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Una canción, muchos cuentos


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24/02/2011

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Uno de los clásicos del pop compuestos por el británico Peter Gabriel tiene su origen en el relato que le hiciera un humilde portero de origen apache, al parecer. El músico quedó impactado por un imaginario que nutre la riquísima narrativa contemporánea de los nativos de América


 

Armando Coll

 





Peter Gabriel cuenta versiones diferentes de la experiencia que le inspiró una pieza de ripios electrónicos y clima misterioso en la que predominan líneas del bajo: “San Jacinto”. En la fecha final de la gira de 1986 Amnesty International A Conspiracy of Hope Tour en el Giant Stadium de East Rutherford, Estados Unidos, el cantante y compositor introdujo el tema ante la multitudinaria audiencia: “Esta historia me la contó un apache mientras caminábamos por un hotel”.

 

En el tour de 2009, mucho tiempo después, de paso por Hispanoamérica, Gabriel amplió el cuento con una serie de conmovedores detalles. Esta vez lo relataba en su esforzado español: “Hace muchos años, estábamos de tour por USA y conocí a un hombre que trabajaba como portero en el Midwest Hotel, mientras hablábamos, él se enteró de que su departamento se estaba incendiando. Yo lo llevé porque él no tenía medios para llegar a su hogar. Quiso rescatar su gato y sus posesiones. Cuando se dio cuenta que el gato había salido del lugar, abandonó el intento de rescatar sus cosas y nos quedamos hablando por horas. Me contó que era un indio de Arizona y que cuando tenía catorce años había sido iniciado como un guerrero bavaro. Había sido llevado a una montaña por uno de los ancianos. Cuando llegaron a la cima, el anciano tomó su bolso, sacó una serpiente de cascabel y vertió el veneno sobre su brazo. Fue abandonado por su cuenta, alucinando. Si después de semanas regresaba vivo se convertiría en un guerrero…Esta es la historia que inspiró San Jacinto”.

 

Entre los hipnóticos arpegios electrónicos fluyen los versos con los que Gabriel fantesea la experiencia irrepetible de su amigo piel roja: “Frágiles nubes/vapor que se alza/en la cabaña, el silbido de la piedra, la transpiración y el fuego a mi alrededor…El chamán me conduce por el pueblo/la tierra de los indios queda atrás/los jardines bien cuidados de cada casa/una piscina/niños con salvavidas se refrescan…Geronimo’s disco…Toro Sentado Steak House…sueños del hombre blanco…Me mantengo en la línea de fuerza que me permite cruzar el miedo…”.

 

La gran paradoja que aloja el relato e ilustran los versos de la canción es la del nativo americano y su cultura en medio de la modernidad.

 

El fiero guerrero bavaro, iniciado tras vencer la muerte del veneno reptil, termina empleado como un humilde portero de hotel que vive en un pequeño piso con su gato y unas pocas pertenencias.

 

El tránsito del niño apache, tal como recita la canción de Gabriel, a través de un típico pueblo estadounidense —con su discoteca y su restaurante de carne asada—, rumbo a la cruenta iniciación en una remota montaña, da cuenta de la lejanía, la enajenación que pueda sentir un pueblo originario de América ante el progreso y sus fatalidades.

 

El canto de la tierra

 

Así sobrevive una cultura, toda cultura, la cultura, el saber atávico y el espíritu de los pueblos ante el aparente vasallaje que le impone una civilización sin alma. En el corazón de un modesto portero de hotel palpita la bravía de un guerrero ancestral, secretamente, estoico y tenaz.

 

Ese entendimiento inevitable de los pueblos originarios de América del Norte con el mundo desarrollado, sus contradicciones y desgarramientos, es lo que nutre una riquísima narrativa de nativos americanos contemporáneos, que puede apreciarse en la antología El poder de la tierra. Cuentos indios norteamericanos (Montesinos, 1987), a cargo de Simón J. Ortiz.

 

Sorprende la paleta temática y estilística de este corpus de ficción, entre el más crudo realismo y hasta el surrealismo, nutrido del inagotable imaginario de la tradición oral que anida en toda gran literatura. Como anota el compilador: “Hay un aspecto de la tradición oral que se relaciona directamente con el lugar siginificativo que los mitos, las leyendas y los relatos ocupan en nuestras vidas”.

 

Sin aspavientos vindicativos, lejos de cierto chato indigenismo, los hijos de los primeros americanos llevan la voz de la tierra y cantan para quien quiera escucharla, como alguna vez hizo Peter Gabriel.



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