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La pobreza no es una maldición divina


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21/12/2013


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En las últimas semanas vienen produciéndose noticias demoledoras sobre la muerte de personas como consecuencia de la situación de pobreza que existe en España. Suelen ser desgracias provocadas por incendios e intoxicaciones por estufas y braseros en malas condiciones, que ¡oh casualidad!, tienen siempre la pobreza de sus afectados como protagonista. A esta triste situación, que convierte el invierno en una trampa mortal, hay que añadir el grave problema alimentario que se está produciendo con niños que empiezan a tener síntomas de malnutrición, o la ya normalizada visión de personas buscando comida en los contenedores de basura. Asistimos impotentes al, quizá, mayor problema que tiene la sociedad española, catalanes incluidos, de la generalización de la pobreza en  nuestro país, hasta niveles nunca conocidos desde que la democracia acabó con las grandes desigualdades del franquismo.


                Esta es la realidad más fea que tenemos encima: la de un país en el que la pobreza se va extendiendo como una epidemia social y sanitaria, sin que los gobernantes actuales hagan nada por remediarlo, es más, gracias a las políticas de recortes y exclusión social que estos dirigentes están aplicando. Porque la pobreza no es una maldición divina como la Iglesia católica y otras confesiones religiosas nos quieren hacer ver. Ni por tanto se elimina mediante la caridad, que acaba convirtiendo la pobreza en un mal estructural, que no tiene solución, y a los pobres en instrumentos del poder eclesiástico para seguir aplicando su doctrina de fe, esperanza y caridad. Fe, para que puedan soportar su mala suerte en la vida; esperanza, para que vivan con la falsa creencia de que algún día su estrella cambiara –quizá en el cielo: “Bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos”-; y caridad, como medio de poder soportar la pobreza del día a día, y sostener esa Iglesia de los pobres que hace que vivan tan bien sus altos dignatarios.

                Pero más allá de las causas divinas de la pobreza, están las causas políticas. Aunque en este caso, si echamos una mirada al binomio Iglesia y poder político, que a lo largo de la historia ha dominado la sociedad española, habría que decir, que gracias a la justificación divina de la pobreza, vienen las causas políticas, sustentadas en un poder económico que sólo busca el beneficio en la explotación de los pobres. Esto es, ni más ni menos, lo que está sucediendo en España, incluida Cataluña, gobernada por unos dirigentes que llevan en su ADN ideológico las desigualdades como instrumento de acumulación de la riqueza de unos pocos, los que pertenecen a su ámbito social y económico. Porque la pobreza tiene su raíz en la desigualdad que la sociedad del capitalismo neoliberal pretende, con el único fin de tener mano de obra barata y mínimas o nulas regulaciones de las condiciones de trabajo, para optimizar un beneficio que sólo irá a parar a manos de unos pocos. Y para que esto sea factible hay que discriminar en el proceso educativo, con el fin de mandar al mercado de trabajo ingentes cantidades de obreros baratos y dóciles, porque no pueden acceder a la educación en igualdad de oportunidades. Pero también es necesario que la sanidad, los servicios sociales, la dependencia y las pensiones se deterioren, para que, primero puedan hacer negocio con ellas, y después, cuando ya no sirvamos para producirles beneficios, nos muramos lo antes posible. Esto, desgraciadamente, no es una novela del realismo literario del siglo XIX; hoy, en estas Navidades del año 2013, es una realidad que nos golpea a diario.

                Hace unos años se celebró en Valencia un Congreso sobre la pobreza en el mundo. Eran los tiempos en los que en España estábamos todos borrachos de riqueza, y la pobreza, aunque existente en nuestro país (ocho millones de españoles por debajo del umbral de la pobreza) parecía cosa del Tercer Mundo. Uno de los conferenciantes dijo una verdad demasiado incómoda: “La pobreza es una cuestión de salario”. Es una frase lapidaria que tira por tierra muchos mitos que la justifican. Que si siempre ha habido pobres y siempre los habrá; que si mucha gente es pobre porque no aspira más; que si no todo el mundo puede ser igual, etc. Den ustedes un salario justo a todo el mundo, en función de sus capacidades y responsabilidades, y unas condiciones laborales y de seguridad dignas, y empezaremos a hablar de reducción de la pobreza. Pero claro, entonces, los grandes y pequeños capitalistas del mundo lo serán un poco menos, porque sus beneficios bajarían. Incluso, si me permiten, iría más lejos. Diría que además de salarios justos y dignas condiciones laborales, hagan Leyes que fomenten la igualdad, protejan a los más indefensos y repartan la riqueza con justicia. Estos son los fundamentos en los que se aposentó la democracia europea y el estado de bienestar, que ahora el nuevo capitalismo salvaje y sus amanuenses políticos están tratando de liquidar.

                Tengo un primo que es fotógrafo y lleva años registrando con su cámara, por todo el mundo, las desigualdades, la violencia del poder sobre los pobres y la pobreza en general. Hace unos días me comentaba que en una plaza de Madrid hay un señor que duerme en la calle y todas las noches se retira a un callejón, se lava los dientes y se pone el pijama. Es un señor que está luchando por no perder su dignidad, esa que el sistema actual está tratando de quitarle, no perdiendo los hábitos que le ligan, todavía, con su mundo anterior, posiblemente de clase media). Es un ejemplo de la lucha que muchos miles de personas están librando consigo mismo para no caer en la exclusión y la marginalidad a la que este sistema político y económico les está abocando.

                Lo peor que nos puede suceder como sociedad es aceptar estos casos, o los de la pobreza energética, o los dela exclusión educativa y sanitaria, como males estructurales que sólo se pueden paliar con solidaridad o caridad. Comportamiento muy loable, para salir del paso, que dice mucho del buen espíritu que tenemos como sociedad. Pero tenemos que empezar a pensar como ciudadanos y exigir un cambio radical en la política y en los políticos que nos gobiernan. No podemos permitir que las instituciones se inhiban de sus responsabilidades, pasándole la pelota a la sociedad civil. Lo menos que podemos hacer es que la sociedad civil se organice y cumpla el papel que debe cumplir en una democracia: exigir políticas de igualdad, transparencia y reparto de la riqueza. Porque la pobreza no es un mal divino, sino un mal gobierno.      



Etiquetas:   Pobreza

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