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Reflexión en torno a la Modernidad Liquida.


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31/12/2013

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Modernidad Líquida 

Las metáforas de las que hace uso Bauman para acercarnos a lo que denomina “modernidad” comparándola con las cualidades propias de los elementos líquidos rompen con muchos esquemas establecidos hasta entonces acerca de qué era lo que se entendía por tal concepto. Atiende así a señalar posturas de diversa índole dispuestas a justificar la necesidad de mantener posicionamientos que en teoría explican la necesidad de aplicar cambios considerados necesarios en la sociedad, en la realidad social de la que todos somos partícipes, a fin de acabar con elementos que se antojan anticuados o que no han permitido ningún tipo de duda (por su consecuente riesgo de tropezar con la posibilidad de perder la vida en el intento o de ser severamente castigado) y que han permanecido estáticos, inertes, al paso del tiempo.

Paradójicamente, algunos puntos de vista refuerzan más aunque no sea su intención última (muchos pensaban entonces que lo más conveniente o “avanzado” se acercaba a sus correspondientes propuestas) la cualidad estática hacia la que Bauman dirige sus palabras. Resalto que, obviamente, porque los contextos sociales previos al actual requerían de medidas y perspectivas diferentes. El racionalismo weberiano que gira en torno a las funciones del Estado acogiéndose a principios comunitarios, las bases del marxismo que exaltaban la libertad (libertad en cierta medida, se entiende; la idea de no depender de nadie queda atrás si ya Marx señalaba la mutua dependencia de los propietarios y el proletariado para producir bienes), etc. 

No defiende el cambio por el cambio, lo que hace es resaltar que en la medida en que la sociedad se tiene que adaptar a los nuevos tiempos se vuelve necesario crear artefactos, funciones, que se acojan a dichas circunstancias. Ya se habían hecho patentes en la rama “sólida” de la modernidad las intervenciones estatales o ajenas que no hagan más que abogar por los intereses de los poderoso, el capitalismo en su pura esencia, la obsesión por el desarrollo (de un tercio del planeta, claro está, en detrimento del resto del mundo), poniendo los valores y tradiciones exagerados, a la idea de que todo lo que venga de la mano de este crecimiento desproporcionado y desmesurado viene acompañado de progreso (de nuevo vuelvo a señalar ¿el progreso del que se beneficiarán quiénes realmente?) 

A sus ojos, por ese lado las estructuras en las que se sostiene la sociedad se han ido volviendo arcaicas y desfasadas. Bauman respalda que las clases sociales no han desaparecido ni se han venido abajo. En todo caso la cristalización que generalmente las ha caracterizado ha sucumbido a una mayor flexibilidad de las mismas, y la “modernidad líquida” que se ha presentado y asentado en nuestras vidas tiene básicamente como punto de apoyo principal el ámbito económico. En este aspecto, la privatización juega un papel elemental y antes o después acaba por forzar que los estados se expongan a un fuerte proceso de globalización sin posibilidad de echarse atrás. Es evidente que dentro de los límites se pueden tomar medidas locales, particulares, pero la repercusión que tiene el exterior en los distintos ámbitos que conforman la vida diaria de los individuos a nivel social es más que evidente. 

Y más si comprobamos que el poder tener cierta capacidad de decisión en lo que concierne a tomar medidas que resulten beneficiosas a dicho estado va de la mano de que tenga o no cierta repercusión económica (que sea una potencia o no, la calidad de vida, etc.), de que sea un estado fuerte o un estado pobre (menguando y cayendo prácticamente a cero las posibilidades de éstos últimos de poder desarrollar acciones que pudieran ser más que sea relativamente significativas y prometedoras para su futuro) 

Las limitaciones acaban formando parte de la vida de los individuos de cara a su capacidad de elección (y no solo así, sino también en lo laboral; no hay más que ver que los contratos basura están a la orden del día), independientemente de que se haya pretendido transmitir la existencia de una libertad jurídica que garantiza contar con cierta capacidad de movimiento y de poder tomar sus propias decisiones a la hora de conformarse como personas. Nuestra vida está guiada por nuestras (falsas) elecciones en cuestión de gustos (artificiales, porque elegimos en base a lo que se nos ofrece y no por lo que realmente queremos). Todo lo que realizamos en nuestro día a día está permeado por la obsesión por lo novedoso, por lo movedizo, por todo lo que resulta volátil. Las élites no han dejado de estar presentes: han sabido adaptarse a lo venidero para afianzar lo más plenamente posible su posición en un mundo cada vez más economizado y ceñido a la idea de vivir pensando en “lo que está por venir”, en un desasosiego constante. 

La utopía de “luchar por cambiar el mundo” y hacer de éste “un lugar mejor” toma cada vez más fuerza, sólo que en lo que se refiere a cómo se le denomina: como máxima del término mismo de “utopía” ¿Cambios? Los ha habido, vivimos en una situación de cambio constante porque se nos ha creado esa necesidad de estar constantemente buscando la novedad ¿un lugar mejor? Para mí sí, por ejemplo. Decir lo contrario sería hipócrita. La diferencia principal entre yo y una persona que viva en la más absoluta pobreza es haber nacido aquí o allá. Evidentemente, está el que me haya preparado para poder tener un puesto de trabajo (suprimiré por lo pronto lo de estable por más que sea a lo que todos aspiremos) y hasta eso es otra muestra clara de esta “modernidad líquida”: se nos vende la idea de que somos el resultado de nuestras propias acciones (cada cual de las suyas), de nuestro propio esfuerzo, y quien no está donde estoy yo es simplemente porque no se ha entregado lo suficiente para conseguirlo.



Etiquetas:   Sociología   ·   Modernidad Líquida   ·   Zygmunt Bauman

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