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Biografía
de Mario contada desordenadamente por su mujer la noche en que vela su
cadáver. La acción se extiende durante unas doce horas, desde las
últimas de la tarde hasta las ocho de la mañana del día siguiente, pero
las horas de monólogo (o diálogo sin réplica) solo son cinco, y se
convierten dulcemente en una inmisericorde introspección en la España de
la posguerra y su burguesía provinciana.
El
argumento es el resultado de una colección de episodios recurrentes y
mínimos que van completándose poco a poco. Pueden ser considerados como
minirrelatos estrechamente vinculados entre sí y manipulados en el
pensamiento de la protagonista-narradora Carmen Sotillos, en busca de
hacer valer su verdad. Mario, modesto profesor de literatura de una
capital castellana, intelectual inconformista, defensor de los humildes,
liberal, católico posconciliar, acaba de morir hace unas horas a la
edad de cuarenta y nueve años. Es el 24 de marzo de 1966.El
primer capítulo describe el ambiente de familiares y allegados que
vienen a velar el cadáver y dar el pésame. Beltrán, el bedel del
instituto, es desplazado por la viuda primero a la cocina, y luego a la
puerta. Carmen inicia después una larga reflexión o diálogo mental con
su marido, o más bien soliloquio porque Mario no puede responder. Esta
particular locución se convierte en la base del desordenado pero
coherente hilo argumental y su desarrollo a lo largo de 27 capítulos con
escasa continuidad de unos a otros, pues bien podría aparecer seguido
todo el discurso. A lo largo de estas cinco horas de reflexión en el
velatorio, Menchu no se aparta del ataúd de su esposo y va reviviendo e
hilvanando los recuerdos y los pensamientos más heterogéneos de su vida
en común. Las
posturas enfrentadas de conservadores y reformistas se exponen en un
examen de conciencia íntimo, pero también moral, psicológico, político y
religioso de la sociedad española de los sesenta. El patetismo de la
muerte es ajeno al tono sobrio, elegante y de alejamiento de las
penalidades de un velatorio. Nada de esto interesa al escritor que ve
aquí la muerte con la lejanía de un dios. Mucho más patente queda el
conflicto social de las dos Españas de los años sesenta: Carmen es la
Carmen española común y cierta de la España insatisfecha de su pasado y
su presente, estrecha de ideas, incapaz de evolucionar, víctima de una
grave frustración y representante de las clases medias tradicionales y
conservadoras. Dice Domingo que el autor se muestra aquí
<>. Mario es el intelectual español esforzado, abierto
al diálogo, reformista y solidario con una España que trabaja mirando al
futuro en busca de una sociedad más justa. Mario tiene un sentido
religioso más arraigado que Carmen. Las recriminaciones de que su viuda
le hace objeto se nos antojan tan ridículas como difícil comprender que
Mario, un intelectual con poca suerte, al parecer bien preparado, autor
de varios libros, abierto, liberal, pudiera enamorarse, por muy mona que
fuera, de Carmen, una chica bien, de muy buena familia, pero cursi,
terriblemente vacía y algo limitada. Ambos trascienden de la realidad y
más que explicar sus personalidades, aunque éstas queden dentro de la
verosimilitud, quiere enfrentar las concepciones de la vida de las dos
irreconciliables Españas. Dos maneras de pensar, de querer vivir, un
tanto estereotipadas, posiblemente porque el lugar común y la
exageración de ciertas actitudes tal vez sean lo que mejor podía
caracterizarlos como símbolos. Sanz Villanueva señala que el autor se
esmera para que la suya <>, con lo que los personajes <>. Y así lo ve también Darío
Villanueva, para quien el autor <>. En lo puramente
psicológico, y eso es tal vez lo terrible de la novela, destaca la
incomunicabilidad del matrimonio tras veintitrés años de convivencia sin
haber llegado a conocerse de verdad, encerrado cada cual en sí mismo
dentro de un comportamiento estanco. El silencio con que habla Carmen en
su largo monólogo es el de la incomprensión de su matrimonio, el del
enfrentamiento pero aceptación de su vida juntos. Todos los capítulos,
excepto el primero y el último, están encabezados por citas bíblicas,
que son contrapunto al pensamiento de una mujer que ha estado casada
durante veintitrés años y vela el cadáver y lo injuria: tonto del higo,
calamidad, botarate, monstruo, roñoso…De ahí el tono irónico, incluso
sarcástico de comportamientos y actitudes para dejar claro que ese
ataque de Carmen a su marido es en realidad una defensa de sí misma,
pero lo que aprecia el lector es una defensa de Mario que se vuelve
contra ella misma cuando desvela todos los prejuicios inmovilistas de su
clase, la media alta, la que admira a quienes se ha adaptado al sistema
y han triunfado. Por eso rechaza la conducta inconformista de Mario y
sus amigos, por su inadaptación, por su fracaso social y la incomodidad
que para ella comporta. Visto así, las recriminaciones que le dirige, en
lugar de ensombrecer la figura del difunto, echan tierra sobre ella. Declaró
Delibes que había empezado a escribir toda la novela en tercera
persona, durante las primeras doscientas cuartillas, con Mario y Menchu
vivos, pero al darse cuenta de que con su simpatía hacia Mario falseaba
la coherencia artística de la obra tuvo el gran acierto de dejar el
relato en la voz de Carmen desde su exclusivo punto de vista en los 27
capítulos centrales; con ello la figura de Mario, que no aparece nunca
en vida, queda engrandecida. Pero su grandeza no sería nada sin la
irónica manera de presentarlo, procedimiento que predomina sobre todos
los demás recursos. Las afrentas de Carmen así expuestas chocan y se
vuelven contra ella dejando al descubierto su simpleza, se acusa a sí
misma. Lo realmente excepcional de todo es quehacer es no caer en la
pedantería, en lo cursi. A ello contribuye de manera asombrosa la
captación del habla coloquial y popular castellana, reflejada con
variedad de expresiones y en un ritmo y en un tono insuperables, muy
cercano, que se contagia del habla espontánea y de los coloquialismos,
de los tópicos de la gente de su clase y educación. De esta manera el
lenguaje de Delibes resulta acertadísimo, de grandísima lectura, lírico,
y ciertamente uno de los más espectaculares logros de la novela. Carmen
expresa ella misma su pecado, y representa el egoísmo, la falsedad, la
inautenticidad, el acomodamiento social, pero al mismo tiempo guarda las
formas como guarda tantos otras cosas desde hace tanto tiempo. Su vida
es así y no está dispuesta a cometer una atrocidad para cambiarla.Sugiere Gil Casado que tal vez conocía Delibes la obra de Faulkner As I lay dying, con paciencia estructura, aunque en ella son ocho los parientes que mediante sus pensamientos recrean el perfil de la difunta.Desde
su publicación hasta hoy el libro ha tenido una crítica unánime e
indiscutida y ha llegado con original frescura tanto a las aulas de la
universidad como al lector medio, y no hay estudio de la novela española
contemporánea que no lo tenga en cuenta con profusión. Carmen Sotillos
pasa así a ser una de las grandes protagonistas femeninas de nuestra
literatura.La novela fue llevada al teatro por el propio Delibes.