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Amores
de un joven atractivo y decadente que abre un paréntesis en su abulia
para dejarse arrebatar por la pasión. Luego regresará de nuevo a su
abatimiento.
Félix Valdivia ha de
interrumpir sus estudios de ingeniero en Barcelona en busca del
necesario reposo que exige su salud. En el barco que lo lleva a un
desconocido pueblo levantino conoce a Beatriz y a su hija Julia. Entre
la madre y él se desata una pasión amorosa y romántica. Las entrevistas
de los amantes se ven propiciadas y favorecidas por la coincidencia de
los domicilios cuando el marido de Beatriz alquila una casa junto a la
de Félix, quien, aunque enfermo, vive con intensidad su pasión sin que
sus familiares consigan alejarlo. La muerte del antiguo amante de
Beatriz, Guillermo, tío de Félix, pende ejemplificante en el pasado y
augura el desenlace. Ve por eso el joven enamorado en un vecino
inofensivo, el señor Giner; el espectro del asesino de su tío. Los
amores terminan con la muerte del alocado e impetuoso joven después de
que la intensidad de sus vivencias y su frágil sensibilidad debiliten y
detengan su corazón. Beatriz e Isabel, en una escena última, degustan y
saborean las cerezas nacidas en las tierras del cementerio donde Félix
descansa eternamente y que sirve de título a la obra. Despliegue
de las portentosas dotes descriptivas del autor. Alardes pronósticos
destilados página a página, gota a gota. Lo de menos es el argumento, lo
principal son las descripciones, y entre ellas la del paisaje de
pueblos, ciudades y campo. Un aire de voluptuosidad refinada sopla por
las páginas de una historia en la que la crudeza de las situaciones
queda velada con bellas y escogidas palabras para que no choquen al
lector y no se dé por ofendido. Beatriz es la mujer casada e
insatisfecha; Julia, su hija, carente de la experiencia erótica de su
madre, es inocente e ingenua. Isabel, esposa de un hombre tosco,
representa la llamada de la carne. Para Nora, <>.