. La aprobación de la coalición de gobierno llega solo a un 32% y los partidos de oposición agrupados en la Concertación Democrática – si podemos hablar coherentemente de oposición – apenas expresa un 23% de apoyo.
Con esos índices debemos preocuparnos seriamente de la política chilena y de la estabilidad de la democracia. Esos síntomas generalmente inducen a crisis significativas, especialmente cuando el escenario se encuentra determinado por un verdadero bipartidismo, porque la política chilena en los hechos lo es, más allá de la presencia testimonial de los partidos, que en el fondo no son sino facciones de una misma larga y prolongada política real.
Es ese bipartidismo el que ha entrado en crisis en Chile, como también está entrando en crisis en España, según lo demuestra el movimiento de los indignados. Así ocurrió en Venezuela cuando sucumbió el bipartidismo del Copei y Adeco, y podemos seguir buscando otros ejemplos. Porque, más allá de la soberbia de los políticos occidentales, la política en su lógica termina por homologar los procesos, y lo que está pasando en el Magreb y en los países del Levante, tiene el mismo sino que comienza expresarse como fenómeno socio-político en Chile y España: el hastío ante una clase dirigente agotada, gorda y anquilosada, que sigue repitiendo las mismas fórmulas y los mismos argumentos.
Hace unos días leí una reflexión de dos políticos relativamente jóvenes de la Concertación Democrática chilena, pero que siguen respondiendo a la misma línea argumental de los ya viejos cánones de la lógica política transicional, cuando ya hemos superado 21 años de democracia, decían: “tenemos que hacernos cargo de las demandas…”, con una inocencia o una arrogancia insustentable ante una realidad que ya los ha sobrepasado al punto que no son capaces de seducir a su anterior base de apoyo social.
Por cierto, para la derecha el tema no es dilema: concentran el poder económico y político, miel sobre hojuelas que no se daba desde la dictadura, y que en su concepción autoritaria, en el fondo, si el porcentaje de aprobación fuera aún peor para ellos, seguirían diciendo y haciendo lo mismo.
Pero para quienes creemos en la democracia, el escenario es complejo, al no advertirse aún una fuerza política democrática de reemplazo. No cabe duda que alguna alternativa surgirá, como surgen todas las alternativas políticas, porque el vacío político que hoy ya avanza sobre el 45% de los chilenos tendrá que ser llenado por alguien, pero a veces esa vacuidad termina siendo llenada de manera traumática, por la irrupción de actores abruptos y no precisamente democráticos, y la tradición latinoamericana lo señala con los consabidos cuartelazos.
El militarismo siempre ha sido un invitado de piedra en todos los agotamientos democráticos en América Latina, y el mesianismo una de sus expresiones recurrentes. Chile, con más carne institucional que la mayoría de los países de la región, tampoco ha escapado a esa constante. Por lo cual el asecho de una crisis, producto de la debilidad creciente de sus anquilosados partidos de oposición, y del concepto decimonónico de la derecha chilena actualmente con todo y el absoluto poder, podría estar a la vuelta de la esquina.
En el actual escenario político chileno reinan los argumentos tradicionales, las mismas explicaciones, una misma lógica en la construcción del debate cotidiano, una misma comprensión del modelo político y económico, y hasta las mismas muletillas con que se arma el discurso político desde hace 20 años. Lo de fondo no se trata y se evade.
Esta semana casi 200.000 estudiantes se movilizaron en todo el país contra el sistema de educación construido por la dictadura hace más de 30 años, y replicado rigurosamente por el sistema político hasta ahora, no importando quien haya gobernado. La clase media laboriosa y la clase trabajadora, aquellos que sostienen con su trabajo el modelo político-económico, comienzan a darle la espalda al negociado que sustenta un sistema de educación costoso, segregado y de mala calidad. Por cierto, son los más jóvenes, los más indignados, los que expresan el descontento que asfixia a sus hogares.
Esos jóvenes son los próximos ciudadanos y los que tienen más edad ya lo son. Estos últimos, como ha venido ocurriendo desde el retorno de la democracia, en su gran mayoría se mantienen al margen de las periódicas elecciones en el sistema político. Sin embargo, el acento que ahora se advierte es que la nueva generación no está determinada por la indiferencia, sino por la participación. Son jóvenes que no quieren democracia representativa sino democracia participativa e inclusiva. Denuncian las bases de la democracia representativa, aquella misma que tiene al grueso de la población laboral más joven al margen de los procesos electorales. Ellos, por el contrario quieren ser actores.
Por cierto, la imposibilidad de que los partidos tradicionales capten esa potencialidad es concreta. Con liderazgos caducos, con la misma camarilla de dirigentes, con la obsecuencia frente a las bases del modelo neoliberal, los actuales partidos de oposición carecen en general de algo decente que ofrecer. Los tiempos terminaron por pasarle la cuenta. Una de las perlas de su obra, la continuidad del lucro en la educación, les explosa ahora frente a sus ojos, y optan por el mutismo. Luego, seguramente les explosará el lucro desenfrenado en la salud. Y otros de los fundamentos del sistema de mercado, seguramente entrarán en crisis como ha ocurrido con el negocio del retail, que vive uno de sus peores escándalos, a pesar de que no todo está dicho en esta industria en que muchos Ministros del actual gobierno fueron activos protagonistas.
La gran duda es quien será capaz de seducir a una importante parte del 45% que no se siente representado, levantando una alternativa a la constancia política de dos décadas. Sin duda, gran parte de sus representantes deberá salir de aquellos que han expresado con acierto las grandes aspiraciones de este movimiento de indignados: los jóvenes dirigentes universitarios, los portavoces de las demandas ambientalistas, los liderazgos emergentes de quienes sean capaces de expresar con fidelidad el nuevo corazón de la opinión nacional.
Porque, si me preguntan si los tiempos están pariendo un nuevo corazón en los movimientos que expresan su indignación frente a las fórmulas y componendas tradicionales, creo que sí, que está surgiendo una nueva pasión por el debate público, por la participación, por los derechos sustanciales, por sueños y anhelos de un país mejor, que las razones políticas y económicas de hoy ya no son capaces de interpretar, representar o contener.