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A India o desde India fueron o vinieron tantos personajes de Agatha Christie antes de encontrar o infligir la muerte. En televisión se han multiplicado los reality show gastronómicos donde se exalta el color, la sencillez y el sabor único de sus especias. Las enciclopedias subrayan que ahí Gandhi llevó a cabo la primera y única revolución no violenta de la historia para alcanzar la independencia del imperio británico. Eso entre tantas otras manifestaciones culturales que resaltan a India como el destino ideal para conseguir la paz mental, lograr el reencuentro del sí mismo, unir mente-cuerpo-espíritu. Om. Lo dicen amistades, celebridades, y no pocos personajes de ficción que han trasladado sus tramas hasta allá en búsqueda de la calma interior.
De alguna manera, o de varias, mejor dicho, India constituye un paradigma de lo mejor del ser humano. Cada vez que la recordamos o la mencionamos, cada vez que escuchamos su música es posible sentir que podemos vibrar de alegría pese a las dificultades de la vida. Por eso mismo, o a pesar de eso mismo, es que resultan espeluznantes las otras páginas, las otras imágenes que circulan por todo el mundo y nos relatan el lado oscuro de nuestra reserva espiritual planetaria. En esas mismas calles, entre esas mismas personas, bajo esos mismos ritmos e invocaciones milenarias, las mujeres no están a salvo. Un reporte de la ONU de 2010 evidenció que 85% de las mujeres de la capital de ese país dijo sentir miedo de ser acosada o atacada sexualmente; 85%, es decir, casi todas. Eso sin contar que para 2011 el Centro Internacional de Investigación sobre la Mujer (ICRW, por sus siglas en inglés) publicó un cálculo de 200 millones de mujeres que habían sido casadas (obligadas o “persuadidas por la tradición”) cuando aún eran niñas, práctica cultural que persiste pese a la prohibición expresa dictada por ley en 2006. La falta de paz espiritual o mental o como se llame, se expande y aterra. Fue en India donde a varios hombres les provocó violar y destrozar a una estudiante de medicina dentro de un autobús en marcha en Nueva Delhi; a otra le hicieron lo mismo en un tren en Vettikkattiri; a una ciclista suiza la violaron frente a su esposo en Madhya Pradesh; en Agra una turista británica casi se mató al saltar de un tercer piso para evitar que el dueño del hotel saciara sus bajos instintos. No es todo: las mismas autoridades indias han confirmado que cada 20 minutos se denuncia una violación sexual, pero también revelaron que no son capaces de saber cuántos crímenes de este tipo se cometen porque no son denunciados; es decir, ocurren más, muchos más. Incoherente esta realidad con la meditación y el yo superior, pero es así, allá donde el planeta tiene excelsas expresiones de nobleza también perviven las de bajeza y con censura tenue. En India se han habilitado autobuses y vagones de trenes exclusivos para mujeres (“Ladies special”), y si algún hombre pretende ingresar es multado y castigado, como si todos fueran potenciales “tocadores” o agresores sexuales. Hasta se inventó el SHE (“ella” en inglés), un brassiere antiviolador que emite descargas eléctricas a quien pretenda forzarlo. Inclusive el Parlamento aumentó de 10 a 20 años de prisión la pena para este tipo de criminales (aunque dejó por fuera las violaciones sexuales ocurridas dentro del matrimonio).La sociedad india no ha sido indiferente, sin embargo. Ante cada denuncia de estos casos espantosos de violación, tortura y asesinato de mujeres en la vía pública, las multitudes han copado las calles para exigir castigo y su presión social ha causado cambios en la legislación, ha agilizado las pesquisas policiales, pero, justamente porque se trata de India, llama muchísimo la atención que en esas protestas públicas, muchas voces, miles de voces no claman por prevención, ni educación ni perdón: solo han pedido que a los violadores se les castigue, específicamente, implacablemente, con la horca. Tal vez India, la convulsa y a la vez pacífica, la ejemplar y deleznable, nos recuerda con sus contrastes la palidez de nuestras voluntades. Sabemos las cosas que suceden, así como las violaciones de mujeres en India, están el sacrificio de los bosques, la acción venenosa de la minería, el desfalco de dineros públicos, la matanza de animales, la trata de mujeres y niñas, el complot de las grandes farmaceúticas para vender medicinas, el cambio climático, la represión a opositores de regímenes autocráticos, el doble discurso sobre el comercio de armas. Etc. Lo sabemos, y a veces reaccionamos, pero por lo general, esperamos que tales males de “esos mundos lejanos” se solucionen por su cuenta, pobre gente. ¿No?Youtube@yeniterpoleo