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La primera tiene que ver con los tiempos, porque todavía
falta un muy buen lapso para el próximo proceso electoral, lo que provoca
obligatoriamente que la anticipación de su arribo, tratándose de un político
tan mediático, no pase desapercibida.
La segunda y tal vez la más relevante, es que si
consideramos que en los pasados comicios locales el priismo arraso
materialmente a sus rivales en las urnas, no habría necesidad de traer a un
personaje tan cuestionado, aun y con sus virtudes en esas lides.
Porque sin lugar a dudas la operación y el posicionamiento
logrados bajo la eficientísima conducción personal y el liderazgo del
Gobernador Roberto Borge, no solo sirvieron para ganar virtualmente todos los
cargos en disputa, sino que adicionalmente pulverizo a la oposición.
Siendo así el panorama se antoja relativamente sencillo para
el priismo, está claro que en Quintana Roo no hay a la vista focos rojos en
cuestión de competencia electoral para el régimen.
Si acaso el único factor que podría suponer una
complicación, será el efecto que produzca la Reforma Hacendaria, sobre todo
porque en perspectiva este habrá de irse apreciando a lo largo del año y la
peor parte de sus saldos se sentirán con mayor fuerza, precisamente en fechas
cercanas a la siguiente elección.
De cualquier forma, con todo y la influencia negativa que la
Reforma Hacendaria podría implicar, no se ve de momento que los partidos de la
Revolución Democrática o Acción Nacional, tengan ni la organización, capacidad
y los liderazgos individuales como para suponer un riesgo.
De tal suerte que por eso, se podría pensar que no se
justifica albergar a un personaje como Ulises Ruiz, tan severamente cuestionado
por su desempeño como Gobernador de Oaxaca, si su presencia no es de carácter
ni indispensable y mucho menos urgente.
Pero al final de cuentas aun considerando toda esa carga
personal, los verdaderos retos del nuevo Delegado no está en la coyuntura de su
pasado y sus antecedentes.
Lo estarán en su comportamiento, en su desempeño y
evidentemente en los resultados de su gestión, porque aun sin escatimarle la
fama bien ganada de operador electoral, a lo que los priistas quintanarroenses
les importara serán sus actitudes y conducta.
En el pasado reciente el efímero éxito de los vendedores de
ilusiones, ejemplos hay muchos, no pudo trascender mas allá de la primera
oportunidad, el doloroso aprendizaje de
estas experiencias, ha servido para que la sociedad independientemente de su
filiación y simpatía partidista, reconozca hoy la diferencia.
El pasado personal de
Ruiz Ortiz no puede hacerse de lado, pero eso es un tema ajeno a los intereses
locales, incluso aduciendo que con todo su prestigio como especialista en la
operación electoral, no fue capaz de hacer ganar al candidato de su partido
Eviel Pérez, en su propia sucesión estatal, derrotado por Gabino Cue.
De tal suerte que en el análisis de lo que vendrá, a Ulises
Ruiz habrá que medirlo por lo que haga o no haga en tierras quintanarroenses,
más aun si el nivel de exigencia después de los resultados tan abrumadores de
los anteriores comicios es tan elevado.
Tomado en cuenta esas consideraciones, Ulises Ruiz tendrá
por delante mucho tiempo antes de las siguientes elecciones, para ganarse el
respeto o rechazo del priismo local, independientemente de su posición como
Delegado.
Para asumir su papel sin traspasar la delgada línea que separa
la autoridad del protagonismo al cual es tan afecto, para establecer e
incorporar líneas de acción, sin intentar rebasar la investidura de los
dirigentes priistas estatales.
Porque de acuerdo a su historia, a Ulises Ruiz se le conoce
como un político que gusta de imponer su criterio, de inclinarse por filtrar el
contacto únicamente con quienes él considera a su altura.
Es decir, que en su trato hay una suerte que favorece cierto
elitismo, un defecto que es hasta cierto punto normal en quienes han gobernado
y mantienen aun después de su mandato.
Sin embargo en las condiciones de la política actual, por
supuesto también atendiendo las características específicas de la política
quintanarroense, la posición de Delegado de su Partido, exige apertura y dialogo
al interior y respeto a los rivales.
Escuchar, conocer y entender antes de imponer, todo ello a
través de una actitud que obliga por supuesto a ampliar el rango de la relación
con los actores sociales y políticos de la entidad.
En conclusión sensibilidad antes que poses soberbias, más
aun cuando no se puede pretender venir a enseñar a quienes han obtenido tan
relevantes y exitosos resultados electorales.
La responsabilidad de los Delegados del Comité Nacional
priista en los estados es de coordinación, de colaboración, no de imposición y
mucho menos de pretender suplantar autoridades, porque eso no solo generaría
rechazo, se convertiría en un obstáculo innecesario.
En conclusión los Delegados no pueden dejarse llevar por el
ego, por la tentación del protagonismo que corresponde a los actores locales,
sobre todo los que están en la posibilidad de ser candidatos.
Como ejemplo de ello, bien se puede ponderar el trabajo del
anterior Delegado el Senador guanajuatense Miguel Chico, que en todo caso se
paso de reservado, pero que gracias a esa excesiva moderación personal y
política, termino ganándose un amplio reconocimiento.
En todo caso para calificar el desempeño de un Delegado como
eficiente, el primer factor es la discreción y la sobriedad en el
comportamiento personal y político, por supuesto de ello como consecuencia se
deriva el respeto de los miembros de su partido y claro en los resultados
electorales que lo más importante.
Pero para eso desde este punto de vista, falta relativamente
mucho tiempo, entre tanto el transcurso de los meses será un filtro que sin
duda alguna, servirá para medir el impacto y efecto del arribo de Ulises Ruiz
Ortiz, como Delegado del Comité Ejecutivo Nacional del PRI a Quintana Roo.
twitter@vazquezhandall