No solamente don Benito, mi último compañero, o la entrañable doña Paquita, recibían visitas de parientes, deudos y amigos. A veces, aunque muy de tarde en tarde, también las recibía yo. Mis hijos, afortunados ellos, están trabajando fuera del país. El otro día vino a visitarme el mayor produciéndome una gran alegría. Pasamos el día juntos. Y me trajo un regalo. Me contó que una mañana, paseando, en una librería de Alemania se tropezó con un libro, en latín, que recordaba haberme visto leer en más de una ocasión en casa. Lo compró y me lo trajo. Estos días lo he vuelto a leer. Es un libro sencillo, pero muy ameno. Y tras él se escondían aquellas intensas horas de estudio, cuando todavía estábamos juntos los tres en la misma casa. Me concentré de tal forma en la lectura, en sus recuerdos y evocaciones, que ni salía a pasear ni a hablar con mis compañeros. Estos se alarmaron, sin motivo, y se me presentaron en la habitación una mañana bien temprano.



