
. Cuando se ha vivido la experiencia del libre criterio, todo intento de amordazarlo está condenado a futuras violencias. La Historia lo demuestra. No hay lacra más combatida que la dominación, ni justificación moral por recurrente que la violencia contra la represión que intenta silenciar protestas ante la injusticia.
Ahora en España existe mucha injusticia rayana en lo inadmisible, con todo lo que conlleva ese concepto de inadmisibilidad. Lo que sucede es tan descarriado que el instinto de supervivencia está muy aguzado, conscientes de un peligro que puede arreciar por momentos. A la defensiva nadie es igual en tiempos de beligerancia. A decir verdad nos volvemos salvajes si éstos llegan y nos obligan a confrontar. El tamaño del enemigo, en la convicción de luchar por lo justo, importa poco traspasada la línea de la resistencia pacífica. El Partido Popular se ha revelado como un partido poco afín a la libertad; sagrada palabra de nuestro bagaje democrático, fraguada durante casi 40 años en España. La coacción, la imposición con recorte drástico de conquistas por las libertades, el gusto por la imposición disciplinaria y la penalización económica bajo constante presión punitiva, están representando la faz verdadera de un partido político que llegó al poder engañando a los electores mediante un programa electoral sistemáticamente incumplido. Sumada a la garrafal gestión en dos años, la nueva Ley de Seguridad Ciudadana representa un atentado contra una libertad elemental que cercena el gobierno de Mariano Rajoy, aprovechando la necesidad de la instauración de reglas renovadas de convivencia social para esconder la intencionalidad de silenciar los criterios y opiniones contrarios en medios de comunicación o por la red Internet. Estos puntos de la Ley apestan a dictadura: “Ofensas o ultrajes a España, a las comunidades autónomas y entidades locales o a sus instituciones, símbolos, himnos o emblemas, efectuadas por cualquier medio”. “Injurias o calumnias a través de cualquier medio de difusión a las instituciones, autoridades, agentes y empleados públicos, así como su falta de respeto”. ¿Qué es ofensa, ultraje, injuria, calumnia y falta de respeto para estos dictadores que aspiran a callar la crítica? Ahora llega la sanción administrativa como si las leyes no fueran suficientes. Trampa. Pretenden meterla doblada con la excusa del orden público. Colar una perfectamente denominada Ley Mordaza al estilo de las exigencias totalitarias con absoluta indefensión de los ciudadanos, sometidos a medidas de represión individuales que terminan repercutiendo en el ánimo colectivo. Control, dominación, represión, que el Partido Popular ya ha convertido en costumbre con ordenanzas municipales a propósito para esquilmar el bolsillo; persecución del conductor plagando de radares la red viaria con carreteras convertidas en un peligro permanente por falta de conservación; y ahora, de manera generalizada, con unas intenciones contra la básica libertad del individuo que históricamente se combaten a las bravas en cualquier país del mundo. Gobernar con ese instinto chulesco, sólo puede extender la sensación de obligarnos a defender, personal y socialmente, mediante todos los instrumentos posibles, por encima de la hipocresía de un Estado al servicio de los criminales y delincuentes contra la ciudadanía honrada y digna. Cuando el grado de aberración estatal supera las paciencias de un pueblo sojuzgado, las aguas del coraje se desbordan y no hay presa ni orden capaces de contenerlas. La Libertad de expresión es la fortaleza en que refugiarnos ante el despotismo de una casta de impresentables que ha aniquilado toda esperanza social contentando sus propios intereses. Las paciencias son infinitas porque el pueblo contiene valores, pero aún guarda los mismos instintos de cuando se ha de armar de valor y arrasa contra el mal que lo engaña. No me imagino los edificios oficiales tomados por hordas armadas de cuchillos y palos. En este siglo tan moderno en que cuelan la represión con falsos tintes democráticos, no imagino una marabunta de descontento destruyendo sin reservas esos lugares donde se apoltronan seguros los que rigen la aniquilación de un pueblo sojuzgado, hasta límites del despertar de un odio que arrecia cuanto más se es consciente de una realidad que aboca a la resistencia contumaz y radical. No me imagino asonadas generalizadas sin impulso político, cientos de miles de gentes hartas de la corrupción institucional cuyos arreglos dependen de la coacción ilimitada contra la vida de cada persona. Multas, castigos, penas, amenazas, a expensas del exterminio que decide una élite putrefacta de mangantes con poder de decisión para destrozarnos... pueden provocar una resistencia más allá de la reivindicación. Este gobierno extraño que nadie votó, va a conseguir que la revueltas radicales de la ultraizquierda parezcan justificadas ante los ciudadanos de bien que antes las criticaban. No sería de extrañar pues que arreciaran con más virulencia las rebeliones, con la aceptación de un conjunto social harto de unos dirigentes que se están ganando la repulsa generalizada. Durante la invasión napoleónica nadie imaginaba el arrojo de los españoles para rebelarse contra los opresores. Esos mismos españoles guardan memoria crítica de los acontecimientos que nos han forjado el espíritu de lucha frente a la adversidad, por mucho tiempo que pase y miserables intenten acabar con nuestras libertades.