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Mi advertencia viene a cuento por dos razones; la primera es que los “estimados”, “recibas un cordial saludo” o “quedos de usted” pierden cualquier sentido porque simplemente me parecen fuera de lugar ahora que le hablo con la franqueza del encabronado, quizá la más honesta y transparente; la segunda razón es de orden lingüístico, y es que el lenguaje burocrático parece estar configurado y predestinado a la alabanza o a diluir la “crudeza” de la idea central si esta puede representar alguna incomodidad- ¿se acuerda del horrible término “daños colaterales”?-. Aclarado lo anterior, entro en materia. Yo voté por usted. Entre otras cosas, porque no había alguien más a quién votar. La señora Wallace, candidata panista, dilapidó todo el capital político que le habían acarreado sus años de digna y respetable lucha por buscar justicia para su hijo secuestrado y asesinado, abanderando al partido que inició una “guerra contra el narcotráfico” y que desencadenó una terrible ola de violencia que sigue sumiendo al país en los horrores de la barbarie. Beatriz Paredes, candidata priista, no podía ser una alternativa viable para una ciudad tan extraña para los usos y costumbres del PRI, acostumbrados a la docilidad y sumisión, una ciudad plebeya y respondona como ésta es una rareza digna de laboratorio. Y Rosario Guerra… Con todo y que mi voto respondió a criterios pragmáticos más que ideológicos, entre otras cosas, porque la elección presidencial llamaba poderosamente la atención de la opinión pública y preferí dedicarle a ella mis angustias y sudores, su victoria, aparte de avizorarse con alguna antelación, me dejó satisfecho. No obstante, debo reconocerlo, una parte de la izquierda, que en ese entonces califiqué como quisquillosa, dejaba oír sus reservas para con usted. Calculaban, y no erraron el tiro, que su pasado en las cloacas de la policía de la Ciudad de México le imprimirían un desagradable tufillo autoritario a su administración. Está demás decir que ignoré su postura y seguí con mis cosas. Una de las primeras acciones que llevó a cabo, y que tocó fibras sensibles en mí, por mi muy particular y pesimista visión de la Iglesia Católica, fue su asistencia a la entronización del cardenal Bergoglio como Papa. El episodio fue del todo cantinflesco. Mientras usted afirmó que el Vaticano cubriría los viáticos de su viaje, el vocero de la curia romana, Federico Lombardi, lo desmintió, para que después su oficina de Comunicación Social terminara por aceptar que el Vaticano no pagó sus viáticos, sino usted mismo, y para hacer el episodio aún más patético, los capitalinos fuimos informados de que le habían descontado los días que estuvo fuera del país. Pero más allá de lo tragicómico del caso, ¿qué tenía que hacer usted en el Vaticano?, ¿no recuerda, acaso, los duros calificativos que su antiguo jefe, Marcelo Ebrard, recibió por promover una ley que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo, y la adopción por parte de estas?, ¿se le olvidó que la capital del país no es una plaza cómoda para la Iglesia Católica? Después vino la actuación de su policía en las manifestaciones públicas, y fue ahí donde todo se fue al carajo. Parto del hecho de que el sistema judicial mexicano, en general, y particularmente el capitalino, son una cloaca peligrosa. Escuchar las crónicas de los jóvenes detenidos y suscribir el viejo chiste de que El Proceso de Kafka es literatura costumbrista en el contexto mexicano, era la misma cosa. Luego vino el anuncio del protocolo de actuación de la policía del DF para manifestaciones públicas que, entre otras cosas, le otorga la tranquilizadora facultad a las fuerzas del orden de hacer uso de armas letales cuando la situación lo amerite y, como bien sabemos, es la policía una de esas organizaciones que por iniciativa propia no verá afectada su actuación. Ha comenzado hace unos días, pero en realidad es un fenómeno que se viene gestando desde lejos, el proceso legislativo en la Cámara de Diputados para hacer ley una serie de normativas que lesionan seriamente el derecho a la libre expresión y manifestación de las ideas. De aprobarse la propuesta tendremos, si de protestar se trata, que pedir permiso a sus Muy Poderosas y Leales Majestades para salir a la calle, además de hacerlo en horarios de oficina y procurando no protestar en caso de que no estemos de acuerdo con una decisión que sus muy altos intelectos hayan a bien tomado. Entiendo que la propuesta descrita podría no ser responsabilidad estrictamente suya, sin embargo, a la luz de los últimos acontecimientos, y de su actuar para con la protesta ciudadana, no me extrañaría en lo más mínimo que usted fuera su enmascarado propulsor dentro de la Comisión del Distrito Federal, mientras es objeto de una contenida satisfacción al saberse libre de echar mano del garrote para contener la protesta ciudadana. De entonces a la fecha, su administración me es francamente odiosa. No terminaba de entender su juego. El acercamiento de su administración para con Enrique Peña Nieto, uno de los políticos menos aceptado por el ciudadano capitalino, iba más allá de lo estrictamente institucional. Su postura, un tanto ambigua, fue restándole apoyos dentro de la misma izquierda que, con reservas, terminó disciplinándose ante su candidatura. Luego comprendí sus jugadas a la luz de un exgobernador que no tardó mucho en caer en desgracia, Juan Sabines. El tipo había jugado su propio juego, no era un hombre precisamente de partido, y a la larga las cosas se le complicaron y hoy vive con el sino del desprestigio. Véase en ese espejo, doctor. Cuando pienso en su postura política, lo primero que se me viene a la cabeza es la imagen de un trapecista que camina sobre una delgada cuerda, debajo no hay red de protección, las manos las tiene ocupadas con pesas de diferentes medidas para resguardar su endeble equilibrio, pero a cada paso la mano derecha se va cargando más y más, sobre todo en el último tramo, donde alcanza a verse un boleto del metro que en donde debería leerse $3 pesos, se lee $5. Doctor Mancera, no me gusta cómo gobierna mi ciudad, parece tratarla con muy poco respeto. Quizá olvide que la Ciudad de México ha sido uno de los epicentros más importante de las batallas por la democracia en este país. Que despache desde la oficina del ayuntamiento fue un logro que costó muchos sacrificios, de los que usted, querámoslo o no, es heredero y como tal debe honrarlos. Quizá no lo recuerde, pero nosotros, los capitalinos, sí. Y sabremos honrarlos. Pd. Tengo piernas y brazos ágiles, por eso #posmesalto.