritura de Osvaldo Bayer.


 Ahí sobre esa Patagónica escrita entre dolores y sueños, Osvaldo Soriano reconstruyo otro mundo mítico de fútbol, donde recorre las antiguas canchas del Alto Valle, un espacio donde,  el mundial no reconocido por los dueños de la pelota se jugó en las tierras de Barda del Medio , aquel ganado por los dueños de la tierra, baja la mirada atenta del hijo del mítico bandolero, subjetividades que reconocían que para vencer en el juego de los vencedores de la historia había que desconocer las reglas fundantes del mundo que uno habita, lectores silenciosos de esa sentencia que la violencia es fundadora y sostenedora de cualquier derecho.

  En estas tierras los penales no solo eran largos, sino mecanismos que permitían una meditación sobre las posibilidades del amar, la vejez, de un general que enviaba a recuperar las añoradas islas en un partido entre niños ingleses y argentinos, perdidos pero encontrados, la Patagonia era todo eso.

  A esas canchas llenas de sueños, arribo un director técnico venido de una Europa desangrada, aquel que pensaba en el fútbol bello, aun, como los vencedores del mundial, a fuerza de  romper las reglas del deporte, ya que seguramente conocía que en la belleza no existen reglas, solo una intensidad de amor por lo que ella es ante los ojos de cualquiera.

  Osvaldo Soriano, rumbeo por estas canchas, donde poblados se encontraban enfrentados por la pertenencia a un club, donde ser visitante en la mítica cancha de Obrero Dique era condición suficiente para probar pibes, no vaya ser que alguno ganara, ahí sentado quizás en el banco de suplentes del club Confluencia comenzaba a soñar las historias que luego en el devenir de sus manos en las teclas de alguna máquina de escribir le daría vida…  es que en estas tierras del sur, algún 6 le puso el fin de su sueño de gambetear piernas arrastradas por estas canchas sin césped, para iniciarlo en la gambeta de la palabra… manteniéndose fiel a la idea de la belleza sin reglas de un orden con más gusto a pólvora y picana.

 Soriano nos narra en sus Memorias de Mister Peregrino Fernández que en la cancha de Centenario, sede también del mundial jugado en tiempos de la guerra pero no reconocido por la FIFA, sin aclarar si fue en la cancha de la Deportiva o en la de Tiro y Gimnasia, pero la verdad no tiene importancia, su futuro de goleador fue truncado, nadie recuerda el nombre del jugador local que sin querer se transformo en una especie de héroe trágico del fútbol, de su involuntaria acción que se transfigura en un aporte a la literatura nacional, quizás el viento, que forma parte de nuestra hermosa tierra sureña, se guarde el nombre anónimo de aquel 6, rudo como los descriptos en cada pieza del maravilloso mundo futbolero sureño, y girando en medio de las bardas, anciano recuerde algún 9 del club Confluencia, que le gustaban los gatos negros que tenía cerca del banco de suplentes, y se esté preguntando qué habrá sido del pobre chico al que destruí su carrera futbolística.



Etiquetas:   Fútbol   ·   Literatura Latino Americana

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